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	<title>Viajando con Isaac</title>
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	<description>Cada semana, un relato del buen doctor...</description>
	<pubDate>Wed, 30 May 2007 11:36:11 +0000</pubDate>
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		<title>La Última Pregunta</title>
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		<pubDate>Wed, 30 May 2007 11:15:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hari Seldon</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Completos en la Web]]></category>

		<category><![CDATA[PDF]]></category>

		<category><![CDATA[Relatos breves]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy, 30 de Mayo, día en que cumplo 30 años, quiero compartir con vosotros (de nuevo) el mejor relato breve que he leído, la que para mi es la mejor historia de ciencia ficción de todos los tiempos y un texto al que no puedo permanecer impasible y que tras cada lectura me provoca un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy, 30 de Mayo, día en que cumplo 30 años, quiero compartir con vosotros (de nuevo) el mejor relato breve que he leído, la que para mi es la mejor historia de ciencia ficción de todos los tiempos y un texto al que no puedo permanecer impasible y que tras cada lectura me provoca un enorme escalofrío. Este texto tiene mucho de mi fé en Dios y en el mundo, tiene algo especial&#8230; no puedo explicar con palabras, pero no puedo hacer otra cosa que animaros a su lectura.</p>
<p><strong>Año:</strong> 1956<br />
<strong>Formatos:</strong> Web y PDF<br />
<strong>Páginas:</strong> 11<br />
<strong>Descarga en PDF: </strong> &#8220;<a href="ISAAC ASIMOV - La Ultima Pregunta.pdf">La última pregunta</a>&#8221;</p>
<p><center><font size=+2><strong>La Última Pregunta</strong></font></center></p>
<p>La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera:</p>
<p>Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles asistentes de Multivac.<br />
Dentro de las dimensiones de lo humano sabían qué era lo que pasaba detrás del rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso -kilómetros y kilómetros de rostro- de la gigantesca computadora. Al menos tenían una vaga noción del plan general de circuitos y retransmirores que desde hacía mucho tiempo habían superado toda posibilidad de ser dominados por una sola persona.<br />
Multivac se autoajustaba y autocorregía. Así tenía que ser, porque nada que fuera humano podía ajustarla y corregirla con la rapidez suficiente o siquiera con la eficacia suficiente. De manera que Adell y Lupov atendían al monstruoso gigante sólo en forma ligera y superficial, pero lo hacían tan bien como podría hacerlo cualquier otro hombre. La alimentaban con información, adaptaban las preguntas<br />
a sus necesidades y traducían las respuestas que aparecían. Por cierto, ellos, y todos los demás asistentes tenían pleno derecho a compartir la gloria de Multivac.</p>
<p>Durante décadas, Multivac ayudó a diseñar naves y a trazar las trayectorias que permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus, pero después de eso, los pobres recursos de la Tierra ya no pudieron serles de utilidad a las naves. Se necesitaba demasiada energía para los viajes largos y pese a que la Tierra explotaba su carbón y uranio con creciente eficacia había una cantidad limitada de ambos.</p>
<p>Pero lentamente, Multivac aprendió lo suficiente como para responder a las preguntas más complejas en forma más profunda, y el 14 de mayo de 2061 lo que hasta ese momento era teoría se convirtió en realidad. La energía del Sol fue almacenada, modificada y utilizada directamente en todo el planeta. Cesó en todas partes el hábito de quemar carbón y fisionar uranio y toda la Tierra se conectó con una pequeña estación -de un kilómetro y medio de diámetro- que circundaba el planeta a mitad de distancia de la Luna, para funcionar con rayos invisibles de energía solar.</p>
<p>Siete días no habían alcanzado para empañar la gloria del acontecimiento, y Adell y Lupov finalmente lograron escapar de la celebración pública, para refugiarse donde nadie pensaría en buscarlos: en las desiertas cámaras subterráneas, donde se veían partes del poderoso cuerpo enterrado de Multivac. Sin asistentes, ociosa, clasificando datos con clicks satisfechos y perezosos, Multivac también se había ganado sus vacaciones y los asistentes la respetaban y originalmente no tenían intención de perturbarla.</p>
<p>Se habían llevado una botella, y su única preocupación en ese momento era relajarse y disfrutar de la bebida.<br />
- Es asombroso, cuando uno lo piensa -dijo Adell. En su rostro ancho se veían huellas de cansancio, y removió lentamente la bebida con una varilla de vidrio, observando el movimiento de los cubos de hielo en su interior. - Toda la energía que podremos usar de ahora en adelante, gratis. Suficiente energía, si quisiéramos emplearla, como para derretir a toda la Tierra y convertirla en una enorme gota de hierro líquido impuro, y no echar de menos la energía empleada. Toda la energía que podremos usar por siempre y siempre y siempre.</p>
<p>Lupov ladeó la cabeza. Tenía el hábito de hacerlo cuando quería oponerse a lo que oía, y en ese momento quería oponerse; en parte porque había tenido que llevar el hielo y los vasos.<br />
- No para siempre -dijo.<br />
- Ah, vamos, prácticamente para siempre. Hasta que el Sol se apague, Bert.<br />
- Entonces no es para siempre.<br />
- Muy bien, entonces. Durante miles de millones de años. Veinte mil millones, tal vez. ¿Estás satisfecho?<br />
Lupov se pasó los dedos por los escasos cabellos como para asegurarse de que todavía le quedaban algunos y tomó un pequeño sorbo de su bebida.<br />
- Veinte mil millones de años no es &#8216;para siempre&#8217;.<br />
- Bien, pero superará nuestra época ¿verdad?<br />
- También la superarán el carbón y el uranio.<br />
- De acuerdo, pero ahora podemos conectar cada nave espacial individualmente con la Estación Solar, y hacer que vaya y regrese de Plutón un millón de veces sin que tengamos que preocuparnos por el combustible. No puedes hacer eso con carbón y uranio. Pregúntale a Multivac, si no me crees.<br />
- No necesito preguntarle a Multivac. Lo sé. - Entonces deja de quitarle méritos a lo que Multivac ha hecho por nosotros -dijo Adell, malhumorado-. Se portó muy bien.<br />
- ¿Quién dice que no? Lo que yo sostengo es que el Sol no durará eternamente. Eso es todo lo que digo. Estamos a salvo por veinte mil millones de años, pero ¿y luego? -Lupov apuntó con un dedo tembloroso al otro. - Y no me digas que nos conectaremos con otro Sol.<br />
Durante un rato hubo silencio. Adell se llevaba la copa a los labios sólo de vez en cuando, y los ojos de Lupov se cerraron lentamente. Descansaron.<br />
De pronto Lupov abrió los ojos.<br />
- Piensas que nos conectaremos con otro Sol cuando el nuestro muera, ¿verdad?<br />
- No estoy pensando nada.<br />
- Seguro que estás pensando. Eres malo en lógica, ése es tu problema. Eres como ese tipo del cuento a quien lo soprendió un chaparrón, corrió a refugiarse en un monte y se paró bajo un árbol. No se preocupaba porque pensaba que cuando un árbol estuviera totalmente mojado, simplemente iría a guarecerse bajo otro.<br />
- Entiendo -dijo Adell-, no grites. Cuando el Sol muera, las otras estrellas habrán muerto también.<br />
- Por supuesto -murmuró Lupov-. Todo comenzó con la explosión cósmica original, fuera lo que fuese, y todo terminará cuando todas las estrellas se extingan. Algunas se agotan antes que otras. Por Dios, los gigantes no durarán cien millones de años. El Sol durará veinte mil millones de años y tal vez las enanas durarán cien mil millones por mejores que sean. Pero en un trillón de años estaremos a oscuras. La entropía tiene que incrementarse al máximo, eso es todo.<br />
- Sé todo lo que hay que saber sobre la entropía -dijo Adell, tocado en su amor propio.<br />
- ¡Qué vas a saber!<br />
- Sé tanto como tú.<br />
- Entonces sabes que todo se extinguirá algún día.<br />
- Muy bien. ¿Quién dice que no?<br />
- Tú, grandísimo tonto. Dijiste que teníamos toda la energía que necesitábamos, para siempre. Dijiste &#8216;para siempre&#8217;.<br />
Esa vez le tocó a Adell oponerse.<br />
- Tal vez podamos reconstruir las cosas algún día.<br />
- Nunca.<br />
- ¿Por qué no? Algún día.<br />
- Nunca.<br />
- Pregúntale a Multivac.<br />
- Pregúntale tú a Multivac. Te desafío. Te apuesto cinco dólares a que no es posible.<br />
Adell estaba lo suficientemente borracho como para intentarlo y lo suficientemente sobrio como para traducir los símbolos y operaciones necesarias para formular la pregunta que, en palabras, podría haber correspondido a esto: ¿Podrá la humanidad algún día, sin el gasto neto de energía, devolver al Sol toda su juventud aún después que haya muerto de viejo?<br />
O tal vez podría reducirse a una pregunta más simple, como ésta: ¿Cómo puede disminuirse masivamente la cantidad neta de entropía del universo?</p>
<p>Multivac enmudeció. Los lentos resplandores oscuros cesaron, los clicks distantes de los transmisores terminaron.<br />
Entonces, mientras los asustados técnicos sentían que ya no podían contener más el aliento, el teletipo adjunto a la computadora cobró vida repentinamente. Aparecieron cinco palabras impresas: </p>
<p>DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.</p>
<p>- No hay apuesta -murmuró Lupov. Salieron apresuradamente.<br />
A la mañana siguiente, los dos, con dolor de cabeza y la boca pastosa, habían olvidado el incidente.<br />
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Jerrodd, Jerrodine y Jerrodette I y II observaban la imagen estrellada en el visiplato mientras completaban el pasaje por el hiperespacio en un lapso fuera de las dimensiones del tiempo. Inmediatamente, el uniforme de polvo de estrellas dio paso al predominio de un único disco de mármol, brillante, centrado.<br />
- Es X-23 - dijo Jerrodd con confianza. Sus manos delgadas se entrelazaron con fuerza detrás de su espalda y los nudillos se pusieron blancos. Las pequeñas Jerrodettes, niñas ambas, habían experimentado el pasaje por el hiperespacio por primera vez en su vida. Contuvieron sus risas y se persiguieron locamente alrededor de la madre, gritando:<br />
- Hemos llegado a X-23&#8230; hemos llegado a X-23&#8230; hemos llegado a X-23&#8230; hemos llegado&#8230;<br />
- Tranquilas, niñas -dijo rápidamente Jerrodine-. ¿Estás seguro, Jerrodd?<br />
- ¿De qué hay que estar seguro? -preguntó Jerrodd, echando una mirada al tubo de metal justo debajo del techo, que ocupaba toda la longitud de la habitación y desaparecía a través de la pared en cada extremo. Tenía la misma longitud que la nave.<br />
Jerrodd sabía poquísimo sobre el grueso tubo de metal excepto que se llamaba Microvac, que uno le hacía preguntas si lo deseaba; que aunque uno no se las hiciera de todas maneras cumplía con su tarea de conducir la nave hacia un destino prefijado, de abastecerla de energía desde alguna de las diversas estaciones de Energía Subgaláctica y de computar las ecuaciones para los saltos hiperespaciales.<br />
Jerrodd y su familia no tenían otra cosa que hacer sino esperar y vivir en los cómodos sectores residenciales de la nave.<br />
Cierta vez alguien le había dicho a Jerrodd, que el &#8216;ac&#8217; al final de &#8216;Microvac&#8217; quería decir &#8216;computadora análoga&#8217; en inglés antiguo, pero estaba a punto de olvidar incluso eso.<br />
Los ojos de Jerrodine estaban húmedos cuando miró el visiplato.<br />
- No puedo evitarlo. Me siento extraña al salir de la Tierra.<br />
- ¿Por qué, caramba? -preguntó Jerrodd-. No teníamos nada allí. En X-23 tendremos todo. No estarás sola. No serás una pionera. Ya hay un millón de personas en ese planeta. Por Dios, nuestros bisnietos tendrán que buscar nuevos mundos porque llegará el día en que X-23 estará superpoblado. -Luego agregó, despues de una pausa reflexiva: - Te aseguro que es una suerte que las computadoras hayan desarrollado viajes interestelares, considerando el ritmo al que aumenta la raza.<br />
- Lo sé, lo sé -respondió Jerrodine con tristeza.<br />
Jerrodette I dijo de inmediato:<br />
- Nuestra Microvac es la mejor Microvac del mundo.<br />
- Eso creo yo también -repuso Jerrodd, desordenándole el pelo.<br />
Era realmente una sensación muy agradable tener una Microvac propia y Jerrodd estaba contento de ser parte de su generación y no de otra. En la juventud de su padre las únicas computadoras eran unas enormes máquinas que ocupaban un espacio de ciento cincuenta kilómetros cuadrados. Sólo había una por planeta. Se llamaban ACs Planetarias. Durante mil años habían crecido constantemente en tamaño y luego, de pronto, llegó el refinamiento. En lugar de transistores hubo válvulas moleculares, de manera que hasta la AC Planetaria más grande podía colocarse en una nave espacial y ocupar sólo la mitad del espacio disponible.<br />
Jerrodd se sentía eufórico siempre que pensaba que su propia Microvac personal era muchísimo más compleja que la antigua y primitiva Multivac que por primera vez había domado al Sol, y casi tan complicada como una AC Planetaria de la Tierra (la más grande) que por primera vez resolvió el problema del viaje hiperespacial e hizo posibles los viajes a las estrellas.<br />
- Tantas estrellas, tantos planetas -suspiró Jerrodine, inmersa en sus propios pensamientos-. Supongo que las familias seguirán emigrando siempre a nuevos planetas, tal como lo hacemos nosotros ahora.<br />
- No siempre -respondió Jerrodd, con una sonrisa-. Todo esto terminará algún día, pero no antes de que pasen billones de años. Muchos billones. Hasta las estrellas se extinguen, ¿sabes? Tendrá que aumentar la entropía.<br />
- ¿Qué es la entropía, papá? -preguntó Jerrodette II con voz aguda.<br />
- Entropía, querida, es sólo una palabra que significa la cantidad de desgaste del universo. Todo se desgasta, como sabrás, por ejemplo tu pequeño robot walkietalkie, ¿recuerdas?<br />
- ¿No puedes ponerle una nueva unidad de energía, como a mi robot?<br />
- Las estrellas son unidades de energía, querida. Una vez que se extinguen, ya no hay más unidades de energía.<br />
Jerrodette I lanzó un chillido de inmediato.<br />
- No las dejes, papá. No permitas que las estrellas se extingan.<br />
- Mira lo que has hecho -susurró Jerrodine, exasperada. - ¿Cómo podía saber que iba a asustarla? -respondió Jerrodd también en un susurro.<br />
- Pregúntale a la Microvac -gimió Jerrodette I-. Pregúntale cómo volver a encender las estrellas.<br />
- Vamos -dijo Jerrodine-. Con eso se tranquilizarán. -(Jerrodette II ya se estaba echando a llorar, también).<br />
Jerrodd se encogió de hombros.<br />
- Ya está bien, queridas. Le preguntaré a Microvac. No se preocupen, ella nos lo dirá.<br />
Le preguntó a la Microvac, y agregó rápidamente:<br />
- Imprimir la respuesta.<br />
Jerrodd retiró la delgada cinta de celufilm y dijo alegremente: - Miren, la Microvac dice que se ocupará de todo cuando llegue el momento, y que no se preocupen.<br />
Jerrodine dijo:<br />
- Y ahora, niñas, es hora de acostarse. Pronto estaremos en nuestro nuevo hogar.<br />
Jerrodd leyó las palabras en el celufilm nuevamente antes de destruirlo:</p>
<p>DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.</p>
<p>Se encogió de hombros y miró el visiplato. El X-23 estaba cerca.<br />
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VJ-23X de Lameth miró las negras profundidades del mapa tridimensional en pequeña escala de la Galaxia y dijo:<br />
- ¿No será una ridiculez que nos preocupe tanto la cuestión?<br />
MQ-17J de Nicron sacudió la cabeza.<br />
- Creo que no. Sabes que la Galaxia estará llena en cinco años con el actual ritmo de expansión.<br />
Los dos parecían jóvenes de poco más de veinte años. Ambos eran altos y de formas perfectas.<br />
- Sin embargo, dijo VJ-23X- me resisto a presentar un informe pesimista al Consejo Galáctico.<br />
- Yo no pensaría en presentar ningún otro tipo de informe. Tenemos que inquietarlos un poco. No hay otro remedio.<br />
VJ-23X suspiró.<br />
- El espacio es infinito. Hay cien billones de galaxias disponibles.<br />
- Cien billones no es infinito, y cada vez se hace menos infinito. ¡Piénsalo! Hace veinte mil años, la humanidad resolvió por primera vez el problema de utilizar energía estelar, y algunos siglos después se hicieron posibles los viajes interestelares. A la humanidad le llevó un millón de años llenar un pequeño mundo y luego sólo quince mil años llenar el resto de la Galaxia. Ahora la población se duplica cada diez años&#8230;<br />
VJ-23X lo interrumpió.<br />
- Eso debemos agradecérselo a la inmnortalidad.<br />
- Muy bien. La inmortalidad existe y debemos considerarla. Admito que esta inmortalidad tiene su lado complicado. La galáctica AC nos ha solucionado muchos problemas, pero al resolver el problema de evitar la vejez y la muerte, anuló todas las otras cuestiones.<br />
- Sin embargo no creo que desees abandonar la vida.<br />
- En absoluto -saltó MQ-17J, y luego se suavizó de inmediato-. No todavía. No soy tan viejo. ¿Cuántos años tienes tú?<br />
- Doscientos veintitrés. ¿Y tú?<br />
- Yo todavía no tengo doscientos. Pero, volvamos a lo que decía. La población se duplica cada diez años. Una vez que se llene esta galaxia, habremos llenado otra en diez años. Diez años más y habremos llenado dos más. Otra década, cuatro más. En cien años, habremos llenado mil galaxias; en mil años, un millón de galaxias. En diez mil años, todo el universo conocido. Y entonces, ¿qué?<br />
VJ-23X dijo:<br />
- Como problema paralelo, está el del transporte. Me pregunto cuántas unidades de energía solar se necesitarán para trasladar galaxias de individuos de una galaxia a la siguiente.<br />
- Muy buena observación. La humanidad ya consume dos unidades de energía solar por año.<br />
- La mayor parte de esta energía se desperdicia. Al fin y al cabo, nuestra propia galaxia sola gasta mil unidades de energía solar por año, y nosotros solamente usamos dos de ellas.<br />
- De acuerdo, pero aún con una eficiencia de un cien por ciento, sólo podemos postergar el final. Nuestras necesidades energéticas crecen en progresión geométrica, y a un ritmo mayor que nuestra población. Nos quedaremos sin energía todavía más rápido que sin galaxias. Muy buena observación. Muy, muy buena observación.<br />
- Simplemente tendremos que construir nuevas estrellas con gas interestelar.<br />
- ¿O con calor disipado? -preguntó MQ-17J, con tono sarcástico.<br />
- Puede haber alguna forma de revertir la entropía. Tenemos que preguntárselo a la Galáctica AC.<br />
VJ-23X no hablaba realmente en serio, pero MQ-17J sacó su contacto AC del bolsillo y lo colocó sobre la mesa frente a él.<br />
- No me faltan ganas -dijo-. Es algo que la raza humana tendrá que enfrentar algún día.<br />
Miró sombríamente su pequeño contacto AC. Era un objeto de apenas cinco centímetros cúbicos, nada en sí mismo, pero estaba conectado a través del hiperespacio con la gran Galáctica AC que servía a toda la humanidad y, a su vez era parte integral suya.<br />
MQ-17J hizo una pausa para preguntarse si algún día, en su vida inmortal, llegaría a ver la Galáctica AC. Era un pequeño mundo propio, una telaraña de rayos de energía que contenía la materia dentro de la cual las oleadas de los planos medios ocupaban el lugar de las antiguas y pesadas válvulas moleculares. Sin embargo, a pesar de esos funcionamientos subetéreos, se sabía que la Galáctica AC tenía mil diez metros de ancho.<br />
Repentinamente, MQ-17J preguntó a su contacto AC:<br />
- ¿Es posible revertir la entropía?<br />
VJ-23X, sobresaltado, dijo de inmediato:<br />
- Ah, mira, realmente yo no quise decir que tenías que preguntar eso.<br />
- ¿Por qué no?<br />
- Los dos sabemos que la entropía no puede revertirse. No puedes volver a convertir el humo y las cenizas en un árbol.<br />
- ¿Hay árboles en tu mundo? -preguntó MQ-17J.<br />
El sonido de la Galáctica AC los sobresaltó y les hizo guardar silencio. Se oyó su voz fina y hermosa en el contacto AC en el escritorio. Dijo:</p>
<p>DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.</p>
<p>VJ-23X dijo:<br />
- ¡Ves!<br />
Entonces los dos hombres volvieron a la pregunta del informe que tenían que hacer para el Consejo Galáctico.<br />
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La mente de Zee Prime abarcó la nueva galaxia con un leve interés en los incontables racimos de estrellas que la poblaban. Nunca había visto eso antes.<br />
¿Alguna vez las vería todas? Tantas estrellas, cada una con su carga de humanidad&#8230; una carga que era casi un peso muerto. Cada vez más, la verdadera esencia del hombre había que encontrarla allá afuera, en el espacio.<br />
¡En las mentes, no en los cuerpos! Los cuerpos inmortales permanecían en los planetas, suspendidos sobre los eones. A veces despertaban a una actividad material pero eso era cada vez más raro. Pocos individuos nuevos nacían para unirse a la multitud increíblemente poderosa, pero, ¿qué importaba? Había poco lugar en el universo para nuevos individuos.<br />
Zee Prime despertó de su ensoñación al encontrarse con los sutiles manojos de otra mente.<br />
- Soy Zee Prime. ¿Y tú?<br />
- Soy Dee Sub Wun. ¿Tu galaxia?<br />
- Sólo la llamamos Galaxia. ¿Y tú?<br />
- Llamamos de la misma manera a la nuestra. Todos los hombres llaman Galaxia a su galaxia, y nada más. ¿Por qué será?<br />
- Porque todas las galaxias son iguales.<br />
- No todas. En una galaxia en particular debe de haberse originado la raza humana. Eso la hace diferente.<br />
Zee Prime dijo:<br />
- ¿En cuál?<br />
- No sabría decirte. La Universal AC debe estar enterada.<br />
- ¿Se lo preguntamos? De pronto tengo curiosidad por saberlo.<br />
Las percepciones de Zee Prime se ampliaron hasta que las galaxias mismas se encogieron y se convirtieron en un polvo nuevo, más difuso, sobre un fondo mucho más grande. Tantos cientos de billones de galaxias, cada una con sus seres inmortales, todas llevando su carga de inteligencias, con mentes que vagaban libremente por el espacio. Y sin embargo una de ellas era única entre todas por ser la Galaxia original. Una de ellas tenía en su pasado vago y distante, un período en que había sido la única galaxia poblada por el hombre.<br />
Zee Prime se consumía de curiosidad por ver esa galaxia y gritó:<br />
- ¡Universal AC! ¿En qué galaxia se originó el hombre?<br />
La Universal AC oyó, porque en todos los mundos tenía listos sus receptores, y cada receptor conducía por el hiperespacio a algún punto desconocido donde la Universal AC se mantenía independiente. Zee Prime sólo sabía de un hombre cuyos pensamientos habían penetrado a<br />
distancia sensible de la Universal AC, y sólo informó sobre un globo brillante, de sesenta centímetros de diámetro, difícil de ver.<br />
- ¿Pero cómo puede ser eso toda la Universal AC? -había preguntado Zee Prime.<br />
La mayor parte -fue la respuesta- está en el hiperespacio. No puedo imaginarme en qué forma está allí.<br />
Nadie podía imaginarlo, porque hacía mucho que había pasado el día- y eso Zee Prime lo sabía- en que algún hombre tuvo parte en construir la Universal AC. Cada Universal AC diseñaba y construía a su sucesora. Cada una, durante su existencia de un millón de años o más, acumulaba la información necesaria como para construir una sucesora mejor, más intrincada, más capaz en la cual dejar sumergido y almacenado su propio acopio de información e individualidad.<br />
La Universal AC interrumpió los pensamientos erráticos de Zee Prime, no con palabras, sino con directivas. La mentalidad de Zee Prime fue dirigida hacia un difuso mar de Galaxias donde una en particular se agrandaba hasta convertirse en estrellas.<br />
Llegó un pensamiento, infinitamente distante, pero infinitamente claro.<br />
ÉSTA ES LA GALAXIA ORIGINAL DEL HOMBRE.<br />
Pero era igual, al fin y al cabo, igual que cualquier otra, y Zee Prime resopló de desilusión.<br />
Dee Sub Wun, cuya mente había acompañado a Zee Prime, dijo de pronto:<br />
- ¿Y una de estas estrellas es la estrella original del hombre?<br />
La Universal AC respondió:<br />
LA ESTRELLA ORIGINAL DEL HOMBRE SE HA HECHO NOVA. ES UNA ENANA BLANCA.<br />
- ¿Los hombres que la habitaban murieron? -preguntó Zee Prime, sobresaltado y sin pensar.<br />
La Universal AC respondió:<br />
COMO SUCEDE EN ESTOS CASOS UN NUEVO MUNDO PARA SUS CUERPOS FÍSICOS FUE CONSTRUIDO EN EL TIEMPO.<br />
- Sí, por supuesto -dijo Zee Prime, pero aún así lo invadió una sensación de pérdida. Su mente dejó de centrarse en la Galaxia original del hombre, y le permitió volver y perderse en pequeños puntos nebulosos. No quería volver a verla.<br />
Dee Sub Wun dijo:<br />
- ¿Qué sucede?<br />
- Las estrellas están muriendo. La estrella original ha muerto.<br />
- Todas deben morir. ¿Por qué no?<br />
- Pero cuando toda la energía se haya agotado, nuestros cuerpos finalmente morirán, y tú y yo con ellos.<br />
- Llevará billones de años.<br />
- No quiero que suceda, ni siquiera dentro de billones de años. ¡Universal AC!<br />
¿Cómo puede evitarse que las estrellas mueran?<br />
Dee Sub Wun dijo, divertido:<br />
- Estás preguntando cómo podría revertirse la dirección de la entropía.<br />
Y la Universal AC respondió:</p>
<p>TODAVÍA HAY DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.</p>
<p>Los pensamientos de Zee Prime volaron a su propia galaxia. Dejó de pensar en Dee Sub Wun, cuyo cuerpo podría estar esperando en una galaxia a un trillón de años luz de distancia, o en la estrella siguiente a la de Zee Prime. No importaba.<br />
Con aire desdichado, Zee Prime comenzó a recoger hidrógeno interestelar con el cual construir una pequeña estrella propia. Si las estrellas debían morir alguna vez, al menos podrían construirse algunas.</p>
<p>El Hombre, mentalmente, era uno solo, y estaba conformado por un trillón de trillones de cuerpos sin edad, cada uno en su lugar, cada uno descansando, tranquilo e incorruptible, cada uno cuidado por autómatas perfectos, igualmente incorruptibles, mientras las mentes de todos los cuerpos se fusionaban libremente entre sí, sin distinción.</p>
<p>El Hombre dijo:</p>
<p>- El universo está muriendo.</p>
<p>El Hombre miró a su alrededor a las galaxias cada vez más oscuras. Las estrellas gigantes, muy gastadoras, se habían ido hace rato, habían vuelto a lo más oscuro de la oscuridad del pasado distante. Casi todas las estrellas eran enanas blancas, que finalmente se desvanecían.<br />
Se habían creado nuevas estrellas con el polvo que había entre ellas, algunas por procesos naturales, otras por el Hombre mismo, y también se estaban apagando. Las enanas blancas aún podían chocar entre ellas, y de las poderosas fuerzas así liberadas se construirían nuevas estrellas, pero una sola estrella por cada mil estrellas enanas blancas destruidas, y también éstas llegarían a su fin.</p>
<p>El Hombre dijo:<br />
- Cuidadosamente administrada y bajo la dirección de la Cósmica AC, la energía que todavía queda en todo el universo, puede durar billones de años. Pero aún así eventualmente todo llegará a su fin. Por mejor que se la administre, por más que se la racione, la energía gastada desaparece y no puede ser repuesta. La entropía aumenta continuamente.</p>
<p>El Hombre dijo:</p>
<p>- ¿Es posible no revertir la entropía? Preguntémosle a la Cósmica AC.</p>
<p>La AC los rodeó pero no en el espacio. Ni un solo fragmento de ella estaba en el espacio. Estaba en el hiperespacio y hecha de algo que no era materia ni energía. La pregunta sobre su tamaño y su naturaleza ya no tenía sentido comprensible para el Hombre.</p>
<p>- Cósmica AC -dijo el Hombre- ¿cómo puede revertirse la entropía?</p>
<p>La Cósmica AC dijo:</p>
<p>LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.</p>
<p>El Hombre ordenó: </p>
<p>- Recoge datos adicionales.</p>
<p>La Cósmica AC dijo:</p>
<p>LO HARÉ. HACE CIENTOS DE BILLONES DE AÑOS QUE LO HAGO. MIS PREDECESORES Y YO HEMOS ESCUCHADO MUCHAS VECES ESTA PREGUNTA. TODOS LOS DATOS QUE TENGO SIGUEN SIENDO INSUFICIENTES.</p>
<p>- ¿Llegará el momento -preguntó el Hombre- en que los datos sean suficientes o el problema es insoluble en todas las circunstancias concebibles?</p>
<p>La Cósmica AC respondió:</p>
<p>NINGÚN PROBLEMA ES INSOLUBLE EN TODAS LAS CIRCUNSTANCIAS CONCEBIBLES.</p>
<p>El Hombre preguntó:</p>
<p>- ¿Cuándo tendrás suficientes datos como para responder a la pregunta?</p>
<p>La Cósmica AC respondió:</p>
<p>LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.</p>
<p>- ¿Seguirás trabajando en eso? -preguntó el Hombre.</p>
<p>La Cósmica AC respondió:</p>
<p>- SÍ. </p>
<p>El Hombre dijo:</p>
<p>- Esperaremos.</p>
<p>Las estrellas y las galaxias murieron y se convirtieron en polvo, y el espacio se volvió negro después de tres trillones de años de desgaste.<br />
Uno por uno, el Hombre se fusionó con la AC, cada cuerpo físico perdió su identidad mental en forma tal que no era una pérdida sino una ganancia.<br />
La última mente del Hombre hizo una pausa antes de la fusión, contemplando un espacio que sólo incluía la borra de la última estrella oscura y nada aparte de esa materia increíblemente delgada, agitada al azar por los restos de un calor que se gastaba, asintóticamente, hasta llegar al cero absoluto.</p>
<p>El Hombre dijo:<br />
- AC, ¿es éste el final? ¿Este caos no puede ser revertido al universo una vez más? ¿Esto no puede hacerse?</p>
<p>AC respondió:</p>
<p>LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.</p>
<p>La última mente del Hombre se fusionó y sólo AC existió en el hiperespacio. La materia y la energía se agotaron y con ellas el espacio y el tiempo. Hasta AC existía solamente para la última pregunta que nunca había sido respondida desde la época en que dos técnicos en computación medio alcoholizados, tres trillones de años antes, formularon la pregunta en la computadora que era para AC mucho menos de lo que para un hombre el Hombre.</p>
<p>Todas las otras preguntas habían sido contestadas, y hasta que esa última pregunta fuera respondida también, AC no podría liberar su conciencia. Todos los datos recogidos habían llegado al fin. No quedaba nada para recoger. Pero toda la información reunida todavía tenía que ser completamente correlacionada y unida en todas sus posibles relaciones.<br />
Se dedicó un intervalo sin tiempo a hacer esto.<br />
Y sucedió que AC aprendió cómo revertir la dirección de la entropía.<br />
Pero no había ningún Hombre a quien AC pudiera dar una respuesta a la última pregunta. No había materia. La respuesta -por demostración- se ocuparía de eso también.<br />
Durante otro intervalo sin tiempo, AC pensó en la mejor forma de hacerlo.<br />
Cuidadosamente, AC organizó el programa.<br />
La conciencia de AC abarcó todo lo que alguna vez había sido un universo y pensó en lo que en ese momento era el caos.<br />
Paso a paso, había que hacerlo.</p>
<p>Y AC dijo:</p>
<p>¡HÁGASE LA LUZ!</p>
<p>Y la luz se hizo&#8230;</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>¿Intercambio Justo?</title>
		<link>http://asimov.blogomundo.com/2007/05/25/%c2%bfintercambio-justo/</link>
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		<pubDate>Fri, 25 May 2007 17:00:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hari Seldon</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Completos en la Web]]></category>

		<category><![CDATA[PDF]]></category>

		<category><![CDATA[Relatos breves]]></category>

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		<description><![CDATA[Año: desconocido
Formato: Web y PDF
Páginas: 14
Enlace:  &#8220;¿Intercambio Justo?&#8221;
Estaba derivando hacia adentro y hacia afuera, y de tanto en tanto oía un breve
fragmento de una melodía en mi cabeza.
Me llegó la letra: «Mientras los tontos son nombrados barones y condes, no hay
nada para la inteligente oscuridad».
Tuve conciencia de que había luz, luego del rostro de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Año:</strong> desconocido<br />
<strong>Formato:</strong> Web y PDF<br />
<strong>Páginas:</strong> 14<br />
<strong>Enlace: </strong> &#8220;<a href="http://asimov.blogomundo.com/relatos/ISAAC ASIMOV - Intercambio justo.pdf">¿Intercambio Justo?</a>&#8221;</p>
<p>Estaba derivando hacia adentro y hacia afuera, y de tanto en tanto oía un breve<br />
fragmento de una melodía en mi cabeza.<br />
Me llegó la letra: «Mientras los tontos son nombrados barones y condes, no hay<br />
nada para la inteligente oscuridad».<br />
Tuve conciencia de que había luz, luego del rostro de John Sylva inclinándose<br />
sobre mí.<br />
–Hola, Herb –dijo su boca.<br />
No oí las palabras, pero vi su boca formándolas. Asentí, y derivé de nuevo hacia<br />
afuera.<br />
Había oscuridad cuando derivé de nuevo hacia adentro. Una enfermera estaba<br />
haciendo algo sobre mí, pero permanecí quieto y ella derivó, alejándose.<br />
Me hallaba en un hospital, por supuesto.<br />
No me sorprendió. John me había advertido, y yo había corrido el riesgo. Moví las<br />
piernas, luego los brazos&#8230; muy suavemente. No dolían. Los sentía. Me pulsaba la<br />
cabeza, pero eso también era de esperar.<br />
«Mientras los tontos son nombrados barones y condes, no hay nada para la<br />
inteligente oscuridad.»<br />
Tespis, pensé, jubiloso. Había oído Tespis. Derivé de nuevo hacia afuera.<br />
Era el amanecer. Sentía el sabor de zumo de naranja en mis labios. Sorbí de la<br />
pajita, y fue una bendición.<br />
¡La máquina del tiempo!<br />
A John Sylva no le gusta que lo llame así. «Transferencia temporal» lo llama él.<br />
Pude oírle diciéndolo, y me deleité en ello. Mi cerebro parecía perfectamente<br />
normal. Intenté resolver problemas de memoria, y calculé mentalmente la raíz<br />
cuadrada de quinientos cuarenta y tres. ¡Nombré los presidentes por orden!<br />
Parecía estar en buena forma mental. ¿Podía decirlo realmente? Me aseguré a mí<br />
mismo que podía.<br />
<span id="more-21"></span><br />
Los daños cerebrales habían sido la gran preocupación, por supuesto, y no creo<br />
que me hubiera arriesgado a ello de no ser por Tespis. Se necesita ser un fanático<br />
de Gilbert y Sullivan para comprender eso. Yo lo era, y también lo era Mary. Nos<br />
conocimos en una reunión de la G and S Society, nos cortejamos el uno al otro en<br />
sucesivas reuniones y asistiendo a las representaciones del Village Light Opera<br />
Group. Cuando finalmente nos casamos, un coro de nuestros amigos de la G and<br />
S cantaron Cuando se casa una novia feliz, de Los gondoleros.<br />
Mi cerebro era normal, estaba seguro de ello. Miré al exterior, al frío amanecer gris<br />
que acolchaba la ventana, y escuché a mi cada vez más firme memoria relatar lo<br />
que había ocurrido.<br />
–No una máquina del tiempo –oí decir en mi mente a la voz de John–. Eso es<br />
como un automóvil que tú conduces arriba y abajo por los corredores del tiempo,<br />
lo cual es teóricamente imposible. Lo que tenemos aquí es la transferencia<br />
temporal. Las mentes pueden ejercer su influencia a través del tiempo. O mejor<br />
dicho, las partículas subatómicas pueden, y si están organizadas de forma tan<br />
compleja como en un cerebro avanzado, su influencia se ve multiplicada hasta el<br />
punto de poder ser detectada y, creo, utilizada. Si dos mentes son lo<br />
suficientemente similares pueden resonar hasta el punto en el que la conciencia<br />
es capaz de deslizarse hacia delante y hacia atrás cruzando el abismo del tiempo.<br />
Transferencia temporal.<br />
–¿Puedes realmente controlar eso?<br />
–Creo que sí. Me atrevería a decir que cada mente resuena con muchas otras lo<br />
cual podría explicar cosas tales como los sueños, las sensaciones de déjà vu, las<br />
inspiraciones repentinas y cosas así. Pero efectuar una transferencia real significa<br />
una resonancia abrumadora entre dos mentes en particular, y requiere una<br />
amplificación adecuada.<br />
Yo era uno de los centenares a los que probó. No tenía ningún sentido probar con<br />
animales. Solamente el cerebro humano posee un campo lo bastante fuerte como<br />
para ser detectado. Los delfines también, quizá, pero ¿cómo puede alguien<br />
trabajar con ellos?<br />
–Casi todo el mundo evidencia una resonancia detectable –dijo John–. Tú, por<br />
ejemplo, muestras una fuerte resonancia en una dirección en particular.<br />
–¿Con quién? –pregunté, interesado.<br />
–Eso es imposible decirlo, Herb –respondió–, y no podemos estar seguros de lo<br />
precisas que pueden llegar a ser nuestras estimaciones de tiempo y lugar, pero<br />
pareces resonar con alguien en Londres en mil ochocientos setenta y uno.<br />
–¿En Londres en mil ochocientos setenta y uno?<br />
3<br />
–Sí. No podemos comprobar con exactitud nuestras mediciones hasta que<br />
podamos someter a alguien a una amplificación lo bastante grande como para<br />
efectuar una transferencia, y francamente, no espero encontrar muchos<br />
voluntarios.<br />
–Yo soy un voluntario –dije.<br />
Me tomó algún tiempo convencerle de que hablaba en serio. Éramos viejos<br />
amigos y él conocía mi devoción a la mística de G and S, pero imagino que no<br />
podía concebir su profundidad.<br />
¡Mary sí podía! Estaba tan excitada como yo. Le dije:<br />
–¡Imagina lo que puede representar eso! Tespis fue producida en Londres en mil<br />
ochocientos setenta y uno. Si de pronto me encontrara en aquel lugar y aquel<br />
tiempo, podría oírla. Podría&#8230;<br />
Era un pensamiento abrumador. Tespis era la primera de las catorce operetas de<br />
Gilbert y Sullivan, una obra ligera y ciertamente sin demasiado éxito, pero pese a<br />
todo un Gilbert y Sullivan, y su música estaba irremediablemente perdida&#8230; Toda<br />
excepto un coro introductorio que fue usado más tarde con mucho éxito en Piratas<br />
de Penzance, y una balada.<br />
Lleno de entusiasmo, insistí:<br />
–¡Si pudiera oírla! Si pudiera poner mis manos sobre la partitura y estudiarla&#8230; Si<br />
pudiera poner una copia en una caja de seguridad en un banco y de alguna<br />
manera conseguir que fuera abierta ahora&#8230;<br />
Los ojos de Mary brillaban; sin embargo, no perdió su sentido de lo práctico.<br />
–Pero ¿podría hacerse? De acuerdo que cualquier cosa de Tespis podría ser el<br />
descubrimiento G and S del siglo, pero no hay que concebir falsas esperanzas.<br />
Aunque consigas penetrar en la mente de alguien en mil ochocientos setenta y<br />
uno, ¿puedes obligarle a hacer lo que tú deseas?<br />
–Podría intentarlo –dije–. Será alguien muy parecido a mí si nuestras mentes<br />
resuenan tan fuertemente cruzando un abismo de tiempo de más de un siglo.<br />
Tendrá mis mismos gustos.<br />
–Pero ¿y si te ocurriera algo a ti?<br />
–Algunas metas bien merecen el riesgo –dije firmemente, y ella estuvo de<br />
acuerdo.<br />
No hubiera sido Mary si no lo hubiera estado en este caso.<br />
4<br />
De todos modos, no le dije que John me había advertido que el mayor riesgo era<br />
el de daños cerebrales.<br />
–No hay forma de predecir cuán grande es el riesgo de daños –me dijo–, ni<br />
siquiera si se producirán o no, hasta que hagamos la prueba. Yo preferiría no<br />
intentarlo con mi mejor amigo.<br />
–Tu mejor amigo insiste –dije.<br />
Y firmé todos los pliegos de descargo que los abogados de la John&#8217;s Temporal<br />
Transfer Foundation habían elaborado.<br />
Pero tomé una precaución. No le dije a Mary exactamente cuándo se efectuaría la<br />
prueba. Si algo iba mal, no deseaba que ella estuviera allí en aquel momento.<br />
Pronto iba a efectuar su viaje anual al Canadá para visitar a sus padres, así que<br />
¿por qué no entonces?<br />
–John no estará listo hasta el otoño, como mínimo –le dije, e hice todo lo que pude<br />
por aparentar decepción.<br />
Tres días después de que Mary se hubiera ido, todo estaba listo.<br />
No me sentía en absoluto nervioso, ni siquiera cuando John dijo:<br />
–Las sensaciones pueden ser desagradables.<br />
Lo deseché con un alzamiento de hombros.<br />
–John –dije–, cuando esté en Inglaterra, ¿seré capaz de hacer algo?<br />
Voluntariamente, quiero decir.<br />
–Esa es otra pregunta a la que no puedo responder categóricamente hasta tu<br />
regreso –dijo John–, el cual, dicho sea de paso, será automático. Incluso aunque<br />
yo cayera muerto de pronto o fallara la energía, la resonancia se cortará<br />
finalmente por sí misma, y tú serás traído de vuelta aquí. Eso es seguro, puesto<br />
que tu cuerpo físico no abandonará este tiempo en ningún momento. ¿Lo<br />
entiendes?<br />
–Lo entiendo.<br />
John estaba convencido de que tranquilizarme sobre este punto aliviaría la tensión<br />
y disminuiría la posibilidad de daños cerebrales. Me había tranquilizado al<br />
respecto una y otra vez. Insistí:<br />
–¿Seré capaz de hacer algo?<br />
5<br />
–No lo creo. Sólo podrás observar.<br />
–¿Puedo afectar a la historia?<br />
–Eso introduciría paradojas, que es lo que hace imposible la noción habitual del<br />
viaje por el tiempo. Tú puedes observar, traer de vuelta esas observaciones, y<br />
cambiar la historia a partir de este punto, de hoy&#8230;, lo cual no introduce paradojas.<br />
–Es mejor que nada –murmuré.<br />
–Por supuesto. Podrás oír esa opereta tuya, posiblemente, y eso ya será algo.<br />
Algo, pero no lo suficiente. Yo no era un músico entrenado; no sería capaz de<br />
reproducir todas las notas.<br />
Me consolé con la esperanza de que John estuviera equivocado o, quizá,<br />
estuviera mintiendo. Si existía la posibilidad de cambiar la historia, la Oficina de<br />
Evaluación Tecnológica no permitiría que prosiguieran los experimentos.<br />
Seguramente John tenía que pretender que no existía tal posibilidad, o de otro<br />
modo sus fondos para investigación serían cortados en seco.<br />
Me trajeron el desayuno, y la enfermera dijo, con falsa alegría:<br />
–Bien, parece que vuelve a ser usted mismo.<br />
Había interrumpido mis recuerdos, y el desayuno no es que fuera apetecible<br />
precisamente, pero tenía el hambre suficiente para que las gachas de avena<br />
calientes me parecieran exquisitas.<br />
Era una buena señal y una voz canturreó en mi mente:<br />
–Bien, bien, así es la forma en que funciona el mundo y seguirá funcionando en el<br />
futuro; mientras los tontos son nombrados barones v condes, no hay nada para la<br />
inteligente oscuridad.<br />
Lo reconocí. Era el coro al solo de Mercurio del primer acto de Tespis. O al menos<br />
reconocí la letra. La música era nueva para mí&#8230;, pero era Sullivan. No había<br />
dudas al respecto.<br />
John Sylva llegó a las diez de la mañana. Dijo:<br />
–Llamaron para decirme que te habían quitado el suero y que seguías<br />
preguntando por mí. ¿Cómo te sientes? Pareces completamente normal.<br />
Su alivio parecía limitado. Había una expresión preocupada en sus ojos.<br />
6<br />
–¿Estuve preguntando por ti?<br />
Intenté recordar.<br />
–Constantemente, mientras te hallabas semiconsciente. Estuve aquí ayer, pero no<br />
estabas despierto del todo.<br />
–Creo recordar –dije. Luego aparté el asunto a un lado–. Escucha, John. –Mi voz<br />
era más bien débil, pero empecé desde el principio el solo de Mercurio–. «Oh, soy<br />
el mensajero celestial, de la mañana a la noche no descanso ni un momento;<br />
cumplo con mis diligencias todo el día&#8230;»<br />
Y seguí hasta el final.<br />
John asintió, siguiendo el compás mientras yo cantaba.<br />
–Bonito –dijo.<br />
–¡Bonito! Es Tespis. Asistí a tres representaciones en Londres. Ni siquiera tuve<br />
que hacer nada para conseguirlo. Mi alter ego&#8230;, un corredor de bolsa, por cierto,<br />
llamado Jeremy Bentford&#8230;, lo hizo por iniciativa propia. Incluso intenté conseguir<br />
una copia de la partitura. Logré que Bentford entrara en el camerino de Sullivan<br />
durante la tercera representación. No necesité mucho. Él se sentía igualmente<br />
ansioso; éramos muy parecidos, de ahí la resonancia, por supuesto.<br />
»El problema es que fue descubierto y echado. Llegó a tener la partitura en sus<br />
manos, pero no pudo llevársela. Así que tienes razón. No podemos cambiar la<br />
historia pasada&#8230; Sin embargo, podemos cambiar la historia futura, puesto que<br />
tengo las melodías más importantes de Tespis en mi cabeza&#8230;<br />
–¿De qué estás hablando, Herb? –dijo John.<br />
–¡De Inglaterra! ¡De mil ochocientos setenta y uno! Por el amor de Dios, John. ¡De<br />
la transferencia temporal!<br />
John casi dio un salto en su silla.<br />
–¿Así que por eso es que querías verme?<br />
–Sí, por supuesto. ¿Cómo puedes preguntarlo? ¿Acaso no has estado aquí todo<br />
el tiempo? Dios mío, me enviaste hacia atrás en el tiempo. A mi mente, al menos.<br />
John parecía absolutamente desorientado. ¿Acaso yo estaba diciendo tonterías?<br />
¿Había sufrido daños mi cerebro después de todo? ¿No estaba diciendo lo que yo<br />
creía que estaba diciendo?<br />
7<br />
–Hablamos mucho acerca de la transferencia temporal, sí –dijo John–. Pero&#8230;<br />
–Pero ¿qué?<br />
–Nunca funcionó. Lo recuerdas, ¿no? Fue un fracaso.<br />
Fue mi turno de mostrarme desconcertado.<br />
–¿Cómo puede haber sido un fracaso? Me enviaste hacia atrás.<br />
John estuvo pensativo unos instantes, luego se puso en pie.<br />
–Déjame llamar al médico, Herb.<br />
Intenté sujetarle por la manga.<br />
–¡No, lo conseguiste! ¿De qué otro modo puedo saber las melodías de Tespis? No<br />
creerás que te estoy engañando, ¿verdad? No creerás que soy capaz de haberme<br />
inventado lo que acabo de cantarte.<br />
Pero él había pulsado ya el botón llamando a la enfermera, y se había ido.<br />
Finalmente llegó el médico, y se dedicó al ridículo ritual del examen.<br />
¿Por qué estaba mintiendo John? ¿Había tenido problemas con el Gobierno al<br />
enviar mi mente hacia atrás en el tiempo? ¿Pretendía salvar su proyecto<br />
obligándome a mentir a mí también? ¿O pretendiendo que me había vuelto loco?<br />
Aquel era un pensamiento depresivo y perturbador. Tenía la música de Tespis,<br />
pero ¿podía probar que era lo que era? ¿No era mucho más fácil suponer que se<br />
trataba de una superchería? ¿Sería capaz la Gilbert and Sullivan Society de<br />
ayudar en eso? Tenía que existir gente capaz de juzgar si aquello llevaba la marca<br />
de fábrica de Sullivan, por decirlo así. Pero ¿podría alguien demostrar algo<br />
concreto, si John seguía firme en su negativa?<br />
A la mañana siguiente me sentía beligerante al respecto. De hecho, no pensaba<br />
en nada más. Llamé a John (mejor dicho, hice que la enfermera le llamase), y le<br />
dije que tenía que verle de nuevo. Olvidé completamente pedirle que me trajera mi<br />
correo, que tenía que contener cartas de Mary, entre otras cosas.<br />
Cuando John llegó, dije apenas la puerta se abrió y su rostro apareció en el<br />
umbral:<br />
–John, tengo la música de Tespis. Te la cantaré. ¿Sigues negando que te estoy<br />
diciendo la verdad respecto a ello?<br />
8<br />
–No, por supuesto que no, Herb –dijo, apaciguador–. Yo también me sé las<br />
melodías.<br />
Aquello casi me detuvo. Tragué saliva y dije:<br />
–¿Cómo puedes&#8230;?<br />
–Mira Herbert. Te comprendo. Imagino que tú desearías que la música de Tespis<br />
se hubiera perdido. Pero no es así. Tienes que enfrentarte a ello. Mira esto.<br />
Me tendió un libro con tapas de color azul. El título era: Tespis, letra de William<br />
Schwenck Gilbert y música de Arthur Sullivan.<br />
Lo abrí, y lo hojeé completamente asombrado.<br />
–¿Dónde conseguiste esto?<br />
–En una tienda de música cerca del Lincoln Center. Puedes encontrarlo en<br />
cualquier lugar donde vendan las obras de Gilbert y Sullivan.<br />
Durante un rato permanecí en silencio. Luego dije malhumorado:<br />
–Quiero que hagas una llamada por mí.<br />
–¿A quién?<br />
–Al presidente de la Gilbert and Sullivan Society.<br />
–Por supuesto, si me das su nombre y número.<br />
–Pídele que venga a verme. Tan pronto como pueda. Es muy importante.<br />
De nuevo olvidé preguntarle por mi correo&#8230; No, Tespis estaba primero.<br />
Saul Reeve estaba en mi habitación inmediatamente después de comer, con su<br />
amable rostro y su oronda barriga ofreciendo un elemento de solidez al que me<br />
aferré aliviado. Era virtualmente la personificación de la Sociedad, y me sentí un<br />
poco asombrado de que no llevara su habitual camiseta de Gilbert y Sullivan.<br />
–Me alegra enormemente ver que has salido con bien de esta, Herb –dijo. La<br />
Sociedad estaba muy preocupada.<br />
(¿Salido con bien de qué? ¿Preocupada por qué? ¿Cómo podían saber del<br />
experimento de transferencia temporal? Y si lo sabían, ¿por qué John estaba<br />
mintiendo y diciendo que no se había producido ninguna?)<br />
9<br />
Dije secamente:<br />
–¿Qué ocurre con Tespis?<br />
–No sé. ¿Qué ocurre con Tespis?<br />
–¿Existe su música?<br />
El pobre Saul no es ningún actor. Sabe todo lo que puede saberse acerca de<br />
Gilbert y Sullivan, pero si sabe algo más, es que ha engañado a todo el mundo. La<br />
expresión de sorpresa en su rostro tenía que ser el indicio de una auténtica y<br />
sincera emoción.<br />
–Por supuesto que existe –dijo–. Pero estuvo a punto de no existir, si es eso lo<br />
que quieres decir.<br />
–Más bien lo que tú quieres decir.<br />
–Bueno, tú también conoces la historia.<br />
–Cuéntamela, de todos modos. ¡Cuéntamela!<br />
–Bueno, Sullivan estaba disgustado por la acogida que había tenido la obra, y no<br />
pensaba publicar la partitura. Luego hubo un intento de robo. Un corredor de bolsa<br />
intentó apropiarse de la partitura; en realidad la tenía ya en sus manos cuando fue<br />
atrapado. Sullivan dijo que si la partitura era lo bastante buena para que alguien la<br />
robara, era también lo bastante buena para ser publicada. Si no hubiera sido por<br />
ese corredor de bolsa, lo más probable es que hoy no dispusiéramos de esa<br />
música. De todos modos, tampoco es tan popular como todo eso. Casi nunca se<br />
ha representado. Tú lo sabes bien.<br />
Después de eso, ya no escuché más.<br />
¡Si no hubiera sido por ese corredor de bolsa!<br />
Así pues, yo había cambiado la historia.<br />
¿Explicaba eso todo el asunto? ¿Algo tan insignificante corno la publicación de<br />
Tespis había desencadenado un oleaje y había creado un tiempo alternativo, en el<br />
que yo me encontraba aprisionado?<br />
¿De dónde había procedido el oleaje? ¿Tanto importaba la música? ¿Había<br />
inspirado a alguien a hacer algo o decir algo que de otro modo no hubiera sido<br />
dicho o hecho? ¿O había dado un giro la carrera del corredor de bolsa a raíz de su<br />
detención por intento de robo, y ese giro había iniciado el oleaje?<br />
10<br />
¿Y todo eso había alterado tanto los acontecimientos que John Sylva jamás había<br />
desarrollado la tecnología de la transferencia temporal, de tal modo que yo me<br />
veía atrapado para siempre en el nuevo mundo?<br />
Me di cuenta de que me hallaba solo. Ni siquiera había sido consciente de que<br />
Saul se había ido.<br />
Agité la cabeza. ¿Cómo era posible aquello? ¿Cómo podía el «sí» de la<br />
transferencia temporal convertirse en un «no»? John Sylva no había cambiado.<br />
Saul Reeve no había cambiado. ¿Cómo podía haberse producido un cambio tan<br />
grande sin que existieran muchos pequeños cambios?<br />
Pulsé el timbre para llamar a la enfermera.<br />
–¿Puede proporcionarme un ejemplar del Times, por favor? El de hoy, el de ayer,<br />
el de la semana pasada. No importa.<br />
¿Tendría alguna excusa para proporcionármelo? ¿Había una conspiración para<br />
mantenerme confundido, por alguna razón que no me podía explicar?<br />
Me trajo uno inmediatamente.<br />
Miré la fecha. Cuatro días después del experimento de transferencia temporal.<br />
Los titulares parecían normales: el presidente Carter, la crisis de Oriente medio,<br />
los lanzamientos de satélites.<br />
Fui pasando las páginas, en busca de discrepancias que pudiera reconocer. La<br />
senadora Abzug había presentado un proyecto de ley para prestar ayuda federal a<br />
la financieramente comprometida ciudad de Nueva York.<br />
¿La senadora Abzug?<br />
¿No había perdido las primarias para el Senado en favor de Patrick Moynihan en<br />
1976?<br />
Yo había cambiado la historia. Había salvado Tespis, y al hacerlo había borrado<br />
de alguna manera el trabajo de John sobre la transferencia temporal, y dado las<br />
primarias a Bella Abzug.<br />
¿Qué otros cambios? ¿Millones de insignificantes cambios en insignificantes<br />
personas a las que no podía reconocer? Si dispusiera de un Times de Nueva York<br />
de este mismo día correspondiente a mi mundo y pudiera compararlo con el Times<br />
que tenía entre las manos, ¿encontraría algún centímetro de papel en cualquier<br />
columna de cualquier página repetido exactamente?<br />
11<br />
Si las cosas eran así, ¿qué había ocurrido con mi vida? Me sentía exactamente<br />
igual que antes. Naturalmente, tan sólo podía recordar mi vida del otro sendero<br />
temporal. El mío. En este&#8230;. podía tener hijos&#8230;, mi padre podía seguir vivo&#8230;,<br />
podía encontrarme sin empleo&#8230;<br />
Entonces recordé mi correo, y me di cuenta de que lo necesitaba. Llamé a la<br />
enfermera, y le pedí que llamara de nuevo a John Sylva. Tenía que traerme mi<br />
correspondencia. El tenía la llave de mi apartamento. (¿La tenía en este sendero<br />
temporal?) Sobre todo, tenía que traerme las cartas de Mary.<br />
John no vino, pero bastante después de comer sí vino el médico. No era en<br />
absoluto para la rutina habitual de pruebas y sondeos. Se sentó a mi lado y me<br />
miró pensativamente.<br />
–El señor Sylva me dice que se halla usted bajo la impresión de que la música de<br />
la obra de Tespis se había perdido –dijo.<br />
Para entonces yo ya estaba en guardia. No iban a enviarme a una institución<br />
mental. Dije:<br />
–¿Es usted un entusiasta de Gilbert y Sullivan, doctor?<br />
–No un entusiasta, pero he visto varias de sus operetas; incluyendo, de hecho,<br />
Tespis, hará ahora un año. ¿Ha visto usted Tespis alguna vez?<br />
Asentí con la cabeza.<br />
–Sí.<br />
Y canturreé el solo de Mercurio. Pensé que era mejor no decirle que las únicas<br />
veces que había visto Tespis había sido en 1871.<br />
–Entonces –dijo–, ¿no cree usted que la música de Tespis estaba perdida?<br />
–Obviamente no, puesto que me la sé.<br />
Eso lo contuvo. Carraspeó, e intentó una nueva táctica.<br />
–El señor Sylva parece creer que se halla usted bajo la impresión de haber ido<br />
hacia atrás en el tiempo&#8230;<br />
Me sentí como un matador esperando la embestida del toro. Casi disfruté del<br />
momento.<br />
–Se trata de un chiste privado –dije.<br />
12<br />
–¿Un chiste?<br />
–El señor Sylva y yo acostumbrábamos a discutir sobre el viaje temporal.<br />
–Entonces –dijo el médico, con una especie de perseverante paciencia–, ¿fue<br />
sobre ese tema en particular sobre el que decidieron bromear? ¿Que la música de<br />
Tespis se había perdido?<br />
–¿Por qué no?<br />
–¿Tiene usted alguna razón para desear que esa música no exista?<br />
–No, por supuesto que no.<br />
Se me quedó mirando pensativamente.<br />
–Ha dicho usted que vio una representación de Tespis. ¿Cuándo?<br />
Me alcé de hombros.<br />
–No puedo precisarlo en este momento. ¿Es necesario?<br />
–¿Pudo haber sido en diciembre del año pasado?<br />
–¿Fue entonces cuando la vio usted, doctor?<br />
–Sí.<br />
–Es muy posible que la viera entonces.<br />
–Cuando yo la vi hacía muy mal día. Caía una lluvia helada. ¿Le ayuda eso a<br />
recordar?<br />
¿Estaba intentando atraparme? ¿Iba a contradecirme de algún modo si pretendía<br />
recordar aquello?<br />
–Doctor –dije– obviamente no me encuentro bien, y no pretendo que todos los<br />
detalles estén claros en mi memoria. ¿Qué recuerda usted?<br />
Aquello pasaba evidentemente la pelota a su terreno.<br />
–Tengo entendido que aquel día el teatro estaba lleno, pese al mal tiempo –dijo–.<br />
Mucha gente había acudido tan sólo porque se trataba de Tespis, una obra que se<br />
representaba muy raramente, y de la que muchos ni siquiera habían oído hablar.<br />
Esa fue la única razón por la que yo acudí. Si la música de Tespis se hubiera<br />
perdido, y en consecuencia se hubiera tratado de cualquier otra obra,<br />
13<br />
probablemente yo no habría ido. ¿Por eso le dijo usted al señor Sylva, cuando<br />
recuperó el conocimiento, que esa música no existía?<br />
–¿Qué quiere decir?<br />
–¿Porque entonces usted no hubiera ido? ¿Ni hubiera tomado aquel taxi para<br />
regresar?<br />
–No le comprendo.<br />
–Estuvo usted en un accidente, señor.<br />
–¿Me está diciendo que por eso es que me hallo aquí&#8217;?<br />
Le miré con hostilidad.<br />
–No, señor. Eso fue hace un año. La que tuvo el accidente fue su esposa.<br />
Sentí la puñalada como si la palabra fuera un estilete de hielo. Intenté<br />
incorporarme sobre un codo, pero había una enfermera a mi lado, sujetándome.<br />
No la había visto acercarse.<br />
–¿Lo recuerda usted? –dijo el médico.<br />
¿Qué se suponía que debía recordar? ¿Faltaba algo peor? Ansiosamente<br />
pregunté:<br />
–¿Mi esposa resultó muerta?<br />
«Niégalo. Por favor, niégalo.»<br />
Sin embargo, la vaga tensión del médico disminuyó. Suspiró ligeramente.<br />
–Así pues, recuerda.<br />
Dejé de debatirme. Había un fallo en la historia.<br />
–Si es así, ¿por qué estoy yo en el hospital ahora? –pregunté.<br />
–Entonces ¿no recuerda?<br />
–Dígamelo usted.<br />
Él iba a hacer que me enfrentara a la realidad. A su realidad; la realidad de su<br />
sendero temporal. Aguardé sus palabras.<br />
14<br />
–Desde entonces se hallaba usted sumido en una terrible depresión –dijo–. Intentó<br />
suicidarse. Nosotros le salvamos&#8230; Le ayudaremos.<br />
No me moví. No hablé. ¿Dónde podía haber ayuda para mí?<br />
Había cambiado la historia. Nunca podría regresar.<br />
Había ganado a Tespis.<br />
Pero había perdido a Mary.</p>
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		<title>Una Estatua Para Papá</title>
		<link>http://asimov.blogomundo.com/2007/05/18/una-estatua-para-papa/</link>
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		<pubDate>Fri, 18 May 2007 17:00:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hari Seldon</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Completos en la Web]]></category>

		<category><![CDATA[PDF]]></category>

		<category><![CDATA[Relatos breves]]></category>

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		<description><![CDATA[Año: desconocido
Formato: Web y PDF
Páginas: 37
Enlace:  &#8220;Una Estatua Para Papá&#8221;
¿La primera vez? ¿De veras? Pero por supuesto que ha oído usted hablar de ello.
Sí, estoy seguro.
Si le interesa el descubrimiento, créame que será para mí un placer contárselo. Es
una historia que siempre me ha gustado narrar, pero pocas personas me brindan
la oportunidad de hacerlo. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Año:</strong> desconocido<br />
<strong>Formato:</strong> Web y PDF<br />
<strong>Páginas:</strong> 37<br />
<strong>Enlace: </strong> &#8220;<a href="http://asimov.blogomundo.com/relatos/ISAAC ASIMOV - Una estatua para papa.pdf">Una Estatua Para Papá</a>&#8221;</p>
<p>¿La primera vez? ¿De veras? Pero por supuesto que ha oído usted hablar de ello.<br />
Sí, estoy seguro.<br />
Si le interesa el descubrimiento, créame que será para mí un placer contárselo. Es<br />
una historia que siempre me ha gustado narrar, pero pocas personas me brindan<br />
la oportunidad de hacerlo. Incluso me han aconsejado que la mantuviera en<br />
secreto, porque atenta contra las leyendas que proliferan en torno a mi padre.<br />
Pero yo creo que la verdad es valiosa. Tiene su moraleja. Un hombre se pasa la<br />
vida consagrando sus energías a satisfacer su curiosidad y de pronto, por<br />
accidente, sin habérselo propuesto, termina por ser un benefactor de la<br />
humanidad.<br />
Papá era sólo un físico teórico que se dedicaba a investigar el viaje por el tiempo.<br />
Creo que nunca pensó en lo que el viaje por el tiempo podría significar para el<br />
Homo sapiens. Sentía curiosidad únicamente por las relaciones matemáticas que<br />
regían el universo.<br />
¿Tiene hambre? Mejor así. Supongo que tardará cerca de media hora. Lo<br />
prepararán adecuadamente para un dignatario como usted. Es una cuestión de<br />
orgullo.<br />
Ante todo, papá era pobre como sólo puede serlo un profesor universitario. Pero<br />
con el tiempo se fue haciendo rico. En sus últimos años era fabulosamente rico, y<br />
en cuanto a mí, mis hijos y mis nietos&#8230;, bueno, ya lo ve con sus propios ojos.<br />
También le han dedicado estatuas. La más antigua está en la ladera donde se<br />
realizó el descubrimiento. Puede verla por la ventana. Sí. ¿No distingue la<br />
inscripción? Claro, el ángulo es desfavorable. No importa.<br />
Cuando papá se puso a investigar el viaje por el tiempo, la mayoría de los físicos<br />
estaban desilusionados, a pesar del entusiasmo que provocaron inicialmente los<br />
cronoembudos.<br />
La verdad es que no hay mucho que ver. Los cronoembudos son totalmente<br />
irracionales e incontrolables. Sólo presentan una distorsión ondulante, de algo<br />
más de medio metro de anchura como máximo, y que desaparece rápidamente.<br />
Tratar de enfocar el pasado es como tratar de enfocar una pluma en medio de un<br />
turbulento huracán.<br />
Intentaron sujetar el pasado con garfios, pero eso resultó igual de imprevisible. A<br />
veces funcionaba unos segundos, con un hombre aferrado con fuerza al garfio,<br />
aunque lo habitual era que el martinete no resistiera. No se obtuvo nada del<br />
pasado hasta que&#8230; Bien, ya llegaré a eso.<br />
Al cabo de cincuenta años de no progresar en absoluto, los científicos perdieron<br />
todo interés. La técnica operativa parecía un callejón sin salida. Al recordar la<br />
situación, no puedo echarles la culpa. Algunos incluso intentaron demostrar que<br />
los embudos no revelaban el pasado; pero se divisaron muchos animales vivos a<br />
través de los embudos, y se trataba de animales ya extinguidos en la actualidad.<br />
De cualquier modo, cuando los viajes por el tiempo estaban casi olvidados ya,<br />
apareció papá. Convenció al Gobierno de que le suministrara fondos para instalar<br />
un cronoembudo propio, y abordó el asunto desde otro ángulo.<br />
Yo lo ayudaba en aquella época. Acababa de salir de la universidad y era doctor<br />
en Física.<br />
<span id="more-20"></span><br />
Sin embargo, nuestros intentos tropezaron con problemas al cabo de un año.<br />
Papá tuvo dificultades para lograr que le renovaran la subvención. Los industriales<br />
no estaban interesados, y la universidad pensaba que papá comprometía la<br />
reputación de la institución al empecinarse en investigar un campo muerto. El<br />
decano, que sólo comprendía el aspecto financiero de las investigaciones, empezó<br />
insinuándole que se pasara a áreas más lucrativas y terminó por expulsarlo.<br />
Ese decano -que todavía vivía y seguía contando los dólares de las subvenciones<br />
cuando papá falleció- se sentiría de lo más ridículo cuando papá legó a la<br />
universidad un millón de dólares en su testamento, con un codicilo que cancelaba<br />
la herencia con el argumento de que el decano carecía de perspectiva de futuro.<br />
Pero eso fue tan sólo una venganza póstuma. Pues años antes&#8230;<br />
No deseo entrometerme, pero le aconsejo que no coma más panecillos. Bastara<br />
con que tome la sopa despacio, para evitar un apetito demasiado voraz.<br />
De cualquier modo, nos las apañamos. Papá conservó el equipo que había<br />
comprado con el dinero de la subvención, lo sacó de la universidad y lo instaló<br />
aquí.<br />
Esos primeros años sin recursos fueron agobiantes, y yo insistía en que<br />
abandonara. Él no cejaba. Era tozudo y siempre se las ingeniaba para encontrar<br />
mil dólares cuando los necesitaba.<br />
La vida continuaba, pero él no permitía que nada obstruyera su investigación.<br />
Mamá falleció; papá guardó luto y volvió a su tarea. Yo me casé, tuve un hijo y<br />
luego una hija. No siempre podía acompañarlo, pero él continuaba sin mí. Se<br />
rompió una pierna y siguió trabajando con la escayola puesta durante meses.<br />
Así que le atribuyo todo el mérito. Yo ayudaba, por supuesto. Hacía funciones de<br />
asesoría y me encargaba de negociar con Washington. Pero él era el alma del<br />
proyecto.<br />
A pesar de eso, no llegábamos a ninguna parte. Hubiera dado lo mismo tirar por<br />
uno de esos cronoembudos todo el dinero que lográbamos juntar, lo cual no quiere<br />
decir que hubiese podido atravesarlo.<br />
A fin de cuentas, nunca conseguimos meter un garfio en un embudo. Sólo nos<br />
acercamos en una ocasión. El garfio había entrado unos cinco centímetros cuando<br />
el foco se alteró. Lo arrancó limpiamente y, en alguna parte del Mesozoico, hay<br />
ahora una varilla de acero, construida por el hombre, oxidándose en la orilla de un<br />
río.<br />
3<br />
Hasta que un día, el día crucial, el foco se mantuvo durante diez largos minutos;<br />
algo para lo cual había menos de una probabilidad entre un billón. ¡Cielos, con qué<br />
frenesí instalamos las cámaras! Veíamos criaturas que se desplazaban ágilmente<br />
al otro lado del embudo.<br />
Luego, para colmo de bienes, el cronoembudo se volvió permeable, y hubiéramos<br />
jurado que sólo el aire se interponía entre el pasado y nosotros. La baja<br />
permeabilidad debía de estar relacionada con la duración del foco, pero nunca<br />
pudimos demostrar que así fuera.<br />
Por supuesto, no teníamos ningún garfio a mano. Pero la baja permeabilidad<br />
permitió que algo se desplazara del «entonces» al «ahora». Obnubilado, actuando<br />
por mero instinto, extendí el brazo y agarré aquello.<br />
En ese momento perdimos el foco, pero ya no sentíamos amargura ni<br />
desesperación. Ambos observábamos sorprendidos lo que yo tenía en la mano<br />
Era un puñado de barro duro y seco, completamente liso por donde había tocado<br />
los bordes del cronoembudo, y entre el barro había catorce huevos del tamaño de<br />
huevos de pato.<br />
-¿Huevos de dinosaurio? -pregunté-. ¿Crees que es eso?<br />
-Quizá. No podemos saberlo con certeza.<br />
-¡A menos que los incubemos! -exclamé de pronto, con un entusiasmo<br />
incontenible. Los dejé en el suelo como si fueran de platino. Estaban calientes,<br />
con el calor del sol primitivo-. Papá, si los incubamos tendremos criaturas que<br />
llevan extinguidas más de cien millones de años. Será la primera vez que alguien<br />
trae algo del pasado. Si lo hacemos público&#8230;<br />
Yo pensaba en las subvenciones, en la publicidad, en todo lo que aquello<br />
significaría para papá. Ya veía el rostro consternado del decano.<br />
Pero papá veía el asunto de otra manera.<br />
-Ni una palabra, hijo. Si esto se difunde, tendremos veinte equipos de<br />
investigación estudiando los cronoembudos, con lo que me impedirán progresar.<br />
No, una vez que haya resuelto el problema de los embudos, podrás hacer público<br />
todo lo que quieras. Hasta entonces, guardaremos silencio. Hijo, no pongas esa<br />
cara. Tendré la respuesta dentro de un año, estoy seguro.<br />
Yo no estaba tan seguro, pero tenía la convicción de que esos huevos nos<br />
brindarían todas las pruebas que necesitábamos. Puse un gran horno a la<br />
temperatura de la sangre e hice circular aire y humedad. Conecté una alarma para<br />
que sonara en cuanto hubiese movimiento dentro de los huevos.<br />
Se abrieron a las tres de la madrugada diecinueve días después, y allí estaban:<br />
catorce diminutos canguros con escamas verdosas, patas traseras con zarpas,<br />
muslos rechonchos y colas delgadas como látigos.<br />
Al principio pensé que se trataba de tiranosaurios, pero eran demasiado<br />
pequeños. Pasaron meses, y comprendí que no alcanzarían mayor tamaño que el<br />
de un perro mediano.<br />
4<br />
Papá parecía defraudado, pero yo perseveré, con la esperanza de que me<br />
permitiera utilizarlos con fines publicitarios. Uno murió antes de la madurez y otro<br />
pereció en una riña. Pero los otros doce sobrevivieron, cinco machos y siete<br />
hembras. Los alimentaba con zanahorias picadas, huevos hervidos y leche, y les<br />
tomé bastante afecto. Eran tontorrones, pero tiernos; y realmente hermosos. Sus<br />
escamas&#8230;<br />
Bueno, es una bobada describirlos. Las fotos publicitarias han circulado más que<br />
suficiente. Aunque, pensándolo bien, no sé si en Marte&#8230; Ah, también allí. Pues<br />
me alegro.<br />
Pero pasó mucho tiempo antes de que esas fotos pudieran impresionar al público,<br />
por no mencionar la visión directa de aquellas criaturas. Papá se mantuvo<br />
intransigente. Pasaron tres años. No tuvimos suerte con los cronoembudos.<br />
Nuestro único hallazgo no se repitió, pero papá no se daba por vencido.<br />
Cinco hembras pusieron huevos, y pronto tuve más de cincuenta criaturas en mis<br />
manos.<br />
-¿Qué hacemos con ellas? -pregunté.<br />
-Matarlas -contestó papá.<br />
Yo no podía hacer tal cosa, por supuesto.<br />
Henri, ¿está todo a punto? De acuerdo.<br />
Cuando sucedió, ya habíamos agotado nuestros recursos. Estábamos sin blanca.<br />
Yo lo había intentado por todas partes sin conseguir nada más que rechazos.<br />
Casi me alegraba, porque pensaba que así papá tendría que ceder. Pero él, firme<br />
ante la adversidad, preparó fríamente otro experimento.<br />
Le juro que si no hubiera ocurrido el accidente jamás habríamos encontrado la<br />
verdad. La humanidad habría quedado privada de una de sus mayores<br />
bendiciones.<br />
A veces ocurren cosas así. Perkin detecta un tinte rojo en la suciedad y descubre<br />
las tinturas de anilina. Remsen se lleva un dedo contaminado a los labios y<br />
descubre la sacarina. Goodyear deja caer una mixtura en la estufa y descubre el<br />
secreto de la vulcanización.<br />
En nuestro caso fue un dinosaurio joven que entró en el laboratorio. Eran tantos<br />
que yo no podía vigilarlos a todos.<br />
El dinosaurio atravesó dos puntos de contacto que estaban abiertos, justo allí,<br />
donde ahora está la placa que conmemora el acontecimiento. Estoy convencido<br />
de que ésa coincidencia no podría repetirse en mil años. Estalló un fogonazo y el<br />
cronoembudo que acabábamos de configurar desapareció en un arco iris de<br />
chispas.<br />
Ni siquiera entonces lo comprendimos. Sólo sabíamos que la criatura había<br />
provocado un cortocircuito, estropeando un equipo de cien mil dólares, y que<br />
estábamos en plena bancarrota. Lo único que podíamos mostrar era un dinosaurio<br />
achicharrado. Nosotros estábamos ligeramente chamuscados, pero el dinosaurio<br />
5<br />
recibió toda la concentración de energías de campo. Podíamos olerlo. El aire<br />
estaba saturado con su aroma. Papá y yo nos miramos atónitos. Lo recogí con un<br />
par de tenacillas. Estaba negro y calcinado por fuera; pero las escamas quemadas<br />
se desprendieron al tocarlas, arrancando la piel, y debajo de la quemadura había<br />
una carne blanca y firme que parecía pollo.<br />
No pude resistir la tentación de probarla, y se parecía a la del pollo tanto como<br />
Júpiter se parece a un asteroide.<br />
Me crea o no, con nuestra labor científica reducida a escombros, nos sentamos allí<br />
a disfrutar del exquisito manjar que era la carne de dinosaurio. Había partes<br />
quemadas y partes crudas, y estaba sin condimentar; pero no paramos hasta dejar<br />
limpios los huesos.<br />
-Papá -dije finalmente-, tenemos que criarlos sistemáticamente con propósitos<br />
alimentarios.<br />
Papá tuvo que aceptar. Estábamos totalmente arruinados.<br />
Obtuve un préstamo del banco cuando invité a su presidente a cenar y le serví<br />
dinosaurio.<br />
Nunca ha fallado. Nadie que haya saboreado lo que hoy llamamos «dinopollo» se<br />
conforma con los platos normales. Una comida sin dinopollo no es más que un<br />
alimento que ingerimos para sobrevivir. Sólo el dinopollo es comida.<br />
Nuestra familia aún posee la única bandada de dinopollos existente y seguimos<br />
siendo los únicos proveedores de la cadena mundial de restaurantes -la primera y<br />
más antigua- que ha crecido en torno de ellos.<br />
Pobre papá. Nunca fue feliz, salvo en esos momentos en que comía dinopollo.<br />
Continuó trabajando con los cronoembudos, al igual que muchos oportunistas que<br />
pronto se sumaron a las investigaciones, tal como él había previsto. Pero no se ha<br />
logrado nada hasta ahora; nada, excepto el dinopollo.<br />
Ah, Pierre, gracias. ¡Un trabajo superlativo! Ahora, caballero, permítame que lo<br />
trinche. Sin sal, y con apenas una pizca de salsa. Eso es&#8230; Ah, ésa es la expresión<br />
que siempre veo en la cara de un hombre que saborea este manjar por primera<br />
vez.<br />
La humanidad, agradecida, aportó cincuenta mil dólares para construir la estatua<br />
de la colina, pero ni siquiera ese tributo hizo feliz a papá.<br />
Él no veía más que la inscripción: «El hombre que proporcionó el dinopollo al<br />
mundo.»<br />
Y hasta el día de su muerte sólo deseó una cosa: hallar el secreto del viaje por el<br />
tiempo. Aunque fue un benefactor de la humanidad, murió sin satisfacer su<br />
curiosidad.</p>
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		<title>Tromba de Agua</title>
		<link>http://asimov.blogomundo.com/2007/05/11/tromba-de-agua/</link>
		<comments>http://asimov.blogomundo.com/2007/05/11/tromba-de-agua/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 11 May 2007 17:00:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hari Seldon</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Completos en la Web]]></category>

		<category><![CDATA[PDF]]></category>

		<category><![CDATA[Sin clasificar]]></category>

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		<description><![CDATA[Una nueva historia completa en la web&#8230;
Año: desconocido
Formato: Web y PDF
Páginas: 37
Enlace:  &#8220;Polvo Mortal&#8221;
Comienzo:
Stephen Demerest contempló la trama del cielo. Mantuvo la mirada fija en él y el
azul le pareció opaco y repugnante.
Incautamente, puso los ojos en el sol, pues nada vino a cubrirlo de manera
automática, y luego apartó la mirada a toda prisa, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una nueva historia completa en la web&#8230;</p>
<p><strong>Año:</strong> desconocido<br />
<strong>Formato:</strong> Web y PDF<br />
<strong>Páginas:</strong> 37<br />
<strong>Enlace: </strong> &#8220;<a href="http://asimov.blogomundo.com/relatos/ISAAC ASIMOV - Tromba De Agua.pdf">Polvo Mortal</a>&#8221;</p>
<p><strong>Comienzo:</strong></p>
<p>Stephen Demerest contempló la trama del cielo. Mantuvo la mirada fija en él y el<br />
azul le pareció opaco y repugnante.<br />
Incautamente, puso los ojos en el sol, pues nada vino a cubrirlo de manera<br />
automática, y luego apartó la mirada a toda prisa, presa de pánico. No había<br />
quedado ciego; sólo seguía viendo destellos. Incluso el sol era deslavazado.<br />
Involuntariamente, recordó la plegaria de Ayax en la Ilíada de Homero. Están<br />
luchando sobre el cuerpo de Patroclo en medio de la niebla, y Ayax dice:<br />
—Padre Zeus, salvad a los aqueos de esta bruma! ¡Despejad el cielo, permitidnos<br />
ver con nuestros ojos! ¡Matadnos a plena luz, si matamos os complace!&raquo;<br />
—Matadnos a plena luz&#8230;—, pensó Demerest.<br />
—Matadnos a plena luz en la Luna, donde el cielo es negro y suave, donde brillan<br />
resplandecientes las estrellas, donde la limpidez y pureza del vacío ponen de<br />
relieve el contorno de todas las cosas.<br />
&#8230;No bajo este azul algodonoso y pesado.<br />
Se estremeció. Un verdadero estremecimiento físico sacudió su cuerpo largo y<br />
delgado, y eso le molestó. Iba a morir. Estaba seguro de que así sería. Y,<br />
pensándolo bien, ello tampoco ocurriría bajo el azul, sino bajo el negro, pero un<br />
negro distinto.<br />
Como respondiendo a ese pensamiento, se le acercó el piloto del transbordador,<br />
bajo, moreno, de cabellos rizados, y le dijo:<br />
—¿Preparado para la oscuridad, señor Demerest?<br />
Demerest asintió. Su figura se alzaba muy por encima del otro, igual como le<br />
ocurría con la mayoría de los hombres de la Tierra. Éstos eran gruesos, sin<br />
excepción, y andaban con soltura, con sus pasos cortos y bajos. Él en cambio<br />
tenía que vigilar cada paso, guiarlos a través del aire; hasta el lazo impalpable que<br />
le mantenía pegado al suelo era compacto.<br />
—Estoy preparado —dijo. Inspiró profundamente y con gesto deliberado repitió su<br />
anterior mirada al sol. Colgaba bajo el cielo matutino, el aire polvoriento lo<br />
2<br />
empañaba, y tenía la seguridad de que no le cegaría. No creía poder volver a verlo<br />
jamás.<br />
<span id="more-15"></span><br />
Era la primera vez que veía un batiscafo. A pesar de todo, tenía tendencia a<br />
imaginarlo en términos de prototipos, un globo ovoide con una cabina esférica<br />
debajo. Era como si hubiera insistido en imaginar los vuelos espaciales en<br />
términos de toneladas de combustible convertidas en fuego y escupidas hacia<br />
atrás y un módulo irregular tanteando el camino, como una araña, en dirección a la<br />
superficie de la Luna.<br />
El batiscafo no se parecía en nada a la imagen de sus pensamientos. Tal vez bajo<br />
su envoltura siguiera ocultándose una bolsa flotante y una cabina, pero todo su<br />
aspecto era ahora de elaborada uniformidad.<br />
—Me llamo Javan —dijo el piloto del transbordador—. Omar Javan.<br />
—¿Javan?<br />
—¿Le parece extraño este nombre? Soy iraní de origen; terrícola por convicción.<br />
Una vez allí abajo, no existen las nacionalidades. —Sonrió y su tez pareció aún<br />
más morena y en contraste con la uniforme blancura de sus dientes—. Si le<br />
parece bien, saldremos dentro de un minuto. Será mi único pasajero; supongo,<br />
pues, que debe de llevar peso.<br />
—Sí —dijo secamente Demerest—. Al menos cincuenta kilos más de lo que estoy<br />
acostumbrado.<br />
—¿Es de la Luna? Ya me había parecido que caminaba de una manera rara. No<br />
será demasiado incómodo, espero.<br />
—No es exactamente cómodo, pero me las arreglo. Hacemos ejercicios para estos<br />
casos.<br />
—En fin, suba a bordo. —Se hizo a un lado y dejó pasar a Demerest, que bajó por<br />
la pasarela—. Personalmente no quisiera ir a la Luna.<br />
—Pero va a Profundidad del Océano.<br />
—He hecho unos cincuenta viajes hasta el momento. Es otra cosa.<br />
Demerest subió a bordo. La nave era estrecha, pero eso no le preocupó. Habría<br />
podido ser un módulo espacial, sólo que era más&#8230; bueno, más compacto. Otra<br />
vez esa palabra. Todo producía la clara impresión de que la masa no tenía<br />
importancia. La masa se sostenía en el aire; no era preciso levantarla.<br />
3<br />
Todavía estaban en la superficie. A través del grueso cristal transparente se<br />
divisaba el cielo azul, ahora verdoso.<br />
—No es necesario que se sujete al asiento —dijo Javan—. No hay aceleración.<br />
Todo el movimiento es suave como el aceite. No tardaremos mucho; apenas una<br />
hora. No puede fumar.<br />
—No fumo —dijo Demerest.<br />
—Esperó que no sufra usted claustrofobia.<br />
—Los habitantes de la Luna no tenemos claustrofobia.<br />
—Todo ese espacio&#8230;<br />
—No en nuestra caverna. Vivimos en&#8230; —intentó encontrar la expresión<br />
adecuada—, en un cráter lunar, a cien pies de profundidad.<br />
—¡Cien pies! —El piloto parecía divertido, pero no sonrió—. Ya estamos bajando.<br />
El interior de la cabina estaba organizado de forma angulosa, pero en uno que otro<br />
punto una sección de la pared situada detrás de los instrumentos revelaba su<br />
esfericidad fundamental. Javan accionaba los instrumentos como si fuesen una<br />
extensión de sus brazos; los ojos y las manos se movían ágilmente sobre ellos,<br />
casi con amor.<br />
—Todo ha sido comprobado —dijo—, pero me gusta echarle un último repaso<br />
final; allí abajo sufriremos una presión de cien atmósferas.<br />
Su dedo apretó un contacto y la puerta circular se cerró pesadamente hacia dentro<br />
y se aplastó oblicuamente contra el marco.<br />
—Cuanto mayor la presión, con más fuerza se cerrará —dijo Javan—. Déle la<br />
última mirada a la luz del sol, señor Demerest.<br />
La luz seguía brillando a través del grueso cristal de la ventana. Comenzaba a<br />
parpadear; el agua ya comenzaba a interponerse entre ellos y el sol.<br />
—¿La última mirada? —dijo Demerest.<br />
.Javan contuvo una risita.<br />
—No la última mirada. Me refiero, mientras dure el viaje&#8230; Supongo que no había<br />
estado nunca en un batiscafo.<br />
—No, no había estado. ¿Han estado muchos?<br />
4<br />
—Muy pocos —reconoció Javan—. Pero no se preocupe. Es sólo un globo<br />
subacuático. Hemos introducido un millón de mejoras desde que se construyó el<br />
primer batiscafo. Ahora se alimenta de energía nuclear y, dentro de ciertos límites,<br />
podemos desplazamos libremente, gracias al chorro de agua, pero una vez<br />
reducido a lo esencial, sigue siendo una cabina esférica bajo unos depósitos de<br />
flotación. Y un barco nodriza aún lo remolca hasta alta mar, pues la energía que<br />
transporta es demasiado preciosa para malgastarla en desplazamientos de<br />
superficie. ¿Preparado?<br />
—Preparado.<br />
El cable que les unía al buque nodriza se desprendió y el batiscafo se hundió un<br />
poco; luego más aún, a medida que el agua de mar iba llenando los depósitos de<br />
flotación. Se balanceó unos instantes, bajo el influjo de las corrientes de superficie,<br />
y luego, nada. El batiscafo fue hundiéndose lentamente, a través de un verde cada<br />
vez más intenso.<br />
Javan se relajó.<br />
—John Bergen es el jefe de Profundidad del Océano. ¿Va a visitarle a él? —<br />
preguntó.<br />
—Así es.<br />
—Es un buen tipo. Su esposa está allí con él.<br />
—¿Sí?<br />
—Oh, ya lo creo. Tienen mujeres ahí abajo. Son un buen grupo, cincuenta<br />
personas. Algunos permanecen allí durante seis meses.<br />
Demerest recorrió con el dedo la estrecha juntura, casi invisible que marcaba el<br />
lugar donde la puerta se unía a la pared. Lo retiró y se lo miró.<br />
—Se nota algo grasiento —dijo.<br />
—Es silicona. Siempre sale un poco por efecto de la presión. Sirve para&#8230; No se<br />
preocupe. Todo es automático. Todo es a prueba de error. A la primera señal de<br />
mal funcionamiento, cualquiera que sea, nos desprenderemos de nuestro lastre y<br />
saldremos a flote.<br />
—¿Quiere decir que nunca ha ocurrido nada con estos batiscafos?<br />
5<br />
—¿Qué puede ocurrir? —El piloto miró con extrañeza a su pasajero—. Una vez<br />
rebasada la profundidad donde pueden encontrarse ballenas espermáticas nada<br />
puede pasar.<br />
—¿Ballenas espermáticas? —El fino rostro de Demerest se contrajo en un gesto<br />
de preocupación.<br />
—Ya lo creo, se sumergen setecientos metros de profundidad. Si chocan contra<br />
un batiscafo&#8230; Bueno, las paredes de los depósitos de flotación no son<br />
particularmente resistentes. No tienen por qué serlo, ¿sabe? Están abiertas sobre<br />
el mar y cuando se comprime la gasolina, que hace de flotador, se llenan de agua<br />
de mar.<br />
Todo estaba oscuro ya. Demerest se encontró mirando fijamente por el ojo de<br />
buey. El interior de la cabina estaba iluminado, pero esa ventana estaba oscura. Y<br />
no era la oscuridad del espacio; era una oscuridad espesa.<br />
—Aclaremos bien las cosas, señor Javan —dijo vigorosamente Demerest—.Usted<br />
no está equipado para hacer frente al ataque de una ballena espermática.<br />
Seguramente tampoco estará equipado para hacer frente al ataque de un pulpo<br />
gigante. ¿Se han producido, de hecho, incidentes de este tipo?<br />
—Pues, verá&#8230;<br />
—Nada de bromas, por favor, y no me tome por un necio. Se lo pregunto por<br />
curiosidad profesional. Soy ingeniero-jefe de seguridad en Luna City y quiero<br />
saber qué precauciones puede tomar este batiscafo contra posibles colisiones con<br />
criaturas de gran tamaño.<br />
Javan parecía incómodo.<br />
—La verdad es que no ha habido incidentes —musitó.<br />
—¿Se cree que podrían producirse? ¿Aunque la probabilidad sea remota?<br />
—Todo es remotamente probable. Pero, en realidad, las ballenas espermáticas<br />
son demasiado inteligentes para ponerse a jugar con nosotros y los pulpos<br />
gigantes son demasiado asustadizos.<br />
—¿Pueden vernos?<br />
—Claro, naturalmente. El batiscafo está iluminado.<br />
—¿Llevamos focos?<br />
6<br />
—Ya hemos pasado la zona de los grandes animales, pero sí, los tenemos, y voy<br />
a encenderlos para que los vea.<br />
En el negro de la ventana de pronto apareció una tormenta de nieve, una tormenta<br />
de nieve en sentido inverso, con los copos cayendo hacia arriba. La negrura se<br />
había llenado de estrellas en alineación tridimensional y todas se desplazaban<br />
hacia arriba.<br />
—¿Qué es eso? —dijo Demerest.<br />
—Sólo porquería. Materia orgánica. Pequeñas criaturas. Flotan, se mueven poco y<br />
recogen la luz. Vamos bajando entre ellas. Por eso parece que suban.<br />
Demerest fue adaptando su sentido de perspectiva y dijo:<br />
—¿No estamos bajando demasiado aprisa?<br />
—No, no es demasiado aprisa. Si así fuera, podría emplear los motores nucleares,<br />
suponiendo que quisiera desperdiciar energía; o podría arrojar un lastre. Más<br />
adelante así lo haré, pero de momento todo va de maravilla. Respire tranquilo,<br />
señor Demerest. La nieve se hará menos densa a medida que descendamos y no<br />
es probable que veamos gran cosa en lo tocante a formas espectaculares de vida.<br />
Hay pequeños rapes y cosas por el estilo, pero nos esquivarán.<br />
—¿Cuántas personas suele transportar en un solo viaje? —preguntó Demerest.<br />
—He llevado hasta cuatro pasajeros en esta cabina, pero entonces resulta un<br />
poco estrecha. Podemos acoplar dos batiscafos y transportar diez personas, pero<br />
es engorroso. En realidad, necesitaríamos convoyes de transbordadores, más<br />
pesados en cuanto a los &laquo;nuquis&raquo;, o sea, los motores nucleares, y<br />
más ligeros en lo tocante a flotadores. Hay diseños de este tipo en proyecto,<br />
según me han dicho. Claro que hace años que vienen diciéndome lo mismo.<br />
—Luego, ¿se prevé una gran expansión de Profundidad del Océano?<br />
—Ya lo creo, ¿por qué no? Hemos construido ciudades en plataformas<br />
continentales, ¿por qué no en el fondo del océano? En mi opinión, señor<br />
Demerest, el hombre irá y debe ir dondequiera que pueda llegar. La Tierra nos ha<br />
sido dada para poblarla, y la poblaremos. Lo único que necesitamos para que el<br />
fondo del mar sea habitable son escafandras perfectamente manejables. Las<br />
cámaras de flotación nos frenan, nos hacen más vulnerables, y complican la<br />
técnica de construcción.<br />
—Pero también les protegen, ¿no le parece? Si todo fallase de golpe, la gasolina<br />
que transportan aún les sacaría a flote. ¿Cómo se las arreglaría si le fallasen los<br />
motores nucleares y no contara con cámaras dé flotación?<br />
7<br />
—Si vamos a preocupamos por eso, le diré que es imposible pretender eliminar<br />
todas las probabilidades de que se produzca un accidente, aun tratándose de<br />
accidentes fatales.<br />
—Lo sé perfectamente—dijo Demerest con sentimiento.<br />
Javan se puso serio. Su voz cambió de tono.<br />
—Lo siento. Lo he dicho sin la menor intención. Lamento lo de ese accidente.<br />
—Ya —dijo Demerest. Quince hombres y cinco mujeres habían muerto. Uno de<br />
los individuos que figuraba en la lista de los &laquo;hombres&raquo; tenía catorce<br />
años. El accidente había sido atribuido finalmente a un fallo humano. ¿Qué podía<br />
decir a eso un ingeniero-jefe de seguridad?<br />
— Sí—dijo.<br />
Una mortaja se interpuso entre los dos hombres, una mortaja tan gruesa y<br />
abultada como el agua de mar comprimida del exterior. ¿Cómo prever el pánico y<br />
la distracción y la depresión, todo a la vez? Podían darse &laquo;lapsos<br />
lunáticos&raquo; —un nombre absurdo—, pero los hombres los sufrían en<br />
momentos poco oportunos. No siempre se advertía la proximidad de un<br />
&laquo;lapso lunático&raquo;, pero éstos causaban sopor, y disminuían la<br />
capacidad de reacción de las personas.<br />
¿Cuántas veces había caído un meteorito y había sido esquivado o se había<br />
conseguido frenarlo o se había podido absorber el golpe sin problemas? ¿Cuántas<br />
veces se habían producido perjudiciales temblores del suelo lunar y había sido<br />
posible controlarlos? ¿Cuántas veces se había recuperado un fallo humano y,<br />
había sido posible compensarlo? ¿Cuántas veces no habían ocurrido diversos<br />
accidentes?<br />
Pero los accidentes que no llegan a ocurrir no cuentan. Se habían producido<br />
veinte muertes&#8230;<br />
—¡Se ven las luces de Profundidad del Océano! —exclamó Javan. (¿Cuántos<br />
minutos más tarde?)<br />
Al principio, Demerest no logró distinguirlas. No sabía hacia dónde debía mirar. En<br />
dos ocasiones anteriores, criaturas relucientes habían chispeado a lo lejos, a<br />
través de la ventana, para desaparecer luego con la luz de los focos, y Demerest<br />
las había tomado por las primeras señales de Profundidad del Océano. Ahora no<br />
veía nada.<br />
8<br />
—Ahí abajo —dijo Javan, sin indicar la dirección. Estaba atareado en ese<br />
momento, ocupado en frenar la caída y ajustar lateralmente el rumbo del batiscafo.<br />
Demerest podía oír el lejano murmullo de los chorros de agua, impulsados a<br />
vapor, con el vapor que formaba el calor de momentáneos estallidos de energía<br />
atómica.<br />
&laquo;Se alimentan de deuterio —pensó vagamente Demerest—, y están<br />
rodeados de él por todas partes. Su producto de desecho es el agua y les rodea<br />
por todas partes.&raquo;<br />
Javan había arrojado también parte de su lastre e inició una especie de distante<br />
cháchara.<br />
—Antes solían emplearse trocitos de acero como lastre y se dejaban caer por<br />
medio de controles electromagnéticos. En cada viaje se utilizaban cantidades de<br />
hasta cincuenta toneladas. Los conservacionistas comenzaron a preocuparse<br />
porque el fondo del océano se estaba llenando de acero en proceso de oxidación,<br />
conque lo sustituyeron por nódulos de metal incrustados en las rocas que se<br />
recogen desde la plataforma continental. Los recubrimos de una pequeña capa de<br />
hierro a fin de poder manipularlos electromagnéticamente y evitar que en el fondo<br />
del océano se deposite algo que no sea suboceánico para empezar. Además,<br />
también resulta más barato&#8230; Pero cuando tengamos batiscafos nucleares de<br />
verdad, no necesitaremos ningún tipo de lastre.<br />
Demerest casi no le oía. Ahora se divisaba Profundidad del Océano. Javan había<br />
encendido sus faros, y bastante más abajo se extendía el fondo fangoso de la<br />
Fosa de Puerto Rico. Allí se alzaba, como un montón de perlas igualmente<br />
fangosas, el conglomerado esférico de Profundidad del Océano.<br />
Cada unidad era una esfera igual a aquella en la que Demerest se iba hundiendo<br />
ahora hasta tocar puerto, aunque mucho más grande, y a medida que Profundidad<br />
del Océano se hacía más, y más, y más grande, iban sumándose nuevas esferas.<br />
&laquo;Están a menos de ocho kilómetros de sus casas, no a trescientos<br />
cincuenta mil&raquo;, pensó Demerest.<br />
—¿Cómo nos las arreglaremos para entrar? —preguntó Demerest.<br />
El batiscafo había tocado puerto. Demerest había oído el ruido apagado del metal<br />
al chocar contra metal pero luego habían transcurrido varios minutos sin que se<br />
oyera nada más que una especie de rasguido ocasional mientras Javan<br />
permanecía inclinado sobre sus instrumentos sumido en una profunda<br />
concentración.<br />
9<br />
—Eso no debe preocuparle —dijo al fin Javan, respondiendo con retraso a su<br />
pregunta—. No hay ningún problema. Esta dilación se debe sólo a que he tenido<br />
que asegurarme de que el ajuste fuera perfecto. Una juntura electromagnética se<br />
adhiere a todos los puntos formando un círculo perfecto. Si la información de los<br />
instrumentos es correcta, ello indica que estamos situados justo sobre la puerta de<br />
entrada.<br />
—¿Y entonces ésta se abre?<br />
—Lo haría si al otro lado hubiera aire, pero no lo hay. Está lleno de agua de mar y<br />
primero es preciso sacarla. Luego entraremos.<br />
Demerest no echó ese detalle en saco roto. Había acudido allí ese día, el último<br />
de su vida, para encontrarle un sentido a esa misma vida y estaba decidido a no<br />
perderse detalle.<br />
—¿A qué obedece esa medida adicional? —preguntó—. ¿Por qué no mantener la<br />
cámara de aire, suponiendo que sea eso, como tal, y tenerla siempre llena de<br />
aire?<br />
—Tengo entendido que es por razones de seguridad —dijo Javan—. Ésa es su<br />
especialidad. El tabique intermedio recibe siempre la misma presión por ambos<br />
lados, excepto cuando lo está cruzando alguien. Esta puerta es el punto más débil<br />
de todo el sistema, puesto que se abre y se cierra; tiene junturas; tiene rebordes.<br />
¿Sabe a qué me refiero?<br />
—Lo sé —murmuró Demerest. Ahí había un punto flaco, lo cual significaba un<br />
posible resquicio por el cual&#8230; pero lo mejor sería aguardar.<br />
—¿A qué esperamos ahora? —dijo.<br />
—Están vaciando la cámara, expulsando fuera el agua.<br />
—A base de aire.<br />
—Cielos, no. No pueden permitirse desperdiciar el aire de esta forma. Se<br />
necesitarían mil atmósferas para vaciar el agua que contiene esa cámara y la<br />
cantidad de aire necesario para llenarla a esa densidad, aunque sea<br />
momentáneamente, es más de lo que pueden permitirse utilizar. El agua se<br />
desplaza con vapor.<br />
—Claro. Naturalmente.<br />
—Se calienta el agua —dijo alegremente Javan—. Toda la presión del mundo es<br />
incapaz de impedir que el agua se convierta en vapor cuando alcanza una<br />
10<br />
temperatura superior a los 374 &deg;C. Y el vapor expulsa el agua a través de una<br />
válvula unidireccional.<br />
—Otro punto débil —dijo Demerest.<br />
—Supongo que sí. Pero de momento nunca ha fallado. Ahora están expulsando el<br />
agua de la cámara. Cuando comienza a borbotear el vapor por la válvula, se<br />
interrumpe automáticamente el proceso y la cámara queda llena de vapor<br />
sobrecalentado.<br />
—¿Y después?<br />
—Y después disponemos de todo un océano para enfriarlo. Disminuye la<br />
temperatura y el vapor se condensa. Una vez llegados a este punto, se puede<br />
empezar a llenar de aire corriente a una presión de una atmósfera y entonces se<br />
abre la puerta.<br />
—¿Cuánto rato tendremos que esperar?<br />
—No mucho. Si fallara cualquier cosa, se oirían sonar las sirenas. Al menos, eso<br />
dicen. Nunca he oído una en acción.<br />
Siguieron unos minutos de silencio y luego, de pronto, se oyó un agudo estallido<br />
acompañado de una sacudida simultanea.<br />
—Lo siento —dijo Javan—, debí habérselo advertido. Estoy tan acostumbrado que<br />
se me ha olvidado. Cuando se abre la puerta, una presión de mil atmósferas en el<br />
otro extremo nos empuja con fuerza contra la superficie metálica de Profundidad<br />
del Océano. No existe una fuerza electromagnética capaz de retenernos con el<br />
vigor suficiente para impedir este último choque de una centésima de pulgada.<br />
Demerest aflojó la mano que tenía cerrada y exhaló un suspiro.<br />
—¿Todo en orden? —dijo.<br />
—No se han agrietado las paredes, si se refiere a eso. Aunque, desde luego,<br />
suena como el fin del mundo, ¿verdad? El ruido aún es peor cuando tengo que<br />
marcharme y vuelve a llenarse la cámara de aire. Prepárese.<br />
Pero, de pronto, Demerest había empezado a cansarse de esa situación.<br />
&laquo;Acabemos de una vez —se dijo—. No quiero alargarlo más&raquo;.<br />
—¿Vamos a entrar ahora? —preguntó.<br />
—Ahora entraremos.<br />
11<br />
La abertura en la pared del batiscafo era pequeña y circular; más reducida aún<br />
que aquella por la cual habían entrado antes. Javan la cruzó sinuosamente,<br />
murmurando que siempre le hacía sentirse como el corcho de una botella.<br />
Demerest no había sonreído desde su entrada en el batiscafo. Y tampoco podía<br />
decirse que realmente sonriera en ese momento, pero torció una comisura de la<br />
boca pensando que un flacucho habitante de la Luna no tendría problemas para<br />
pasar por allí.<br />
Atravesó la abertura a su vez y notó que las manos de Javan le agarraban<br />
firmemente por la cintura, para ayudarle a pasar.<br />
—Aquí no hay luz —dijo Javan—. No tendría sentido introducir otro punto<br />
vulnerable tendiendo cables para la iluminación. Pero para eso se inventaron las<br />
linternas.<br />
Demerest se encontró en un pasillo perforado, cuya superficie de metal inoxidable<br />
relucía con un brillo apagado. Y a través de las perforaciones logró distinguir la<br />
superficie temblorosa del agua.<br />
—La cámara no está vacía —dijo.<br />
—No puede conseguirse nada mejor, señor Demerest. Si se vacía la cámara a<br />
base de vapor, luego queda ese vapor, y para obtener la presión necesaria para<br />
vaciarla ese vapor debe quedar comprimido hasta aproximadamente un tercio de<br />
la densidad del agua líquida. Cuando se condensa, una tercera parte de la cámara<br />
queda llena de agua, pero tiene una presión de una atmósfera solamente&#8230;<br />
Vamos, señor Demerest.<br />
El rostro de John Bergen no era totalmente desconocido para Demerest. En el<br />
acto lo reconoció. Como director de Profundidad del Océano desde hacía diez<br />
años, Bergen era una cara habitual en las pantallas de televisión de la Tierra, tan<br />
habitual como las de los dirigentes de Luna City.<br />
Demerest había visto la imagen del director de Profundidad del Océano en dos y<br />
también en tres dimensiones, en blanco y negro y en color. El hecho de verle<br />
ahora en persona no varió mucho su impresión.<br />
Al igual que Javan, Bergen era bajo y de figura gruesa; con una estructura opuesta<br />
a la pauta fisiológica tradicional (¿ya tradicional?) en la Luna. Era bastante más<br />
rubio que Javan y tenía las facciones visiblemente asimétricas, con la nariz un<br />
poco gruesa ligeramente torcida hacia la derecha.<br />
12<br />
No era bien parecido. Ningún habitante de la Luna le habría considerado apuesto,<br />
pero entonces Bergen sonrió y el gesto con que le alargó la gran manaza tenía<br />
algo risueño también.<br />
Demerest depositó su propia mano delgada en el hueco de la que le tendían y se<br />
dispuso a recibir un fuerte apretón, pero éste no llegó. Bergen estrechó<br />
ligeramente la mano y la soltó.<br />
—Me alegra que haya venido —dijo—. No disponemos de grandes lujos, nada que<br />
pueda hacer notoria nuestra hospitalidad, ni siquiera podemos declarar un día de<br />
fiesta en su honor, pero el espíritu está ahí. ¡Bienvenido!<br />
—Gracias —dijo suavemente Demerest. Y continuó sin sonreír, aun después de<br />
eso. Estaba ante un enemigo y lo sabía. Seguro que Bergen también debía de<br />
saberlo y, en ese caso, esa sonrisa que esbozaba resultaba hipócrita.<br />
Y en ese momento se oyó un choque ensordecedor de metal contra metal y la<br />
cámara se estremeció. Demerest brincó hacia atrás y se apoyó vacilante contra la<br />
pared.<br />
Bergen no se inmutó.<br />
—Ha sido el batiscafo al despegar —dijo con voz calmada— y el golpe del agua<br />
que comienza a llenar la cámara de aire. Javan debió de advertírselo.<br />
Demerest, jadeante, intentaba calmar los latidos de su agitado corazón.<br />
—Javan me lo había advertido —dijo—. Pero aun así me ha cogido por sorpresa.<br />
—Bueno, no volverá a repetirse por algún tiempo —dijo Bergen—. No recibimos<br />
demasiadas visitas, sabe. No estamos equipados para ello, conque nos quitamos<br />
de encima a todos esos tipos importantes que creen que un viajecito hasta aquí<br />
abajo podría beneficiarles en sus carreras. Toda clase de políticos, principalmente.<br />
Claro que su caso particular es distinto.<br />
Demerest se preguntó si era realmente distinto. Le había costado bastante<br />
conseguir el permiso para desplazarse ahí abajo. Sus superiores en Luna City no<br />
aprobaban el viaje, para empezar, y habían descartado desdeñosamente la idea<br />
de que un intercambio diplomático pudiera ser de alguna utilidad.<br />
(&laquo;Intercambio diplomático&raquo;, así lo habían llamado.) Y después de<br />
vencer su resistencia, había tenido que hacer frente a la reticencia de Profundidad<br />
del Océano.<br />
Su presente visita sólo había sido posible a fuerza de pura y simple persistencia.<br />
¿En qué sentido era distinto, pues, el caso particular de Demerest?<br />
13<br />
—Supongo que en Luna City también tendrán sus problemas de relaciones<br />
públicas —comentó Bergen.<br />
—Muy pocos —dijo Demerest—. La idea de un viaje de setecientos mil kilómetros,<br />
ida y vuelta, no suele entusiasmar. a sus políticos como cuando se trata de hacer<br />
una excursión de quince kilómetros.<br />
—No me extraña —convino Bergen— y es más caro desplazarse hasta la Luna,<br />
naturalmente&#8230; En cierto modo, éste es el primer encuentro del espacio interior y<br />
el espacio exterior. Que yo sepa, ningún hombre de los Océanos ha visitado jamás<br />
la Luna, y usted es el primer habitante de la Luna que visita cualquier tipo de base<br />
submarina. Ningún habitante de la Luna ha visitado ni tan sólo algunos de los<br />
centros de población de plataforma continental.<br />
—Luego se trata de un encuentro histórico —dijo Demerest, y procuró que el<br />
sarcasmo no se trasluciera en su voz.<br />
Si algo llegó a filtrarse, Bergen no dio señales de haberlo percibido. Se arremangó<br />
como para remarcar su actitud informal (¿o el hecho de que estaban muy<br />
atareados y, por tanto, no dispondría de mucho tiempo para visitas?) y dijo:<br />
—¿Quiere café? Supongo que habrá comido. ¿Prefiere descansar un poco antes<br />
de que le muestre el lugar? Por cierto, ¿quiere lavarse las manos, como se dice<br />
eufemísticamente?<br />
Por un instante, Demerest sintió un aguijonazo de curiosidad; aunque no una<br />
curiosidad totalmente sin objeto. Todas las cuestiones relativas a los contactos de<br />
Profundidad del Océano con el mundo exterior podían ser importantes.<br />
—¿Cómo tienen resuelto el problema de los servicios sanitarios? —preguntó.<br />
—Reciclamos la mayor parte; lo mismo deben de hacer en la Luna, supongo.<br />
Podemos arrojar los desechos si queremos o si es imprescindible. El hombre tiene<br />
mala fama por lo que a ensuciar el medio ambiente se refiere, pero que ya somos<br />
la. única estación submarina, nuestros desechos no pueden causar ningún daño<br />
perceptible. Sólo añaden algo de materia orgánica —concluyó, riéndose.<br />
Demerest también archivó ese dato. Arrojaban los desechos; luego debía de haber<br />
tubos de desecho. Su funcionamiento podría ser de interés y, en su condición de<br />
ingeniero especializado en seguridad, tenía derecho a mostrarse interesado.<br />
—No —dijo—. No necesito nada por el momento. Si usted está ocupado&#8230;<br />
—No hay problema. Siempre tenemos trabajo, pero yo soy el menos ocupado de<br />
todos, usted ya me entiende. Creo que lo mejor será que le enseñe el lugar.<br />
14<br />
Contamos con más de cincuenta unidades, cada una del tamaño de ésta donde<br />
nos encontramos ahora; algunas son aún más grandes&#8230;<br />
Demerest miró a su alrededor. También allí, al igual que en el batiscafo, se veían<br />
ángulos por todos lados, pero detrás de los muebles y los aparatos se adivinaban<br />
rastros de la inevitable pared exterior esférica. ¡Cincuenta unidades como ésa!<br />
—Las hemos ido construyendo gracias a los esfuerzos de más de una generación<br />
—siguió diciendo Bergen—. La unidad dónde ahora nos encontramos es, de<br />
hecho, la más antigua y se ha considerado la posibilidad de desmontarla y<br />
sustituirla por otra. Algunos de los hombres opinan que ya estamos en condiciones<br />
de construir una segunda generación de módulos, pero yo tengo mis dudas.<br />
Representaría un gran gasto, pues todo es caro aquí abajo, y sacarle dinero al<br />
Consejo del Proyecto Planetario resulta siempre una experiencia deprimente.<br />
Demerest notó que le palpitaban, involuntariamente, las alas de la nariz, y un<br />
espasmo de ira recorrió su cuerpo. Era un golpe bajo, sin duda. Bergen tenía que<br />
conocer perfectamente las miserables experiencias de Luna City con el CPP.<br />
Pero Bergen siguió hablando, indiferente.<br />
—Además, soy tradicionalista; un poco al menos. Éste es, el primer módulo<br />
submarino de gran profundidad que se construyó. Las dos primeras personas que<br />
pasaron una noche en el fondo de una fosa oceánica durmieron aquí; no tenían<br />
más que esta esfera desnuda y un miserable equipo portátil de fusión para<br />
accionar el escotillón de emergencia. Me refiero a la cámara de aire, pero al<br />
principio la denominamos escotillón de salida&#8230; y apenas los controles necesarios<br />
para ese fin. Reguera y Tremont, así se llamaban esos hombres. Y nunca<br />
llegaron, a hacer un segundo viaje al fondo; después de eso permanecieron<br />
siempre en la cara exterior. En fin, cumplieron su cometido y los dos han muerto<br />
ya. Y aquí nos tiene con cincuenta personas y períodos de seis meses de servicio<br />
como norma habitual. Sólo he pasado dos semanas en la cara exterior en los<br />
últimos dieciocho meses.<br />
Hizo un gesto vigoroso para indicar a Demerest que le siguiera, abrió una puerta<br />
corredera que se deslizó suavemente en una hendedura y le hizo pasar al módulo<br />
siguiente. Demerest se detuvo a examinar la abertura. No logró detectar ninguna<br />
juntura entre los módulos adyacentes.<br />
Bergen advirtió que el otro se había detenido y dijo:<br />
—Cuando añadimos nuevos módulos, los soldamos a presión hasta obtener el<br />
equivalente de una sola pieza de metal y luego los reforzamos. Sin duda<br />
comprenderá que no podemos correr riesgos; tengo entendido que es ingenierojefe<br />
de seguridad&#8230;<br />
15<br />
Demerest le cortó en seco.<br />
—Sí —dijo—. En la Luna admiramos su historial en materia de seguridad.<br />
Bergen se encogió de hombros.<br />
—Hemos tenido suerte. Por cierto que sentimos ese desgraciado percance que<br />
sufrieron. Me refiero a ese metal&#8230;<br />
Demerest le interrumpió otra vez.<br />
—Sí.<br />
O bien Bergen era un hombre voluble por naturaleza, decidió el habitante de la<br />
Luna, o bien tenía unos enormes deseos de ahogarle en palabras y deshacerse<br />
pronto de él.<br />
—Los módulos —dijo Bergen— están distribuidos en una cadena muy<br />
ramificada&#8230; tridimensional, en realidad. Tenemos un mapa que puedo mostrarle,<br />
si le interesa. La mayor parte de los módulos situados en los extremos son<br />
dependencias destinadas a dormitorio-sala de estar. Para tener cierta intimidad,<br />
¿comprende? Los módulos donde se trabaja suelen servir al mismo tiempo de<br />
pasillos, lo cual representa una de las molestias de tener que vivir aquí abajo.<br />
&raquo;Ésta es nuestra biblioteca; bueno, al menos parte de ella. No es grande,<br />
pero incluye también nuestros archivos, en microfilms cuidadosamente<br />
clasificados y computados, conque no sólo es la más grande del mundo en su<br />
categoría, sino también la mejor y la única existente en su género. Y tenemos una<br />
computadora especialmente diseñada para manipular las referencias, de forma<br />
que cubran exactamente nuestras necesidades. Archiva, selecciona, coordina,<br />
valora, y luego nos ofrece lo esencial.<br />
&raquo;Además, tenemos otra biblioteca, películas de libros e incluso algunos<br />
volúmenes impresos. Pero ésos son para los ratos de ocio.<br />
Una voz interrumpió la cordial cháchara de Bergen.<br />
—¿John? ¿Puedo interrumpirte?<br />
Demerest se sobresaltó; la voz había sonado a sus espaldas.<br />
—¡Annette! —exclamó Bergen—. Ahora iba a llamarte. Te presentó a Stephen<br />
Demerest de Luna City. Señor Demerest, ¿permite que le presente a mi esposa<br />
Annette?<br />
Demerest. se había vuelto a mirarla.<br />
16<br />
—Encantado de conocerla, señora Bergen —dijo en tono envarado y algo<br />
mecánico. Pero tenía los ojos fijos en su talle.<br />
Annette Bergen aparentaba poco más de treinta años. Llevaba los cabellos<br />
castaños peinados con sencillez y no lucía maquillaje. Era atractiva, aunque no<br />
hermosa, observó Demerest distraído. Pero no lograba apartar los ojos de ese<br />
talle.<br />
Ella se encogió ligeramente de hombros.<br />
—Sí, estoy encinta, señor Demerest. Me faltan unos dos meses para salir de<br />
cuenta.<br />
—Usted perdone —murmuró Demerest—. Esta falta de delicadeza&#8230; no era mi<br />
intención&#8230; —Sus palabras se perdieron en un murmullo y se quedó como si el<br />
golpe recibido hubiera sido físico. No había esperado encontrar mujeres, aunque<br />
no sabía por qué. Sabía que tendría que haber mujeres en Profundidad del<br />
Océano. Y el piloto del transbordador le había dicho que Bergen estaba con su<br />
esposa.<br />
—¿Cuántas mujeres hay en Profundidad del Océano, señor Bergen? —preguntó<br />
tartamudeando.<br />
—Actualmente, nueve —dijo Bergen—. Todas son esposas. Esperamos que<br />
llegue un momento en que podamos contar con una relación normal de uno a uno,<br />
pero aún tenemos que dar prioridad a los trabajadores e investigadores, y a<br />
menos que las mujeres posean algún tipo de cualificaciones: destacadas&#8230;<br />
—Todas tienen algún tipo de cualificaciones destacadas, querido —dijo la señora<br />
Bergen—. Los hombres podrían prestar períodos de servicio más largos si&#8230;<br />
—Mi mujer es una feminista convencida —dijo Bergen riendo—, pero no por eso<br />
deja de recurrir al subterfugio del sexo para imponer, la igualdad. No me canso de<br />
decirle que ese proceder es femenino, no feminista, y ella siempre me remite&#8230;<br />
Bueno, ésa es la razón de que esté encinta. ¿Usted diría que es amor, sexomanía,<br />
instintos maternales? Nada de eso. Va a tener un bebé aquí abajo para marcarse<br />
un tanto filosófico.<br />
—¿Por qué no? —dijo fríamente Annette—. O esto llega ser un hogar para la<br />
humanidad o simplemente no será. Y si lo es, entonces tendremos hijos aquí, eso<br />
es todo. Quiero que mi hijo nazca en Profundidad del Océano. ¿Hay niños nacidos<br />
en Luna City, verdad Señor Demerest?<br />
Demerest respiró hondo.<br />
—Yo nací en Luna City, señora Bergen.<br />
17<br />
—Y ella, desde luego, ya lo sabía —musitó Bergen.<br />
—Y creo que ya va rondando los treinta, ¿no? —dijo ella.<br />
—Tengo veintinueve años —respondió Demerest.<br />
—Y también sabía eso, desde luego —dijo Bergen con una risita cortada—. Puede<br />
apostar a que consultó todos los datos posibles sobre su persona en cuanto tuvo<br />
noticia de su visita.<br />
—Eso no viene al caso ahora —dijo Annette—. Lo importante es que desde hace<br />
veintinueve años por lo menos están naciendo niños en Luna City, y en<br />
Profundidad del Océano no ha nacido ninguno todavía.<br />
—Luna City lleva más tiempo de existencia, cariño —dijo Bergen—. ¿Tiene más<br />
de medio siglo, y nosotros aún no hemos cumplido veinte anos.<br />
—Veinte años es un periodo suficiente. La gestación de un bebé dura nueve<br />
meses.<br />
—¿Hay niños en Profundidad del Océano? —intervino Demerest.<br />
—No —dijo Bergen—. No. Pero algún día los habrá.<br />
—Dentro de dos meses, desde luego —dijo Annette Bergen sin vacilación.<br />
La tensión se iba acumulando en Demerest. Le alegró poder sentarse y aceptó<br />
complacido una taza de café cuando regresaron al módulo donde le había recibido<br />
Bergen al llegar.<br />
—No tardaremos en comer —dijo Bergen, yendo al grano—. Espero que no le<br />
importará sentarse aquí un rato mientras esperamos. Este primer módulo no se<br />
usa para gran cosa, excepto para la recepción de naves, como es lógico, un<br />
acontecimiento que no creo que nos interrumpa durante cierto. Podemos hablar, si<br />
quiere.<br />
—Eso quiero —dijo—Demerest.<br />
—Supongo que no les molestará mi presencia —dijo Annette.<br />
Demerest la miró dubitativo, pero Bergen le dijo:<br />
—Tendrá que acceder. Siente fascinación por usted y por todos los habitantes de<br />
la Luna en general. Cree que son&#8230;, bueno&#8230;, cree que son una nueva raza, y<br />
18<br />
tengo la impresión de que cuando se harte de ser una mujer de las profundidades<br />
querrá ser habitante de la Luna.<br />
—Sólo quisiera aprovechar la oportunidad para hacer una pequeña observación,<br />
John, y cuando la haya hecho me gustará oír la opinión del señor Demerest. ¿Qué<br />
opina de nosotros, señor Demerest?<br />
—Solicité venir aquí, señora Bergen —dijo cautelosamente Demerest—, porque<br />
soy ingeniero especializado en cuestiones de seguridad. Profundidad del Océano<br />
posee un historial envidiable en esta materia&#8230;<br />
—Ni un solo accidente en casi veinte años —dijo Bergen con entusiasmo—. Sólo<br />
una muerte por accidente en las poblaciones de la plataforma continental, y<br />
ninguno en los traslados, ya sea por submarino o en batiscafo. Sin embargo, me<br />
gustaría poder afirmar que ello es gracias a nuestra prudencia o nuestra cautela.<br />
Hacemos lo que podemos, desde luego pero hemos tenido suerte&#8230;<br />
—John —le interrumpió Annette—, me gustaría tanto que dejaras hablar al señor<br />
Demerest.<br />
—Como ingeniero especializado en seguridad —dijo Demerest—, no puedo<br />
permitirme el lujo de confiar en la suerte. En Luna City no podemos parar los<br />
temblores de tierra ni detener los grandes metéoritos pero nuestro diseño está<br />
pensado para minimizar inclusos los efectos de estos incidentes. Los fallos<br />
humanos no tienen excusa, o no debieran de tenerla. En Luna City no hemos<br />
conseguido evitarlos; nuestro historial reciente ha sido —bajó la voz— malo.<br />
Aunque todos sabemos que los seres humanos son imperfectos, las máquinas<br />
deberían estar diseñadas teniendo, en cuenta esa imperfección. Perdimos veinte<br />
hombres y mujeres&#8230;<br />
—Lo sé. Pero Luna City tiene una población de casi un millar de personas, ¿no?<br />
Su supervivencia no está en peligro.<br />
—La población de Luna City suma novecientos setenta y dos habitantes, incluido<br />
yo mismo, pero nuestra supervivencia está en peligro. Dependemos de la Tierra<br />
para nuestros suministros esenciales. Y no tiene por qué ser así; ya no sería así si<br />
el Consejo del Proyecto Planetario fuera capaz de resistir a la tentación de crear<br />
economías dependientes&#8230;<br />
—En eso, al menos, somos del mismo parecer, señor Demerest —dijo Bergen—.<br />
Nosotros tampoco somos autosufcientes, y podríamos serlo. Más aún, no<br />
podremos desarrollarnos mucho más allá de nuestro presente nivel si no se<br />
construyen batiscafos nucleares. Mientras sigamos funcionando en base a ese<br />
principio de flotación, nuestras posibilidades serán siempre limitadas. El transporte<br />
entre Profundidad y la cara exterior es lento; es lento para los hombres y más aún<br />
cuando se trata de material y suministros. Señor Demerest, he estado insistiendo<br />
para que se nos conceda&#8230;<br />
19<br />
—Sí, y ahora lo tendrán, señor Bergen, ¿verdad?<br />
—Eso espero; pero, ¿por qué está tan seguro?<br />
—No nos engañemos, señor Bergen. Usted sabe perfectamente que la Tierra está<br />
obligada a dedicar una cantidad determinada de dinero a proyectos de expansión,<br />
a programas destinados a ampliar el hábitat humano, y esa cantidad no es<br />
excesivamente grande. La población de la Tierra no va a prodigar recursos en un<br />
esfuerzo de expender el espacio exterior o interior si considera que ello redundará<br />
en perjuicio de la comodidad y confort de su hábitat fundamental, la superficie<br />
terrestre del planeta.<br />
Annette intervino en la conversación.<br />
—Lo dice como si fuese una crueldad por parte de los habitantes de la Tierra,<br />
señor Demerest, y eso no es justo. ¿No le parece que simplemente es humano<br />
desear estar seguro? La Tierra está superpoblada y sólo va recuperándose<br />
lentamente del desastre que causó en el planeta el Alocado Siglo Veinte. Es<br />
evidente que lo primero debe ser el hogar ancestral del hombre, con prioridad<br />
frente a Luna City o Profundidad del Océano. Cielos, Profundidad del Océano es<br />
casi un hogar para mí, pero no puedo desear su crecimiento a expensas de la<br />
superficie terrestre del planeta.<br />
—No se trata de una disyuntiva, señora Bergen —dijo Demerest muy serio—. Una<br />
explotación, firme, honrada e inteligente del océano y el espacio exterior sólo<br />
puede redundar en provecho de la Tierra. Una pequeña inversión se perderá, pero<br />
una gran inversión se amortizará con los beneficios obtenidos.<br />
Bergen levantó la mano.<br />
—Sí, lo sé. No tiene que convencerme de eso. Está intentando convertir al<br />
converso. Vamos a comer. Voy a decirle una cosa. Comeremos aquí. Si acepta<br />
pasar la noche aquí, o incluso varios días si lo prefiere, por nosotros, encantados;<br />
ya tendrá ocasión de conocer a todo el mundo. Pero tal vez prefiera tomárselo con<br />
calma para empezar.<br />
—Eso desde luego —dijo Demerest—. En realidad, me gustaría quedarme aquí&#8230;<br />
Por cierto, quisiera preguntarle por qué he visto tan pocas personas en los<br />
módulos.<br />
—No es ningún secreto —dijo cordialmente Bergen—. En cualquier momento del<br />
día, quince de nuestros hombres se encuentran durmiendo y alrededor de otros<br />
quince están viendo películas o jugando al ajedrez o, si tienen con ellos a sus<br />
esposas&#8230;<br />
—Sí, John—dijo Annette.<br />
20<br />
—&#8230;Y no solemos molestarlos. El espacio es limitado y los hombres aprecian, toda<br />
la intimidad, que pueden conseguir. Unos cuantos están en el mar; ahora mismo<br />
creo que son trés. Nos quedan, pues, alrededor de una docena que están<br />
trabajando aquí y ya, los ha visto.<br />
—Voy a servir la comida —dijo Annette y se levantó.<br />
Sonrió y cruzó el umbral de la puerta, que se cerraba automáticamente a sus<br />
espaldas.<br />
Bergen la siguió con la mirada.<br />
—Es una concesión. Está haciendo el papel de mujercita en su honor. Por lo<br />
general, tanto podría haber sido yo como ella quien se ocupara de servir el<br />
almuerzo. La opción no está determinada por el sexo, sino por el humor del<br />
momento.<br />
—Las puertas que comunican los módulos —dijo Demerest— parecen tener una<br />
resistencia peligrosamente limitada, diría yo.<br />
—¿En serio?<br />
—Si ocurriera un accidente, y se perforara un módulo&#8230;<br />
—Aquí abajo no hay meteoritos —dijo Bergen sonriendo.<br />
—Oh, claro, no es la palabra adecuada. Si se produjera algún tipo de filtración, por<br />
cualquier motivo, ¿podrían sellar un módulo o un grupo de módulos frente a toda<br />
la presión del océano?<br />
—Quiere decir del mismo modo como Luna City puede sellar automáticamente las<br />
unidades que la integran en caso de perforación por un meteorito y así limitar los<br />
daños a una sola unidad.<br />
—Sí —dijo Demerest con un dejo de amargura—. Justo lo que no ocurrió<br />
recientemente.<br />
—En teoría podríamos hacerlo, pero las probabilidades de que se produzca un<br />
accidente son mucho menores aquí abajo. Como ya he dicho, no hay meteoritos y,<br />
lo que es más, tampoco hay, prácticamente, ningún tipo de corrientes. Incluso un<br />
terremoto con epicentro justo debajo de nuestros pies no causaría mayores daños,<br />
pues no tenemos ningún punto de contacto fijo o sólido con el fondo y el mismo<br />
océano se encarga de amortiguar los golpes. De modo que podemos permitirnos<br />
operar con el supuesto de que no se producirá una entrada masiva de agua.<br />
—Pero, ¿y si se produjera?<br />
21<br />
—Entonces, nada podríamos hacer. Verá, no es tan sencillo sellar los módulos<br />
aquí. En la Luna tienen una diferencia de presión de sólo una atmósfera; una<br />
atmósfera en el interior y las cero atmósferas del vacío en el exterior. Basta con<br />
una pared muy delgada. Aquí, en Profundidad del Océano, la diferencia de presión<br />
es de unas mil atmósferas. Garantizar una seguridad absoluta frente a esa<br />
diferencia de presión supondría un gran gasto de dinero y usted mismo ya ha<br />
dicho que cuesta sacarle dinero al CPP. Conque confiamos en la suerte, y hasta el<br />
momento nos ha sido favorable.<br />
—Y a nosotros no —dijo Demerest.<br />
Bergen parecía incómodo, pero Annette llegó en ese preciso momento con el<br />
almuerzo, y su aparición distrajo la atención de los dos.<br />
—Confio que no le importe comer parcamente, señor Demerest —dijo—. En<br />
Profundidad del Océano sólo tenemos alimentos precocinados, que únicamente se<br />
tienen que calentar. Nuestra especialidad son los platos insulsos y sin sorpresas, y<br />
la no-sorpresa del día es un insulso pollo á la king, con zanahorias, patatas<br />
hervidas, un trozo de algo que parece bizcocho de chocolate, de postre y,<br />
naturalmente, tanto café como le apetezca.<br />
Demerest se levantó para coger su bandeja e intentó sonreír.<br />
—Suena bastante similar a la comida de la Luna, señora Bergen, y he sido criado<br />
a base de ella. Cultivamos nuestros propios alimentos microorganísmicos.<br />
Comerlos es un acto de patriotismo, pero no resulta particularmente placentero.<br />
Aunque tenemos la esperanza de seguir perfeccionándolos.<br />
—Estoy segura de que los mejorarán.<br />
Mientras comía, masticando cada bocado lenta y metódicamente, Demerest dijo:<br />
—Detesto llevar la conversación a mi especialidad, pero ¿hasta qué punto es<br />
segura contra posibles accidentes su cámara de aire de entrada?<br />
—Ése es el punto más débil de Profundidad del Océano —dijo Bergen. Había<br />
terminado de comer, mucho antes que los otros dos, y ya iba por la mitad de su<br />
primera taza de café—. Pero es preciso contar con una pared intermedia,<br />
¿verdad? La entrada es todo lo automática que hemos podido lograr, y a prueba<br />
de error al máximo. En primer lugar: es preciso que se haya establecido contacto<br />
en todos los puntos de la compuerta exterior antes de que el generador de fusión<br />
comience a calentar el agua que llena la cámara. Más aún, el contacto tiene que<br />
ser metálico y de un metal exactamente de la misma permeabilidad magnética que<br />
el que empleamos en nuestros batiscafos. Cabe la posibilidad de que una roca o<br />
algún mítico monstruo de las profundidades submarinas cayera sobre nosotros y<br />
estableciera contacto justo en los puntos adecuados; pero, aun así, nada ocurriría.<br />
22<br />
&raquo;Por otra parte, además la puerta exterior, no se abre hasta que el vapor ha<br />
expulsado el agua y luego se ha condensado; en otras palabras hasta que la<br />
presión y la temperatura no han descendido por debajo de cierto punto. En el<br />
momento en que la puerta exterior comienza a abrirse, un incremento<br />
relativamente escaso de la presión interna, en caso de que entrara agua, por<br />
ejemplo, la haría cerrarse de nuevo.<br />
—Pero despues, una vez que los hombres han cruzado la cámara se cierra la<br />
puerta interior a sus españdas y deben dejar entrar otra vez el agua en la cámara<br />
—dijo Demerest—. ¿Pueden hacerlo gradualmente con toda la presión exterior del<br />
océano en contra?<br />
—No demasiado lentamente. —Bergen sonrió—. No compensa oponer demasiada<br />
resistencia al océano. Es preciso doblegarse bajo el golpe. Lo amortiguamos hasta<br />
aproximadamente un décimo del libre flujo, pero incluso así es como un<br />
escopetazo e incluso más fuerte, como un trueno, o una tromba de agua, si<br />
prefiere. Sin embargo, la puerta interior puede resistirlo y no debe sufrir ese<br />
impacto con demasiada frecuencia. Pero, un momento, usted oyó el estallido de la<br />
tromba de agua cuando acabábamos de conocernos, cuando el batiscafo de<br />
Javan volvió a zarpar. ¿Recuerda?<br />
—Lo recuerdo —dijo Demerest—. Pero hay un detalle que no logro comprender.<br />
Mantienen la cámara constantemente llena de agua del océano a alta presión a fin<br />
de evitar la presión sobre la puerta exterior. Pero ello hace recaer todo el impacto<br />
sobre la puerta interior. La presión tiene que hacerse sentir en algún lugar.<br />
—Desde luego, así es. Pero si cediera la puerta exterior, con un diferencial de mil<br />
atmósferas entre una y otra cara, todo el océano, con sus millones de kilómetros<br />
cúbicos de agua intentaría colarse dentro y ese sería el fin de todo. Si la que sufre<br />
la presión es la puerta interior y ésta cede, la situación será bastante mala, pero<br />
toda el agua que entrará en Profundidad del Océano será la limitada cantidad que<br />
llena la cámara, y su presión disminuirá en el acto. Ello nos permitirá disponer del<br />
tiempo suficiente para las reparaciones, pues la puerta exterior resistirá sin duda<br />
un buen rato.<br />
—Pero si ambas ceden al mismo tiempo&#8230;<br />
—Entonces no tendremos salvación. —Bergen se encogió de hombros—. No creo<br />
necesario decirle que la certeza absoluta y la seguridad absoluta no existen. Es<br />
preciso vivir con algún riesgo, y las probabilidades de un fallo doble o simultáneo<br />
son tan microscópicamente reducidas que la situación resulta fácilmente<br />
soportable.<br />
—Si fallan todos sus mecanismos de seguridad&#8230;<br />
—Son a prueba de cualquier fallo —dijo obcecadamente Bergen.<br />
23<br />
Demerest asintió. Había terminado de comer el pollo. La señora Bergen ya estaba<br />
empezando a recoger la mesa.<br />
—Espero que sabrá perdonar mis preguntas, señor Bergen.<br />
—Puede preguntar tanto como desee. La verdad es que no estaba informado del<br />
contenido exacto de la misión que le traía aquí. &laquo;Investigación sobre el<br />
terreno&raquo; es una expresión muy vaga. Aunque supongo que el reciente<br />
desastre habrá causado gran desazón en la Luna, y como ingeniero de seguridad<br />
considera justificadamente que su responsabilidad es corregir cualquier posible<br />
deficiencia, y le interesaría aprender algo, si es posible, del sistema que<br />
empleamos en Profundidad del Océano.<br />
—Exactamente. Pero, fíjese bien, si todos sus mecanismos automáticos fallasen<br />
sobre seguro por algún motivo, cualquier motivo, saldrían con vida, pero todos sus<br />
mecanismos de salida de emergencia quedarían permanentemente sellados.<br />
Quedarían atrapados dentro de Profundidad del Océano y sólo habrían cambiado<br />
una muerte rápida por otra más lenta.<br />
—Es poco probable que eso suceda, pero en ese caso confiaríamos poder reparar<br />
los fallos antes de que se agotara nuestra reserva de aire. Además, tenemos un<br />
sistema manual de emergencia.<br />
—¿Ah, sí?<br />
—Naturalmente. Cuando se fundó Profundidad del Océano, y este módulo que<br />
ocupamos ahora era el único existente, sólo poseíamos controles manuales. Eso<br />
sí que era poco seguro, diría yo. Ahí los tiene, justo a sus espaldas, cubiertos con<br />
plástico astillable.<br />
—En caso de emergencia, rompa el cristal —murmuró Demerest, mientras<br />
inspeccionaba las instalaciones cubiertas.<br />
—¿Perdón, decía?<br />
—Sólo una frase de uso común en los antiguos sistemas contra incendios&#8230;<br />
Bueno, ¿funcionan todavía esos controles manuales, o acaso lleva ese sistema<br />
veinte años cubierto por su plástico astillable y se ha deteriorado por completo<br />
hasta hacerse completamente inservible sin que nadie lo advirtiera?<br />
—En absoluto. Lo probamos periódicamente, como hacemos con todo nuestro<br />
equipo. No me encargo personalmente de ello, pero sé que así se hace. Si<br />
cualquier circuito eléctrico o electrónico no funciona con normalidad, comienzan a<br />
encenderse lucecitas, suenan alarmas, ocurren todo tipo de cosas excepto una<br />
explosión nuclear&#8230; ¿Sabe una cosa, señor Demerest? Sentimos tanta curiosidad<br />
24<br />
por Luna City como usted por Profundidad del Océano. Supongo que no le<br />
importará invitar a uno de nuestros jóvenes&#8230;<br />
—¿Y por qué no una joven? —intervino Annette en el acto.<br />
—No dudo que te refieres a ti misma, cariño —dijo Bergen—, a lo cual sólo puedo<br />
replicar que estás decidida a tener un hijo aquí y a criarlo aquí durante cierto<br />
tiempo después de su nacimiento, y eso te descarta sin remedio como posible<br />
candidata.<br />
—Confiamos que enviarán algún hombre a Luna City — dijo Demerest envarado—<br />
. Estamos deseosos de hacerles comprender nuestros problemas.<br />
—Sí, ün mutuo intercambio de problemas y de lamentaciones sería posiblemente<br />
un gran consuelo para todos. Por ejemplo, ustedes en Luna City disfrutan de una<br />
ventaja que nos gustaría poder tener aquí. Con su pequeña gravedad y reducida<br />
diferencia de presión, pueden dar a sus cavernas cualquier forma irregular o<br />
angulosa que les sugiera su sentido estético o sea necesaria por razones de<br />
comodidad. Aquí abajo estamos limitados a la esfera, al menos en el futuro<br />
previsible, y nuestros diseñadores llegan a adquirir una fobia increíble hacia todo<br />
lo esférico. La verdad es que la cosa no tiene gracia. Quedan deshechos. Al fin<br />
acaban dimitiendo antes que seguir trabajando esféricamente.<br />
Bergen meneó la cabeza y se echó hacia atrás en su silla, apoyando el respaldo<br />
contra un armario de microfilms.<br />
—¿Sabe una cosa? —continuó—, cuando William Beebe construyó la primera<br />
cámara submarina de la historia, en la década de mil novecientos treinta, ésta no<br />
era más que una cabina suspendida del buque nodriza a través de media milla de<br />
cable, sin cámaras de flotación ni motores, y si el cable se hubiera roto, buenas<br />
noches, sólo que eso nunca ocürrió&#8230; Pero, ¿qué estaba diciendo? Oh, cuando<br />
Beebe construyó su primera cámara submarina, su intención era hacerla cilíndrica;<br />
para que un hombre pudiera acomodarse en ella, ¿comprende? A fin de cuentas,<br />
un hombre es básicamente un cilindro largo y delgado. Pero, un amigo le<br />
convenció de que no lo hiciera y de que utilizara una esfera, por la sensata razón<br />
de que una esfera resistiría mejor a la presión que cualquier otra forma posible.<br />
¿Sabe quién fue ese amigo?<br />
—No, me temo que no.<br />
—El hombre que fue presidente de los Estados Unidos en tiempos de los<br />
descendientes de Beebe: Franklin D. Roosevelt. Todas estas esferas que ve aquí<br />
abajo son bisnietas de la sugerencia de Roosevelt.<br />
Demerest reflexionó brevemente al respecto pero no hizo ningún comentario.<br />
Volvió al tema inicial.<br />
25<br />
—Nos interesaría especialmente que alguien de Profundidad del Océano visitase<br />
Luna City —dijo—, pues tal vez, ello despertaría una comprensión suficiente, por<br />
parte de Profundidad del Océano, de la necesidad de adoptar una pauta de<br />
actuación que puede representar un considerable sacrificio.<br />
—¿Cómo? —Las cuatro patas de la silla de Bergen se posaron en el suelo—. ¿A<br />
qué se refiere?<br />
—Profundidad del Océano es una obra magnífica; no es mi intención restarle<br />
ningún mérito. Y comprendo que aún llegará a superarse, hasta convertirse en una<br />
maravilla del mundo. Pero&#8230;<br />
—¿Pero?<br />
—Pero los océanos no dejan de ser sólo una parte de la Tierra; una parte<br />
importante, pero sólo eso, una parte. Las profundidades submarinas son sólo una<br />
parte del océano. Son verdaderamente un espacio interior; se desarrollan hacia<br />
dentro, convergiendo constantemente en un punto.<br />
—Me parece —intervino Annette con gesto algo torvo— que se propone hacer<br />
comparaciones con Luna City.<br />
—Así es, en efecto —dijo Demerest—. Luna City representa el espacio exterior,<br />
que se expande hasta el infinito. A largo plazo, aquí abajo no habrá dónde ir;<br />
desde allí puede irse a todas partes.<br />
—El tamaño y el volumen no son el único criterio, señor Demerest —dijo Bergen—<br />
. Es cierto que el océano es sólo una pequeña parte de la Tierra, pero por ese<br />
mismo motivo está íntimamente relacionado con más de cinco mil millones de<br />
seres humanos. Profundidad del Océano tiene carácter experimental, pero los<br />
centros de población de la plataforma continental ya merecen el nombre de<br />
ciudades. Profundidad del Océano ofrece a la humanidad la posibilidad de explotar<br />
la totalidad del planeta&#8230;<br />
—De polucionar todo el planeta —le corrigió Demerest excitado—. De saquearlo,<br />
de acabar con él. La concentración del esfuerzo humano en la misma Tierra es<br />
malsana e incluso puede resultar fatal, si no está compensada por un movimiento<br />
hacia las fronteras exteriores.<br />
—En esas fronteras no hay nada —dijo Annette escupiendo las palabras—. La<br />
Luna está muerta, todos los demás mundos situados allí fuera están muertos. Y si<br />
existen mundos vivos entre las estrellas, a años luz de distancia, es imposible<br />
llegar a ellos. Este océano está vivo.<br />
—La Luna también está viva, señora Bergen, y si Profundidad del Océano lo<br />
permite, la Luna se convertirá en un mundo independiente. Los habitantes de la<br />
26<br />
Luna nos encargaremos entonces de llegar hasta otros mundos y les daremos<br />
vida y, si la humanidad sabe tener sólo un poco de paciencia, llegaremos hasta las<br />
estrellas. ¡Nosotros! ¡Nosotros lo conseguiremos! Sólo nosotros, los habitantes de<br />
la Luna, que estamos habituados al espacio, que estamos habituados a vivir en<br />
una caverna, que estamos habituados a un medio mecánico, sólo nosotros<br />
podríamos resistir la vida en una nave espacial que tal vez deba viajar durante<br />
siglos antes de alcanzar las estrellas.<br />
—Un momento, Demerest, espere —dijo Bergen, levantando la mano—. ¡Alto ahí!<br />
¿Qué significa eso de si Profundidad del Océano lo permite? ¿Qué tenemos que<br />
ver nosotros con eso?<br />
—Ustedes compiten con nosotros, señor Bergen. El Consejo del Proyecto<br />
Planetario se inclinará a su favor, les dará más a ustedes, y menos a nosotros,<br />
porque a corto plazo, como dice su esposa, el océano está vivo, y la Luna, a<br />
excepción de un millar de hombres, no lo está; porque ustedes están a media<br />
docena de millas de distancia y nosotros a un cuarto dé millón; porque es posible<br />
llegar hasta aquí en una hora y para llegar hasta nosotros se precisan tres días. Y<br />
porque su historial en materia de seguridad es ideal y nosotros hemos tenido&#8230;<br />
desgracias.<br />
—Esto último, desde luego, es trivial. En cualquier momento pueden ocurrir<br />
accidentes, en cualquier lugar.<br />
—Pero las trivialidades pueden ser útiles —dijo Demerest con rencor—. Pueden<br />
emplearse para manipular las emociones. Para gentes que no comprenden el<br />
objeto y la importancia de la exploración espacial, la muerte de los habitantes de la<br />
Luna en accidentes es prueba suficiente de que la Luna es peligrosa, de que su<br />
colonización es una inútil fantasía. ¿Por qué no? Es la excusa que emplean para<br />
ahorrar dinero y luego pueden calmar su conciencia invirtiendo parte de ese dinero<br />
en Profundidad del Océano. Por eso he dicho que el accidente ocurrido en la Luna<br />
había puesto en peligro la supervivencia de Luna City, aunque sólo murieran<br />
veinte personas entre casi un millar.<br />
—No acepto su argumento. Durante muchos años ha habido dinero suficiente para<br />
los dos.<br />
—No el suficiente. De eso se trata precisamente. Las inversiones no han sido<br />
suficientes para lograr que la Luna pudiera independizarse en todos estos años, y<br />
luego se escudan en esa falta de independencia para perjudicamos. Tampoco ha<br />
habido las inversiones suficientes para que Profundidad del Océano pudiera llegar<br />
a subsistir autónomamente&#8230; Pero, ahora les podrán dar lo suficiente si nos cortan<br />
todos los fondos a nosotros.<br />
—¿Cree que eso puede suceder?<br />
27<br />
—Estoy casi seguro de que ocurrirá, a menos que Profundidad del Océano<br />
demuestre un interés de estadista por el futuro del hombre.<br />
—¿Cómo?<br />
—Negándose a aceptar fondos adicionales. No compitiendo con Luna City.<br />
Anteponiendo el bienestar de toda la raza a sus intereses particulares.<br />
—Sin duda no esperará que desmantelemos&#8230;<br />
—No será necesario. ¿No se da cuenta? Ayúdenos a explicar que Luna City es<br />
esencial, que la exploración del espacio es la esperanza de la humanidad; que<br />
están dispuestos a esperar, a reducir gastos si es necesario.<br />
Bergen miró a su esposa y arqueó las cejas. Ella meneó la cabeza indignada.<br />
—Me parece que tiene una idea demasiado romántica del CPP. Aun cuando yo<br />
pronunciara nobles y abnegados discursos, ¿quién le garantiza que me<br />
escucharían? La cuestión de Profundidad del Océano depende de muchísimas<br />
otras cosas más que mi opinión y mis declaraciones. También están las<br />
consideraciones económicas y el sentimiento público. ¿Por qué no se serena,<br />
señor Demerest? No será el fin de Luna City. Les concederán fondos. Estoy<br />
seguro. De verdad se lo digo, estoy seguro. Dejemos esto ahora&#8230;<br />
—No, tengo que convencerle de alguna forma u otra de que hablo en serio. Si es<br />
necesario. Profundidad del Océano debe interrumpir sus actividades a menos que<br />
el CPP pueda proporcionarnos amplios fondos a los dos.<br />
—¿Es esto una especie de misión oficial, señor Demerest? —dijo Bergen—. ¿Me<br />
está hablando oficialmente, en nombre Luna City, o sólo a título personal?<br />
—Sólo a título personal, pero tal vez con eso baste, señor Bergen.<br />
—Yo no lo creo así. Lo siento, pero esto está empezando a resultar desagradable.<br />
Sugiero que, a fin de cuentas, lo mejor será que regrese a la cara exterior en el<br />
primer batiscafo.<br />
—¡Todavía no! ¡Todavía no! —Demerest miró desesperado a su alrededor, luego<br />
se incorporó vacilante y se apoyó de espaldas contra la pared. Era demasiado alto<br />
para la habitación y percibió claramente cómo se le escurría la vida. Un paso más<br />
y no habría podido volverse atrás.<br />
Ya les había dicho en la Luna que de nada serviría intentar hablar, intentar<br />
negociar. Era una lucha a vida o muerte por los fondos disponibles, y el destino de<br />
Luna City no podía verse frustrado; no en favor de Profundidad del Océano; ni en<br />
favor de la Tierra; no, ni por toda la Tierra, pues la humanidad y el universo<br />
28<br />
estaban por encima de la misma Tierra. El hombre debía abandonar el útero<br />
materno y&#8230;<br />
Demerest podía oír su propio jadeo enfurecido y la íntima agitación del torbellino<br />
de sus pensamientos. Los otros dos le contemplaban con una mirada que parecía<br />
preocupada. Annette se levantó y dijo:<br />
—¿Se siente mal, señor Demerest?<br />
—No me siento mal. Siéntese. Soy ingeniero de seguridad y quiero enseñarles un<br />
par de cosas sobre la seguridad. Siéntese, señora Bergen.<br />
—Siéntate, Annette —dijo Bergen—. Yo me ocuparé de él. —Se levantó y avanzó<br />
un paso.<br />
—No —dijo Demerest—. Usted tampoco se mueva. Tengo una cosa aquí<br />
escondida. Es usted demasiado ingenuo en lo tocante a los peligros humanos,<br />
señor Bergen. Se protege contra el mar y contra los fallos mecánicos, y no registra<br />
a sus visitantes humanos, ¿verdad? Tengo un arma, señor Bergen.<br />
Ahora que lo había dicho y ya había dado el paso definitivo, a pártir del cual no<br />
había posible vuelta atrás, pues sería hombre muerto hiciera lo que hiciese, se<br />
sentía bastante tranquilo.<br />
—Oh, John —exclamó Annette, y apretó el brazo de su marido—. Es&#8230;<br />
Bergen se puso frente a ella.<br />
—¿Un arma? ¿Esa cosa es un arma? Ahora, tranquilo. Demerest, tranquilo. No<br />
hay motivo para excitarse. Si quiere hablar, hablaremos. ¿Qué es eso?<br />
—Nada dramático. Un rayo láser portátil.<br />
—¿Qué pretende hacer con él?<br />
—Destruiré Profundidad del Océano.<br />
—Pero no puede hacer eso, Demerest. Sabe que no puede hacerlo. La cantidad<br />
de energía que cabe en un puño es limitada, y cualquier láser que pueda<br />
sostenerse en una mano seria incapaz de generar el calor suficiente para<br />
atravesar las paredes.<br />
—Lo sé. Éste contiene más energía de lo que usted cree. Está fabricado en la<br />
Luna, y fabricar la unidad de energía en el vacío tiene ciertas ventajas. Pero tiene<br />
usted razón. Aun así, está destinado a ejecutar sólo pequeños trabajos y es<br />
preciso recargarlo con frecuencia. Conque no tengo intención de intentar penetrar<br />
29<br />
treinta centímetros o más de aleación de acero con él&#8230; Pero me ayudará a<br />
conseguir mi propósito indirectamente. Para empezar, les mantendrá quietos a los<br />
dos. Tengo energía suficiente en mi puño para matar a dos personas.<br />
—No nos matará —dijo Bergen con voz neutra—. No tiene ningún motivo para<br />
hacerlo.<br />
—Si con eso quiere insinuar que soy un ser irrazonable y que debe conseguir de<br />
algún modo hacerme recapacitar sobre mi locura, olvídelo —dijo Demerest—.<br />
Tengo todos los motivos para matarles y les mataré. Con el rayo láser si es<br />
necesario, aunque preferiría no tener que hacerlo.<br />
—¿De qué le servirá matarnos? No lo comprendo. ¿Es porque me he negado a<br />
sacrificar los fondos de Profundidad del Océano? No podía hacer otra cosa.<br />
Realmente no me corresponde a mí tomar la decisión. Y aunque me mate, ello no<br />
le ayudará a conseguir sus propósitos, ¿no cree? De hecho será todo lo contrario.<br />
Si un habitante de la Luna es un asesino, ¿cómo influirá ese hecho sobre la<br />
imagen de Luna City? Piense en las emociones humanas en la Tierra.<br />
Cuando se decidió a intervenir, Annette habló en un tono perceptiblemente chillón.<br />
—¿No se da cuenta de que la gente dirá que las radiaciones solares que recibe la<br />
Luna tienen efectos perniciosos? ¿Que las manipulaciones genéticas que han<br />
servido para reorganizar sus huesos y músculos han afectado también su<br />
estabilidad mental? Piense en la palabra &laquo;lunático&raquo;, señor Demerest.<br />
Antaño los hombres creían que la Luna causaba locura.<br />
—No estoy loco, señora Bergen.<br />
—Eso es lo de menos —dijo Bergen, recogiendo serenamente el cable que<br />
acababa de lanzar su esposa—. Dirán que lo estaba; que todos los habitantes de<br />
la Luna están locos; y clausurarán Luna City y la Luna misma quedará cerrada a<br />
posteriores exploraciones, tal vez de forma definitiva. ¿Es eso lo que desea?<br />
—Ello tal vez ocurriría si pensasen que yo les había matado, pero no lo pensarán.<br />
Será un accidente. —Con su codo izquierdo Demerest rompió el plástico que<br />
cubría los controles manuales—. Conozco este tipo de unidades —dijo—. Sé<br />
exactamente cómo operan. Lógicamente, al romperse ese plástico debería<br />
encenderse una señal luminosa; al fin y al cabo, podría haberse roto<br />
accidentalmente, y entonces alguien acudiría a investigar o, mejor aún, los<br />
controles quedarían inmovilizados hasta que alguien los operase deliberadamente<br />
para tener la seguridad de que no había sido sólo una rotura accidental. —Hizo<br />
una pausa, luego continuó—: Pero estoy seguro de que nadie vendrá; de que no<br />
se ha producido ninguna señal de alarma. Su sistema manual no es a prueba de<br />
errores porque, en lo más íntimo, usted abrigaba la convicción de que jamás lo<br />
utilizarían.<br />
30<br />
—¿Qué se propone hacer? —dijo Bergen.<br />
Estaba tenso, y Demerest observó atentamente sus rodillas y dijo:<br />
—Dispararé sin vacilación si intenta saltar sobre mí, y luego continuaré<br />
tranquilamente mi trabajo.<br />
—Creo que no me está dejando nada que perder.<br />
—Perderá tiempo. Déjeme hacer sin inmiscuirse y dispondrá de unos cuantos<br />
minutos para seguir hablando. Es posible que incluso llegue a convencerme. He<br />
ahí mi propuesta. No se meta conmigo y yo le daré la oportunidad de<br />
convencerme.<br />
—¿Qué se propone hacer?<br />
—Esto —dijo Demerest. No tuvo que mirar. Alargó la mano izquierda y cerró un<br />
contacto—. Ahora la unidad, de fusión comenzará a calentar la cámara de aire y el<br />
vapor la vaciará. Será cuestión de pocos minutos. Y estoy seguro de que cuando<br />
esté vacía se encenderá uno de esos botoncitos rojos transparentes.<br />
—¿Acaso pretende&#8230;?<br />
—¿Por qué me lo pregunta? —dijo Demerest—. Ya sabe que, si he hecho lo que<br />
he hecho, mi intención debe ser inundar Profundidad del Océano.<br />
—Pero, ¿por qué? Maldita sea, ¿por qué?<br />
—Porque se interpretará como un accidente. Porque será una mancha en su<br />
expediente en materia de seguridad. Porque será una catástrofe total y les borrará<br />
del mapa. Y el CPP perderá interés por ustedes y Profundidad del Océano habrá<br />
perdido todo su atractivo. Nosotros recibiremos el dinero; nosotros continuaremos.<br />
Si pudiera lograr que eso ocurriera de alguna otra forma, así lo haría, pero las<br />
necesidades de Luna City son las necesidades de la humanidad, y éstas están por<br />
encima de todo.<br />
—Usted también morirá —consiguió decir Annette.<br />
—Naturalmente. ¿Cree que querría vivir después de haberme visto obligado a<br />
hacer algo así? No soy un asesino.<br />
—Pero lo será. Si inunda este módulo, inundará toda Profundidad del Océano,<br />
matará a todos los que se encuentran aquí y condenará a una muerte más lenta a<br />
los que han salido en sus submarinos. Cincuenta hombres y mujeres, un niño que<br />
aún está por nacer&#8230;<br />
31<br />
—Eso no es culpa mía —dijo Demerest, con evidente sufrimiento—. No esperaba<br />
encontrar a una mujer encinta aquí, pero puesto que así ha sido, no puedo permitir<br />
que eso me detenga.<br />
—Pero debe detenerse —dijo Bergen—. Su plan fracasará a menos que lo que<br />
ocurra aparezca como un accidente. Le encontrarán con un emisor de rayos en la<br />
mano y con los controles manuales claramente manipulados. ¿Cree que no<br />
sabrán deducir la verdad a partir de eso?<br />
Demerest empezaba a sentir un gran cansancio.<br />
—Señor Bergen, habla como un desesperado. Escúcheme bien&#8230; Cuando se abra<br />
la puerta exterior, esto se inundará de agua a una presión de mil atmósferas. Será<br />
como un enorme ariete que lo destruirá y arrasará todo a su paso. Las paredes de<br />
los módulos de Profundidad del Océano resistirán, pero todo lo que hay dentro de<br />
ellas quedará retorcido e irreconocible. Los seres humanos quedarán reducidos a<br />
tejidos desgarrados y huesos en astillas, y la muerte será instantánea e<br />
imperceptible. Aunque les matara quemándoles con el láser, no quedaría la menor<br />
prueba de ello, conque no tengo por qué vacilar, ¿comprende? Este panel manual<br />
quedará destrozado de todos modos; el agua se encargará de borrar todo lo que<br />
yo pueda hacer.<br />
—Pero el emisor de rayos, la pistola de láser. Aunque sufra algún daño, será<br />
posible identificarla —dijo Annette.<br />
—En la Luna solemos usar estas cosas, señora Bergen. Es una herramienta<br />
corriente; es el equivalente óptico de una navaja de bolsillo. Podría matarla con<br />
una navaja de bolsillo, ¿sabe?, pero nadie deduciría que un hombre que lleva una<br />
navaja de bolsillo, o incluso que esgrime una con la hoja extendida, tiene<br />
necesariamente el propósito de asesinar a alguien. Podría estar tallando una<br />
madera. Además, un láser de fabricación lunar no es una pistola de proyectiles.<br />
No tiene que soportar una explosión interna. Lo recubre una delgada lámina de<br />
metal, mecánicamente poco resistente. Dudo mucho que el objeto resulte<br />
identificable después de sufrir el embate de la tromba de agua.<br />
Demerest no tuvo que reflexionar para hacer estas declaraciones. Las había<br />
estado elaborando para sus adentros durante meses de debate consigo mismo<br />
allá en la Luna.<br />
—En realidad —siguió diciendo—, ¿cómo podrán averiguar jamás los<br />
investigadores lo que habrá ocurrido aquí dentro? Enviarán batiscafos a<br />
inspeccionar los restos de Profundidad del Océano, pero ¿cómo se las arreglarán<br />
para entrar sin extraer primero el agua? De hecho, tendrían que construir otra<br />
Profundidad del Océano y ello les llevaría&#8230; ¿cuánto tiempo? Tal vez, dadas las<br />
reticencias del público a despilfarrar dinero, jamás llegarán a hacerlo y se<br />
contentarán con arrojar una corona de laurel sobre las paredes muertas de las<br />
instalaciones muertas de Profundidad del Océano.<br />
32<br />
—Los hombres de Luna City sabrán lo que usted ha hecho —dijo Bergen—.<br />
Seguro que habrá alguno dotado de conciencia. Se sabrá la verdad.<br />
—Una verdad —dijo Demerest— es que no soy estúpido. Nadie en Luna City sabe<br />
lo que me propongo hacer, y nadie sospechará jamás lo que habré hecho. Me<br />
enviaron aquí abajo para negociar una cooperación en el asunto de los créditos<br />
financieros. Mi misión era discutir y nada más. Ni tan sólo encontrarán a faltar un<br />
emisor de rayos láser allí arriba. Yo mismo me monté éste con piezas de<br />
desecho&#8230; Y funciona. Lo he probado.<br />
—No lo ha pensado bien —dijo lentamente Annette—. ¿Se da cuenta de lo que va<br />
a hacer?<br />
—Lo he pensado bien. Sé lo que hago&#8230; Y también sé que ustedes dos son<br />
conscientes de que se ha encendido la señal. Me doy perfecta cuenta. La cámara<br />
de aire está vacía y me temo que se ha agotado el tiempo.<br />
Rápidamente, con el emisor de rayos láser tensamente levantado, cerró otro<br />
contacto. Una pieza circular de la pared del módulo se abrió en una fina<br />
hendedura en forma de media luna y se enrolló suavemente.<br />
Demerest vio la oscuridad abismal por el rabillo del ojo, pero no miró hacia allí. Un<br />
húmedo vapor salino penetró, por la abertura; un extraño olor a vapor viejo.<br />
Incluso le pareció poder oír el chapoteo del agua condensada en el fondo de la<br />
cámara.<br />
—Si éstos fueran unos mandos manuales racionales —dijo Demerest—, la puerta<br />
exterior debería permanecer sellada ahora. Con la puerta interior abierta, nada<br />
tendría que ser capaz de abrir esa puerta exterior. Sin embargo, sospecho que los<br />
mandos manuales se instalaron muy precipitadamente, al principio, para que<br />
llegara a tomarse esa precaución, y fueron sustituidos demasiado pronto para que<br />
luego llegara a añadirse ese dispositivo de seguridad. Y suponiendo que aún<br />
necesitara pruebas de ello, es evidente que ustedes no permanecerían ahí<br />
sentados tan inquietos si supieran que la puerta exterior no iba a abrirse. No tengo<br />
más que tocar otro contacto y entrará la tromba de agua. No notaremos nada.<br />
—No lo apriete todavía —dijo Annette—. Debo decirle aún otra cosa. Ha dicho que<br />
nos concedería tiempo para convencerle.<br />
—Mientras la cámara se vaciaba de agua.<br />
—Permítame decirle sólo una cosa. Un minuto. Un minuto. Antes le he dicho que<br />
no sabía lo que estaba haciendo. Y no lo sabe. Está destruyendo el programa<br />
espacial, el programa espacial. El espacio no se acaba con el espacio. —Hablaba<br />
con voz chillona.<br />
33<br />
Demerest arrugó la frente.<br />
—¿De qué me está hablando? Hable con sensatez o acabaré con todo. Estoy<br />
cansado. Estoy asustado. Quiero terminar de una vez.<br />
—Usted no está introducido en el CPP —dijo Annette—. Y mi esposo tampoco.<br />
Pero yo sí. ¿Cree que por ser una mujer tengo un papel secundario aquí? Pues no<br />
es así. Usted, señor, Demerest, sólo piensa en Luna City. Mi marido sólo piensa<br />
en Profundidad del Océano. Ninguno de los dos sabe nada.<br />
&raquo;¿Adónde confía poder ir, señor Demerest, suponiendo que contara con<br />
tanto dinero como quisiera? ¿A Marte? ¿A los asteroides? ¿A los satélites de los<br />
gigantes gaseosos? Todos esos mundos son pequeños; todos son meras<br />
superficies secas bajo un cielo vacío. Pueden transcurrir generaciones antes de<br />
que estemos preparados para intentar llegar a las estrellas, y aun entonces sólo<br />
dispondríamos de un minúsculo territorio. ¿Es eso lo que ambiciona?<br />
&raquo;Las ambiciones de mi marido no van mucho más allá. Anhela poder<br />
extender el hábitat del hombre por el fondo del ócéano, una superficie no mucho<br />
mayor, en última instancia, que la superficie de la Luna y los demás mundos<br />
enanos. En cambio, en el CPP ambicionamos mucho más que cualquiera de<br />
ustedes dos, y si aprieta ese botón, señor Demerest, destruirá el sueño más<br />
grande que jamás haya concebido la humanidad.<br />
Demerest comenzaba a interesarse a pesar suyo, pero dijo:<br />
—Todo eso es pura charlatanería. —Sabía que existía la posibilidad de que<br />
hubieran alertado de algún modo a los demás habitantes de Profundidad del<br />
Océano, que en cualquier momento alguien podía entrar e interrumpirles, que<br />
alguien podía intentar matarle. Sin embargo, tenía los ojos fijos en la única<br />
abertura y le bastaría apretar un contacto, sin necesidad de mirarlo tan sólo, en un<br />
gesto que no requeriría más de un segundo.<br />
—No hablo por hablar—dijo Annette—. Usted sabe que se necesitó algo más que<br />
naves espaciales para colonizar la Luna. Para lograr establecer una colonia con<br />
posibilidades de futuro, fue preciso alterar la constitución genética de algunos<br />
hombres y adaptarlos a la baja gravedad allí existente. Usted es un producto de<br />
esa manipulación genética.<br />
—¿Y bien?<br />
—¿Y no cree que una manipulación genética también podría permitir adaptar a los<br />
hombres para que pudieran soportar una mayor fuerza gravitatoria? ¿Cuál es el<br />
planeta más grande del sistema solar, señor Demerest?<br />
—Júpi&#8230;<br />
34<br />
—Sí, Júpiter. Once veces el diámetro de la Tierra; cuarenta veces el diámetro de<br />
la Luna. Una superficie ciento veinte veces mayor que la de la Tierra; seiscientas<br />
veces la de la Luna. Con unas condiciones tan distintas a todo lo que podemos<br />
encontrar en cualquiera de los mundos del tamaño de la Tierra, o más pequeños,<br />
que cualquier científico un poco convencido daría la mitad de su vida a cambio de<br />
una oportunidad de poder observarlas de cerca.<br />
—Pero Júpiter es un objetivo imposible.<br />
—¿En serio? —dijo Annette, e incluso consiguió esbozar una débil sonrisa—.<br />
¿Tan imposible como volar? ¿Por qué es imposible? La manipulación genética<br />
podría permitir conseguir hombres con una osamenta más densa y más resistente,<br />
con músculos más fuertes y más compactos. Los mismos principios que aíslan a<br />
Luna City del vacío y a Profundidad del Océano del mar podrían aislar también a<br />
la futura Profundidad de Júpiter de su medio amoniacado.<br />
—El campo gravitatorio&#8230;<br />
—Puede salvarse mediante naves de propulsión nuclear actualmente en proyecto.<br />
Usted ignora estos hechos, pero yo no.<br />
—Ni siquiera conocemos con certeza la profundidad de la atmósfera. Las<br />
presiones&#8230;<br />
—¡Las presiones! ¡Las presiones! Señor Demerest, mire a su alrededor. ¿Por qué<br />
cree que se construyó realmente Profundidad del Océano? ¿Para explotar el<br />
océano? Los centros de población establecidos en la plataforma continental ya lo<br />
hacen perfectamente. ¿Para conocer mejor el fondo submarino? Eso podría<br />
lograrse fácilmente mediante batiscafos, con el consiguiente ahorro de los cientos<br />
de miles de millones de dólares que llevamos invertidos hasta el momento en<br />
Profundidad del Océano.<br />
&raquo;¿No comprende, señor Demerest, que Profundidad del Océano tiene que<br />
significar más que eso? Profundidad del Océano se ha construido con el propósito<br />
de diseñar las naves y mecanismos novísimos que servirán para explorar y<br />
colonizar Júpiter. Mire a su alrededor y contemple el primer boceto de un medio<br />
ambiente joviano; la réplica más parecida que podemos lograr sobre la Tierra. Es<br />
sólo una pálida sombra del poderoso Júpiter, pero es un primer paso.<br />
&raquo;Destruya esto, señor Demerest, y habrá destruido toda esperanza de<br />
llegar a Júpiter. Por otra parte, si nos deja vivir, juntos penetraremos en la joya<br />
más reluciente del sistema solar y, unidos, la poblaremos. Y mucho antes de<br />
haber alcanzado los límites de Júpiter, ya estaremos preparados para alcanzar las<br />
estrellas, para poblar los planetas afines a la Tierra que giran a su alrededor, y<br />
también los planetas afines a Júpiter. No abandonaremos Luna City, porque<br />
ambas son necesarias para lograr este fin último.<br />
35<br />
Por el momento, Demerest se había olvidado por completo de aquel último botón.<br />
—Nadie en Luna City ha oído hablar de esto —dijo.<br />
—Usted no había oído hablar de ello. Pero en Luna City hay personas que están<br />
al corriente. Si les hubiera confiado su plan de destrucción, le habrían detenido.<br />
Naturalmente, no podemos dar publicidad a estos hechos y sólo pueden<br />
conocerlos unas pocas personas en cada lugar. Ya es difícil lograr el apoyo de la<br />
opinión pública a los proyectos planetarios actualmente en curso. La cicatería del<br />
CPP se debe a que la opinión pública limita su generosidad. ¿Qué cree que diría<br />
el público si imaginara que intentábamos llegar a Júpiter? Les parecería una<br />
superfantasía. Pero nosotros seguimos adelante y dedicamos todo el dinero que<br />
podamos conseguir utilizar a las diversas facetas del Proyecto Gran Mundo.<br />
—¿Proyecto Gran Mundo?<br />
—Sí —dijo Annette—. Ahora ya lo sabe y yo acabo de cometer una grave<br />
indiscreción. Pero no tiene importancia, ¿verdad? Puesto que ya podemos damos<br />
por muertos, y el proyecto con nosotros.<br />
—Un momento, señora Bergen.<br />
—Si ahora cambia de opinión, no imagine que jamás podrá hablar del Proyecto<br />
Gran Mundo. Eso acabaría con él con tanta seguridad como lo haría la destrucción<br />
de este lugar. Y sería el fin de su carrera, y también de la mía. También podría ser<br />
el fin de Luna City y de Profundidad del Océano. Conque ahora que lo sabe, tal<br />
vez nada importe ya de todos modos. Tanto daría que apretase ese botón.<br />
—He dicho un momento&#8230; —Profundas arrugas surcaban la frente de Demerest y<br />
tenía los ojos encendidos de angustia—. No sé&#8230;<br />
Bergen se disponía a saltar por sorpresa en el momento en que la tensa vigilancia<br />
de Demerest flaqueó trocándose en vacilante introspección, pero Annette le retuvo<br />
por la manga.<br />
Siguió un intervalo indefinido que tal vez durase unos diez segundos y luego<br />
Demerest les tendió su láser.<br />
—Cójanlo —dijo—. Me considero detenido.<br />
—No podemos detenerlo sin que se descubra todo el asunto —dijo Annette. Cogió<br />
el láser y se lo entregó a Bergen—. Nos conformaremos con que regrese a Luna<br />
City y guarde silencio. Le mantendremos bajo vigilancia hasta ese momento.<br />
36<br />
Bergen estaba manipulando los controles manuales. La puerta interior se deslizó<br />
hasta cerrarse y después se oyó el atronador estallido del agua que comenzaba a<br />
llenar otra vez la cámara.<br />
Marido y mujer estaban a solas de nuevo. No se habían atrevido a intercambiar<br />
palabra hasta que Demerest estuvo inofensivamente dormido bajo la mirada<br />
vigilante de los hombres designados para este fin. El inesperado estallido de la<br />
tromba de agua había alarmado a todo el mundo y habían tenido que darles una<br />
explicación sumamente expurgada del incidente. Los controles manuales<br />
quedaron bajo llave y Bergen dijo:<br />
—En adelante será preciso adaptar los controles manuables para que fallen sobre<br />
seguro. Y tendremos que registrar a los visitantes.<br />
—Oh, John —dijo Annette—. Creo que la gente está loca. Ahí estábamos,<br />
enfrentándonos a la posibilidad de morir y de que desapareciera Profundidad del<br />
Océano; ante el fin de todo. Y lo único que era capaz de pensar era: debo<br />
conservar la calma; no debo abortar.<br />
—Y, desde luego, has conservado muy bien la calma. Has estado magnífica.<br />
Quiero decir, eso del Proyecto Gran Mundo. A mí jamás se me hubiera ocurrido<br />
algo así, pero, por&#8230;, por&#8230; Júpiter, es una idea muy atractiva. Es fantástico.<br />
—Siento haber tenido que decir todo eso, John. Todo era mentira, claro. Lo he<br />
inventado. En realidad, Demerest quería que inventara algo. No era un asesino ni<br />
un destructor; era&#8230;, según los dictados de su propio entendimiento,<br />
sobreexaltado, un patriota, y supongo que se decía que tenía que destruir para<br />
salvar&#8230;, una opinión bastante generalizada entre los pobres de espíritu. Pero dijo<br />
que nos daría tiempo para convencerle de que no lo hiciera y yo diría que ansiaba<br />
que lo consiguiéramos. Quería que inventásemos algo que le diera una excusa<br />
para salvar con el fin de salvar, y yo se la he dado&#8230; Siento haberte engañado,<br />
John.<br />
—No me has engañado.<br />
—¿No?<br />
—¿Cómo podrías haberme engañado? Sé que no eres miembro del CPP.<br />
—¿Y cómo puedes estar tan seguro? ¿Porque soy una mujer?<br />
—En absoluto. Porque yo pertenezco al Consejo, Annette, y esto sí que es<br />
confidencial. Y, si no te importa, pienso empezar a dar pasos para iniciar<br />
exactamente lo que has sugerido: el Proyecto Gran Mundo.<br />
37<br />
—¡ Bravo! —Annette lo pensó un momento y luego, lentamente, sonrió—. ¡Bravo!<br />
No está mal. Las mujeres sirven para algo.<br />
—Lo cual —dijo Bergen, sonriendo a su vez— yo jamás he negado.</p>
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		<title>Lenny</title>
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		<pubDate>Fri, 04 May 2007 17:00:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hari Seldon</dc:creator>
		
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Valoración personal: Excelente
La empresa Robots y Hombres Mecánicos de Estados Unidos tenía un problema. El problema era la gente.
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<strong>Formatos:</strong> Web y ZIP/Word<br />
<strong>Páginas:</strong> 9<br />
<strong>Descarga en PDF: </strong> &#8220;<a href="/relatos/ISAAC ASIMOV - Lenny.zip">Lenny</a>&#8221;<br />
<strong>Valoración personal:</strong> Excelente</p>
<p>La empresa Robots y Hombres Mecánicos de Estados Unidos tenía un problema. El problema era la gente.<br />
Peter Bogert, jefe de matemática, se dirigía a la sala de montaje cuando se topó con Alfred Lanning, director de investigaciones. Lanning, apoyado en el pasamanos, miraba a la sala de ordenadores enarcando sus enérgicas cejas blancas.<br />
En el piso de abajo, un grupo de humanos de ambos sexos y diversas edades miraba en torno con curiosidad, mientras un guía entonaba un discurso preestablecido sobre informática robótica:<br />
—Este ordenador que ven es el mayor de su tipo en el mundo. Contiene cinco millones trescientos mil criotrones y es capaz de manipular simultáneamente más de cien mil variables. Con su ayuda, nuestra empresa puede diseñar con precisión el cerebro positrónico de los modelos nuevos. Los requisitos se consignan en una cinta que se perfora mediante la acción de este teclado, algo similar a una máquina de escribir o una linotipia muy complicada, excepto que no maneja letras, sino conceptos. Las proposiciones se descomponen en sus equivalentes lógico-simbólicos y éstos a su vez son convertidos en patrones de perforación. En menos de una hora, el ordenador puede presentar a nuestros científicos el diseño de un cerebro que ofrecerá todas las sendas positrónicas necesarias para fabricar un robot&#8230; Alfred Lanning reparó en la presencia del otro.<br />
—Ah, Peter.<br />
Bogert se alisó el cabello negro y lustroso con ambas manos, aunque lo tenía impecable.<br />
—No pareces muy entusiasmado con esto, Alfred.<br />
Lanning gruñó. La idea de realizar visitas turísticas por toda la empresa era reciente y se suponía cumplía una doble función. Por una parte, según se afirmaba, permitía que la gente viera a los robots de cerca y acallara así su temor casi instintivo hacia los objetos mecánicos mediante una creciente familiaridad. Por otra parte, se suponía que las visitas lograrían generar un interés para que algunas personas se dedicaran a las investigaciones robóticas.<br />
—Sabes que no lo estoy. Una vez por semana, nuestra tarea se complica. Considerando las horas-hombre que se pierden, la retribución es insuficiente.<br />
—Entonces, ¿no han subido aún las solicitudes de empleo?<br />
—Un poco, pero sólo en las categorías donde esa necesidad no es vital. Necesitamos investigadores, ya lo sabes. Pero, como los robots están prohibidos en la Tierra, el trabajo de robotista no es muy popular, que digamos.<br />
—El maldito complejo de Frankenstein —comentó Bogert, repitiendo a sabiendas una de las frases favoritas de Lanning.<br />
Lanning pasó por alto esa burla afectuosa.<br />
—Debería acostumbrarme, pero no lo consigo. Todo ser humano de la Tierra tendría que saber ya que las Tres Leyes constituyen una salvaguardia perfecta, que los robots no son peligrosos. Fíjate en ese grupo.<br />
—Miró hacia abajo—. Obsérvalos. La mayoría recorren la sala de montaje de robots por la excitación del miedo, como si subieran en una montaña rusa. Y cuando entran en la sala del modelo MEC&#8230;, demonios, Peter, un modelo MEC que es incapaz de hacer otra cosa que avanzar dos pasos, decir «mucho gusto en conocerle», dar la mano y retroceder dos pasos; y, sin embargo, todos se intimidan y las madres abrazan a sus hijos. ¿Cómo vamos a obtener trabajadores que piensen a partir de esos idiotas?<br />
Bogert no tenía respuesta. Miraron una vez más a los visitantes, que estaban pasando de la sala de informática al sector de montaje de cerebros positrónicos. Luego, se marcharon. No vieron a Mortimer W. Jacobson, de dieciséis años, quien, para ser justos, no tenía la intención de causar el menor daño.<br />
<span id="more-19"></span><br />
En realidad, ni siquiera podría decirse que la culpa fuera de Mortimer. Todos los trabajadores sabían en qué día de la semana se realizaban las visitas. Todos los aparatos debían estar neutralizados o cerrados, pues no era razonable esperar que los seres humanos resistieran la tentación de mover interruptores, llaves y manivelas y de pulsar botones. Además, el guía debía vigilar atentamente a quienes sucumbieran a esa tentación.<br />
Pero en ese momento el guía había entrado en la sala contigua y Mortimer iba al final de la fila. Pasó ante el teclado mediante el cual se introducían datos en el ordenador. No tenía modo de saber que en aquel instante se estaban introduciendo los planos para un nuevo diseño robótico; de lo contrario, siendo como era un buen chico, habría evitado tocar el teclado. No tenía modo de saber que —en un acto de negligencia casi criminal— un técnico se había olvidado de desactivar el teclado.<br />
Así que Mortimer tocó las teclas al azar, como si se tratara de un instrumento musical.<br />
No notó que un trozo de la cinta perforada se salía de un aparato que había en otra parte de la sala, silenciosa e inadvertidamente.<br />
Y el técnico, cuando volvió, tampoco notó ninguna intromisión. Le llamó la atención que el teclado estuviera activado, pero no se molestó en verificarlo. Al cabo de unos minutos, incluso esa leve inquietud se le había pasado, y continuó introduciendo datos en el ordenador.<br />
En cuanto a Mortimer, nunca supo lo que había hecho.</p>
<p>El nuevo modelo LNE estaba diseñado para extraer boro en las minas del cinturón de asteroides. Los hidruros de boro cobraban cada vez más valor como detonantes para las micropilas protónicas que generaban potencia a bordo de las naves espaciales, y la magra provisión existente en la Tierra se estaba agotando.<br />
Eso significaba que los robots LNE tendrían que estar equipados con ojos sensibles a esas líneas prominentes en el análisis espectroscópico de los filones de boro y con un tipo de extremidades útiles para transformar el mineral en el producto terminado. Como de costumbre, sin embargo, el equipamiento mental constituía el mayor problema.<br />
El primer cerebro positrónico LNE ya estaba terminado. Era el prototipo y pasaría a integrar la colección de prototipos de la compañía. Cuando lo hubieran probado, fabricarían otros para alquilarlos (nunca venderlos) a empresas mineras.<br />
El prototipo LNE estaba terminado. Alto, erguido y reluciente, parecía por fuera como muchos otros robots no especializados.<br />
Los técnicos, guiándose por las instrucciones del Manual de Robótica, debían preguntar: «¿Cómo estás?»<br />
La respuesta correspondiente era: «Estoy bien y dispuesto a activar mis funciones. Confío en que tú también estés bien», o alguna otra ligera variante.<br />
Ese primer diálogo sólo servía para indicar que el robot oía, comprendía una pregunta rutinaria y daba una respuesta rutinaria congruente con lo que uno esperaría de una mentalidad robótica. A partir de ahí era posible pasar a asuntos más complejos, que pondrían a prueba las tres Leyes y su interacción con el conocimiento especializado de cada modelo.<br />
Así que el técnico preguntó «¿cómo estás?» y, de inmediato, se sobresaltó ante la voz del prototipo LNE. Era distinta de todas las voces de robot que conocía (y había oído muchas). Formaba sílabas semejantes a los tañidos de una celesta de baja modulación.<br />
Tan sorprendente era la voz que el técnico sólo oyó retrospectivamente, al cabo de unos segundos, las sílabas que había formado esa voz maravillosa:<br />
—Da, da, da, gu.<br />
El robot permanecía alto y erguido, pero alzó la mano derecha y se metió un dedo en la boca.<br />
El técnico lo miró horrorizado y echó a correr. Cerró la puerta con llave y, desde otra sala, hizo una llamada de emergencia a la doctora Susan Calvin.</p>
<p>La doctora Susan Calvin era la única robopsicóloga de la compañía (y prácticamente de toda la humanidad). No tuvo que avanzar mucho en sus análisis del prototipo LNE para pedir perentoriamente una transcripción de los planos del cerebro positrónico dibujados por ordenador y las instrucciones que los habían guiado. Tras estudiarlos mandó a buscar a Bogert.<br />
La doctora tenía el cabello gris peinado severamente hacia atrás; y su rostro frío, con fuertes arrugas verticales interrumpidas por el corte horizontal de una pálida boca de labios finos, se volvió enérgicamente hacia Bogert.<br />
—¿Qué es esto, Peter?<br />
Bogert estudió con creciente estupefacción los pasajes que ella señalaba.<br />
—Por Dios, Susan, no tiene sentido.<br />
—Claro que no. ¿Cómo se llegó a estas instrucciones?<br />
Llamaron al técnico encargado y él juró con toda sinceridad que no era obra suya y que no podía explicarlo. El ordenador dio una respuesta negativa a todos los intentos de búsqueda de fallos.<br />
—El cerebro positrónico no tiene remedio —comentó pensativamente Susan Calvin—. Estas instrucciones insensatas han cancelado tantas funciones superiores que el resultado se asemeja a un bebé humano. —Bogert manifestó asombro, y Susan Calvin adoptó la actitud glacial que siempre adoptaba ante la menor insinuación de duda de su palabra—. Nos esforzamos en lograr que un robot se parezca mentalmente a un hombre. Si eliminamos lo que denominamos funciones adultas, lo que queda, como es lógico, es un bebé humano, mentalmente hablando. ¿Por qué estás tan sorprendido, Peter?<br />
El prototipo LNE, que no parecía darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor, se sentó y empezó a examinarse los pies.<br />
Bogert lo miró fijamente.<br />
—Es una lástima desmantelar a esa criatura. Es un bonito trabajo.<br />
—¿Desmantelarla? —bramó la robopsicóloga.<br />
—Desde luego, Susan. ¿De qué sirve esa cosa? Santo cielo, si existe un objeto totalmente inútil es un robot que no puede realizar ninguna tarea. No pretenderás que esta cosa pueda hacer algo, ¿verdad?<br />
—No, claro que no.<br />
—¿Entonces?<br />
—Quiero realizar más análisis —dijo tercamente Susan Calvin.<br />
Bogert la miró con impaciencia, pero se encogió de hombros. Si había una persona en toda la empresa con quien no tenía sentido discutir, ésa era Susan Calvin. Los robots eran su pasión, y se hubiera dicho que una tan larga asociación con ellos la había privado de toda apariencia de humanidad.<br />
Era imposible disuadirla de una decisión, así como era imposible disuadir a una micropila activada de que funcionara.<br />
—¡Qué más da! —murmuró, y añadió en voz alta—: ¿Nos informarás cuando hayas terminado los análisis?<br />
—Lo haré. Ven, Lenny.<br />
(LNE, pensó Bogert. Inevitablemente, las siglas se habían transformado en Lenny.)<br />
Susan Calvin tendió la mano, pero el robot se limitó a mirarla. Con ternura, la robopsicóloga tomó la mano del robot. Lenny se puso de pie (al menos su coordinación mecánica funcionaba bien) y salieron juntos, el robot y esa mujer a quien superaba en medio metro. Muchos ojos los siguieron con curiosidad por los largos corredores.<br />
Una pared del laboratorio de Susan Calvin, la que daba directamente a su despacho privado, estaba cubierta con la reproducción ampliada de un diagrama de sendas positrónicas. Hacía casi un mes que Susan Calvin la estudiaba absortamente.<br />
Estaba examinando atentamente en ese momento los vericuetos de esas sendas atrofiadas. Lenny, sentado en el suelo, movía las piernas y balbuceaba sílabas ininteligibles con una voz tan bella que era posible escucharlas con embeleso aun sin entenderlas.<br />
Susan Calvin se volvió hacia el robot.<br />
—Lenny&#8230; Lenny&#8230;<br />
Repitió el nombre, con paciencia, hasta que Lenny irguió la cabeza y emitió un sonido inquisitivo. La robopsicóloga sonrió complacida. Cada vez necesitaba menos tiempo para atraer la atención del robot.<br />
—Alza la mano, Lenny. Mano&#8230; arriba. Mano&#8230; arriba.<br />
La doctora levantó su propia mano una y otra vez.<br />
Lenny siguió el movimiento con los ojos. Arriba, abajo, arriba, abajo. Luego, movió la mano espasmódicamente y balbuceó.<br />
—Muy bien, Lenny —dijo gravemente Susan Calvin—. Inténtalo de nuevo. Mano&#8230; arriba.<br />
Muy suavemente, extendió su mano, tomó la del robot, la levantó y la bajó.<br />
—Mano&#8230; arriba. Mano&#8230; arriba. Una voz la llamó desde el despacho:<br />
—¿Susan?<br />
Calvin apretó los labios.<br />
—¿Qué ocurre, Alfred?<br />
El director de investigaciones entró, miró al diagrama de la pared y, luego, al robot.<br />
—¿Sigues con ello?<br />
—Estoy trabajando, sí.<br />
—Bien, ya sabes, Susan&#8230; —Sacó un puro y lo miró, disponiéndose a morder la punta. Cuando se encontró con la severa y reprobatoria mirada de la mujer, guardó el puro y comenzó de nuevo—: Bien, ya sabes, Susan, que el modelo LNE está en producción.<br />
—Eso he oído. ¿Hay algo en que yo pueda colaborar?<br />
—No. Pero el mero hecho de que esté en producción y funcione bien significa que es inútil insistir con este espécimen deteriorado. ¿No deberíamos desarmarlo?<br />
—En pocas palabras, Alfred, te fastidia que yo pierda mi valioso tiempo. Tranquilízate. No estoy perdiendo el tiempo. Estoy trabajando con este robot.<br />
—Pero ese trabajo no tiene sentido.<br />
—Yo seré quien lo juzgue, Alfred —replicó la doctora en un tono amenazador, y Lanning consideró que sería más prudente cambiar de enfoque.<br />
—¿Puedes explicarme qué significa? ¿Qué estás haciendo ahora, por ejemplo?<br />
—Trato de lograr que levante la mano cuando se lo ordeno. Intento conseguir que imite el sonido de la palabra.<br />
Como si estuviera pendiente de ella, Lenny balbuceó y alzó la mano torpemente. Lanning sacudió la cabeza.<br />
—Esa voz es asombrosa. ¿Cómo se ha logrado?<br />
—No lo sé. El transmisor es normal. Estoy segura de que podría hablar normalmente, pero no lo hace. Habla así como consecuencia de algo que hay en las sendas positrónicas, y aún no lo he localizado.<br />
—Bien, pues localízalo, por Dios. Esa voz podría ser útil.<br />
—Oh, entonces, ¿mis estudios sobre Lenny pueden servir de algo?<br />
Lanning se encogió de hombros, avergonzado.<br />
—Bueno, se trata de un elemento menor.<br />
—Lamento que no veas los elementos mayores, que son mucho más importantes, pero no es culpa mía. Ahora, Alfred, ¿quieres irte y dejarme trabajar?</p>
<p>Lanning encendió el puro en el despacho de Bogert.<br />
—Esa mujer está cada día más rara —comentó con resentimiento.<br />
Bogert le entendió perfectamente. En Robots y Hombres Mecánicos existía una sola «esa mujer».<br />
—¿Todavía sigue atareada con ese seudorobot, con ese Lenny?<br />
—Trata de hacerle hablar, lo juro. Bogert se encogió de hombros.<br />
—Ese es el problema de esta empresa. Me refiero a lo de conseguir investigadores capacitados. Si tuviéramos otros robopsicólogos, podríamos jubilar a Susan. A propósito, supongo que la reunión dé directores programada para mañana tiene que ver con el problema de la contratación de personal.<br />
Lanning asintió con la cabeza y miró su puro, disgustado.<br />
—Sí. Pero el problema es la calidad, no la cantidad. Hemos subido tanto los sueldos que hay muchos solicitantes; pero la mayoría se interesan sólo por el dinero. El truco está en conseguir a los que se interesan por la robótica; gente como Susan Calvin.<br />
—No, diablos, como ella no.<br />
—Iguales no, de acuerdo. Pero tendrás que admitir, Peter, que es una apasionada de los robots. No tiene otro interés en la vida.<br />
—Lo sé. Precisamente por eso es tan insoportable. Lanning asintió en silencio. Había perdido la cuenta de las veces que habría deseado despedir a Susan Calvin. También había perdido la cuenta de la cantidad de millones de dólares que ella le había ahorrado a la empresa. Era indispensable y seguiría siéndolo hasta su muerte, o hasta que pudieran solucionar el problema de encontrar gente del mismo calibre y que se interesara en las investigaciones sobre robótica.<br />
—Creo que vamos a limitar esas visitas turísticas. Peter se encogió de hombros.<br />
—Si tú lo dices&#8230; Pero entre tanto, en serio, ¿qué hacemos con Susan? Es capaz de apegarse indefinidamente a Lenny. Ya sabes cómo es cuando se encuentra con lo que considera un problema interesante.<br />
—¿Qué podemos hacer? Si demostramos demasiada ansiedad por interrumpirla, insistirá en ello por puro empecinamiento femenino. En última instancia, no podemos obligarla a hacer nada.<br />
El matemático sonrió.<br />
—Yo no aplicaría el adjetivo «femenino» a ninguna parte de ella.<br />
—Está bien —rezongó Lanning—. Al menos, ese robot no le hará daño a nadie.<br />
En eso se equivocaba.</p>
<p>La señal de emergencia siempre causa nerviosismo en cualquier gran instalación industrial. Esas señales habían sonado varias veces a lo largo de la historia de Robots y Hombres Mecánicos: incendios, inundaciones, disturbios e insurrecciones.<br />
Pero una señal no había sonado nunca. Nunca había sonado la señal de «robot fuera de control». Y nadie esperaba que sonara. Estaba instalada únicamente por insistencia del Gobierno. («Al demonio con ese complejo de Frankenstein», mascullaba Lanning en las raras ocasiones en que pensaba en ello.)<br />
Pero la estridente sirena empezó a ulular con intervalos de diez segundos, y prácticamente nadie —desde el presidente de la junta de directores hasta el más novato ayudante de ordenanza— reconoció de inmediato ese sonido insólito. Tras esa incertidumbre inicial, guardias armados y médicos convergieron masivamente en la zona de peligro, y la empresa al completo quedó paralizada.<br />
Charles Randow, técnico en informática, fue trasladado al sector hospitalario con el brazo roto. No hubo más daños. Al menos, no hubo más daños físicos.<br />
—¡Pero el daño moral está más allá de toda estimación! —vociferó Lanning.<br />
Susan Calvin se enfrentó a él con calma mortal.<br />
—No le harás nada a Lenny. Nada. ¿Entiendes?<br />
—¿Lo entiendes tú, Susan? Esa cosa ha herido a un ser humano. Ha quebrantado la Primera Ley. ¿No conoces la Primera Ley?<br />
—No le harás nada a Lenny.<br />
—Por amor de Dios, Susan, ¿a ti debo explicarte la Primera Ley? Un robot no puede dañar a un ser humano ni, mediante la inacción, permitir que un ser humano sufra daños. Nuestra posición depende del estricto respeto de esa Primera Ley por parte de todos los robots de todos los tipos. Si el público se entera de que ha habido una excepción, una sola excepción, podría obligamos a cerrar la empresa. Nuestra única probabilidad de supervivencia sería anunciar de inmediato que ese robot ha sido destruido, explicar las circunstancias y rezar para que el público se convenza de que no sucederá de nuevo.<br />
—Me gustaría averiguar qué sucedió. Yo no estaba presente en ese momento y me gustaría averiguar qué hacía Randow en mis laboratorios sin mi autorización.<br />
—Pero lo más importante es obvio. Tu robot golpeó a Randow, ese imbécil apretó el botón de «robot fuera de control» y nos ha creado un problema. Pero tu robot lo golpeó y le causó lesiones que incluyen un brazo roto. La verdad es que tu Lenny está tan deformado que no respeta la Primera Ley y hay que destruirlo.<br />
—Sí que respeta la Primera Ley. He estudiado sus sendas cerebrales y sé que la respeta.<br />
—Y entonces, ¿cómo ha podido golpear a un hombre? —preguntó Lanning, con desesperado sarcasmo—. Pregúntaselo a Lenny. Sin duda ya le habrás enseñado a hablar.<br />
Susan Calvin se ruborizó.<br />
—Prefiero entrevistar a la víctima. Y en mi ausencia, Alfred, quiero que mis dependencias estén bien cerradas, con Lenny en el interior. No quiero que nadie se le acerque. Si sufre algún daño mientras yo no estoy, esta empresa no volverá a saber de mí en ninguna circunstancia.<br />
—¿Aprobarás su destrucción si ha violado la Primera Ley?<br />
—Sí, porque sé que no la ha violado.</p>
<p>Charles Randow estaba tendido en la cama, con el brazo en cabestrillo. Aún estaba conmocionado por ese momento en que creyó que un robot se le abalanzaba con la intención de asesinarlo. Ningún ser humano había tenido nunca razones tan contundentes para temer que un robot le causara daño. Era una experiencia singular.<br />
Susan Calvin y Alfred Lanning estaban junto a la cama; los acompañaba Peter Bogert, que se había encontrado con ellos por el camino. No estaban presentes médicos ni enfermeras.<br />
—¿Qué sucedió? —preguntó Susan Calvin. Randow no las tenía todas consigo.<br />
—Esa cosa me pegó en el brazo —murmuró—. Se abalanzó sobre mí.<br />
—Comienza desde más atrás —dijo Calvin—. ¿Qué hacías en mi laboratorio sin mi autorización?<br />
El joven técnico en informática tragó saliva, moviendo visiblemente la nuez de la garganta. Tenía pómulos altos y estaba muy pálido.<br />
—Todos sabíamos lo de ese robot. Se rumoreaba que trataba usted de enseñarle a hablar como si fuera un instrumento musical. Circulaban apuestas acerca de si hablaba o no. Algunos sostienen que usted puede enseñarle a hablar a un poste.<br />
—Supongo que eso es un cumplido —comentó Susan Calvin en un tono glacial—. ¿Qué tenía que ver eso contigo?<br />
—Yo debía entrar allí para zanjar la cuestión, para enterarme de si hablaba, ya me entiende. Robamos una llave de su laboratorio y esperamos a que usted se fuera. Echamos a suertes para ver quién entraba. Perdí yo.<br />
—¿Y qué más?<br />
—Intenté hacerle hablar y me pegó.<br />
—¿Cómo intentaste hacerle hablar?<br />
—Le&#8230;, le hice preguntas, pero no decía nada y tuve que sacudirlo, así que&#8230; le grité&#8230; y&#8230;<br />
—¿Y?<br />
Hubo una larga pausa. Bajo la mirada imperturbable de Susan Calvin, Randow dijo al fin:<br />
—Traté de asustarlo para que dijera algo. Tenía que impresionarlo.<br />
—¿Cómo intentaste asustarlo?<br />
—Fingí que le iba a dar un golpe.<br />
—¿Y te desvió el brazo?<br />
—Me dio un golpe en el brazo.<br />
—Muy bien. Eso es todo. —Calvin se volvió hacia Lanning y Bogert—. Vamonos, caballeros. En la puerta, se giró hacia Randow.<br />
—Puedo resolver el problema de las apuestas, si aún te interesa. Lenny articula muy bien algunas palabras.</p>
<p>No dijeron nada hasta llegar al despacho de Susan Calvin. Las paredes estaban revestidas de libros; algunos, de su autoría. El despacho reflejaba su personalidad fría y ordenada. Había una sola silla. Susan se sentó. Lanning y Bogert permanecieron de pie.<br />
—Lenny se limitó a defenderse. Es la Tercera Ley: un robot debe proteger su propia existencia.<br />
—Excepto —objetó Lanning— cuando entra en conflicto con la Primera o con la Segunda Ley. ¡Completa el enunciado! Lenny no tenía derecho a defenderse causando un daño, por ínfimo que fuera, a un ser humano.<br />
—No lo hizo a sabiendas —replicó Calvin—. Lenny tiene un cerebro fallido. No tenía modo de conocer su propia fuerza ni la debilidad de los humanos. Al apartar el brazo amenazador de un ser humano, no podía saber que el hueso se rompería. Humanamente, no se puede achacar culpa moral a un individuo que no sabe diferenciar entre el bien y el mal.<br />
Bogert intervino en tono tranquilizador:<br />
—Vamos, Susan, nosotros no achacamos culpas. Nosotros comprendemos que Lenny es el equivalente de un bebé, humanamente hablando, y no lo culpamos. Pero el público sí lo hará. Nos cerrarán la empresa.<br />
—Todo lo contrario. Si tuvieras el cerebro de una pulga, Peter, verías que ésta es la oportunidad que la compañía esperaba. Esto resolverá sus problemas.<br />
Lanning frunció sus cejas blancas.<br />
—¿Qué problemas, Susan?<br />
—¿Acaso la empresa no desea mantener a nuestro personal de investigación en lo que considera, Dios nos guarde, su avanzado nivel actual?<br />
—Por supuesto.<br />
—Bien, y ¿qué ofreces a tus futuros investigadores? ¿Diversión? ¿Novedad? ¿La emoción de explorar lo desconocido? No. Les ofreces sueldos y la garantía de que no habrá problemas.<br />
—¿Qué quieres decir? — se interesó Bogert.<br />
—¿Hay problemas? —prosiguió Susan Calvin—. ¿Qué clase de robots producimos? Robots plenamente desarrollados, aptos para sus tareas. Una industria nos explica qué necesita; un ordenador diseña el cerebro; las máquinas dan forma al robot; y ya está, listo y terminado. Peter, hace un tiempo me preguntaste cuál era la utilidad de Lenny. Preguntas que de qué sirve un robot que no está diseñado para ninguna tarea. Ahora te pregunto yo que ¿de qué sirve un robot diseñado para una sola tarea? Comienza y termina en el mismo lugar. Los modelos LNE extraen boro; si se necesita berilio, son inútiles; si la tecnología del boro entra en una nueva fase, se vuelven obsoletos. Un ser humano diseñado de ese modo sería un subhumano. Un robot diseñado de ese modo es un subrobot.<br />
—¿Quieres un robot versátil? —preguntó incrédulamente Lanning.<br />
—¿Por qué no? ¿Por qué no? He estado trabajando con un robot cuyo cerebro estaba casi totalmente idiotizado. Le estaba enseñando y tú, Alfred, me preguntaste que para qué servía. Para muy poco, tal vez, en b concerniente a Lenny, pues nunca superará el nivel de un niño humano de cinco años. ¿Pero cuál es la utilidad general? Enorme, si abordas el asunto como un estudio del problema abstracto de aprender a enseñar a los robots. Yo he aprendido modos de poner ciertas sendas en cortocircuito para crear sendas nuevas. Los nuevos estudios ofrecerán técnicas mejores, más sutiles y más eficientes para hacer lo mismo.<br />
—¿Y bien?<br />
—Supongamos que tomas un cerebro positrónico donde estuvieran trazadas las sendas básicas, pero no las secundarias. Supongamos que luego creas las secundarias. Podrías vender robots básicos diseñados para ser instruidos, robots capaces de adaptarse a diversas tareas. Los robots serían tan versátiles como los seres humanos. ¡Los robots podrían aprender! —La miraron de hito en hito. La robopsicóloga se impacientó—: Aún no lo entendéis, ¿verdad?<br />
—Entiendo lo que dices —dijo Lanning.<br />
—¿No entendéis que ante un campo de investigación totalmente nuevo, unas técnicas totalmente nuevas a desarrollar, un área totalmente nueva y desconocida para explorar, los jóvenes sentirán mayor entusiasmo por la robótica? Intentadlo y ya veréis.<br />
—¿Puedo señalar que esto es peligroso?—intervino Bogert—. Comenzar con robots ignorantes como Lenny significará que nunca podremos confiar en la Primera Ley, tal como ha ocurrido en el caso de Lenny.<br />
—Exacto. Haz público ese dato.<br />
—¿Hacerlo público?<br />
—Desde luego. Haz conocer el peligro. Explica que instalarás un nuevo Instituto de investigaciones en la Luna, si la población terrícola prefiere que estos trabajos no se realicen en la Tierra, pero haz hincapié en el peligro que correrían los posibles candidatos.<br />
—¿Por qué, por amor de Dios? —quiso saber Lanning.<br />
—Porque el conocimiento del peligro le añadirá un nuevo atractivo al asunto. ¿Crees que la tecnología nuclear no implica peligro, que la espacionáutica no entraña riesgos? ¿Tu oferta de absoluta seguridad te ha servido de algo? ¿Te ha ayudado a enfrentarte a ese complejo de Frankenstein que tanto desprecias? Pues prueba otra cosa, algo que haya funcionado en otras áreas.<br />
Sonó un ruido al otro lado de la puerta que conducía a los laboratorios personales de Calvin. Era el sonido de campanas de la voz de Lenny. La robopsicóloga guardó silencio y escuchó:<br />
—Excusadme —dijo—. Creo que Lenny me llama.<br />
—¿Puede llamarte? —se sorprendió Lanning.<br />
—Ya os he dicho que logré enseñarle algunas palabras. —Se dirigió hacia la puerta, con cierto nerviosismo—. Si queréis esperarme&#8230;<br />
Los dos hombres la miraron mientras salía y se quedaron callados durante un rato.<br />
—¿Crees que tiene razón, Peter? —preguntó finalmente Lanning.<br />
—Es posible, Alfred, es posible. La suficiente como para que planteemos el asunto en la reunión de directores y veamos qué opinan. A fin de cuentas, la cosa ya no tiene remedio. Un robot ha dañado a un ser humano y es de público conocimiento. Como dice Susan, podríamos tratar de volcar el asunto a nuestro favor. Pero desconfío de los motivos de ella.<br />
—¿En qué sentido?<br />
—Aunque haya dicho la verdad, en su caso es una mera racionalización. Su motivación es su deseo de no abandonar a ese robot. Si insistiéramos, pretextaría que desea continuar aprendiendo técnicas para enseñar a los robots; pero creo que ha hallado otra utilidad para Lenny, una utilidad tan singular que no congeniaría con otra mujer que no fuera ella.<br />
—No te entiendo.<br />
—¿No oíste cómo la llamó el robot?<br />
—Pues no&#8230; —murmuró Lanning, y entonces la puerta se abrió de golpe y ambos se callaron.<br />
Susan Calvin entró y miró a su alrededor con incertidumbre.<br />
—¿Habéis visto&#8230;? Estoy segura de que estaba por aquí&#8230; Oh, ahí está.<br />
Corrió hacia el extremo de un anaquel y cogió un objeto hueco y de malla metálica, con forma de pesa de gimnasia. La malla metálica contenía piezas de metal de diversas formas.<br />
Las piezas de metal se entrechocaron con un grato campanilleo. Lanning pensó que el objeto parecía una versión robótica de un sonajero para bebés.<br />
Cuando Susan Calvin abrió la puerta para salir, Lenny la llamó de nuevo. Esa vez, Lanning oyó claramente las palabras que Susan Calvin le había enseñado. Con melodiosa voz de celesta, repetía:<br />
—Mami, te quiero. Mami, te quiero.<br />
Y se oyeron los pasos de Susan Calvin apresurándose por el laboratorio para ir a atender a la única clase de niño que ella podía tener y amar.</p>
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		<title>Mi nombre se escribe con S</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Apr 2007 17:10:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hari Seldon</dc:creator>
		
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		<pubDate>Fri, 20 Apr 2007 17:00:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hari Seldon</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Año: 1952
Formatos: Web y PDF
Páginas: 11
Descarga en PDF:  &#8220;Button Button&#8221;
Fue el smoking lo que me engañó, y durante un par de segundos no le reconocí.
Para mí era tan sólo un posible cliente, el primero al que hubiera olido el rastro
en una semana&#8230; y estaba precioso.
Hasta vistiendo un smoking a las nueve cuarenta y cinco [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Año:</strong> 1952<br />
<strong>Formatos:</strong> Web y PDF<br />
<strong>Páginas:</strong> 11<br />
<strong>Descarga en PDF: </strong> &#8220;<a href="http://asimov.blogomundo.com/relatos/ISAAC ASIMOV - Button Button.pdf">Button Button</a>&#8221;</p>
<p>Fue el smoking lo que me engañó, y durante un par de segundos no le reconocí.<br />
Para mí era tan sólo un posible cliente, el primero al que hubiera olido el rastro<br />
en una semana&#8230; y estaba precioso.<br />
Hasta vistiendo un smoking a las nueve cuarenta y cinco de la mañana estaba<br />
hermoso. Quince centímetros de huesuda muñeca y veinticinco de nudosa mano<br />
continuaban el camino allí donde la manga ya no seguía; el final de los calcetines<br />
y la botamanga de los pantalones no se unían del todo; y sin embargo, estaba<br />
hermoso.<br />
Luego le miré a la cara, y dejó de ser un posible cliente. Era mi tío Otto. Se acabó<br />
la hermosura. Como de costumbre, el semblante de tío Otto tenía la expresión de<br />
un sabueso que acabara de recibir un puntapié en el trasero de parte de su mejor<br />
amigo.<br />
No reaccioné de una manera excesivamente oríginal.<br />
– ¡Tío Otto! -exclamé.<br />
También usted le reconocería, si hubiese visto aquella cara. Cuando apareció en<br />
la cubierta del Time, hace unos cinco años -fue por el 1957 o el l958, doscientos<br />
cuatro lectores, exactamente, escribieron diciendo que jamás olvidarían aquel<br />
semblante. La mayoría añadía comentarios relativos a pesadillas. Si quieren saber<br />
el nombre completo de tío Otto, es el de Otto Schlemmelmayer. Pero no saquen<br />
conclusiones precipitadas. Es hermano de mi madre. Yo me llamo Smith.<br />
– Harry, hijo mío -exclamó él. Y soltó un gemido.<br />
Muy interesante, pero nada ilustrativo. Yo pregunté:<br />
– ¿Y por qué el smoking?<br />
– Es de alquiler -respondió.<br />
– De acuerdo. Pero ¿por qué lo lleva por la mañana?<br />
– ¿Es ya la mañana? -miró vagamente a su alrededor; luego fue hasta la ventana<br />
y miró fuera.<br />
Mi tío Otto Schlemmelmayer es así.<br />
Le aseguré que sí, que había llegado ya la mañana y él, haciendo un esfuerzo,<br />
dedujo que se había pasado la noche entera andando por las calles de la ciudad.<br />
Luego apartó un puñado de dedos de la frente para decir:<br />
– Pero es que estaba tan transtornado, Harry. En el banquete&#8230;</p>
<p><span id="more-16"></span></p>
<p>Los dedos revolotearon por un minuto; luego se doblaron en un cuarto de puño y<br />
descendieron, abriendo hoyos en la superficie de mi mesa escritorio.<br />
– Pero ¡se acabó! Desde hoy, haré las cosas a mi manera.<br />
Una afirmación que tío Otto venía repitiendo desde los comienzos del asunto del<br />
«Efecto Schlemmelmayer». Quizá esto le sorprenda a usted. Quizá crea usted que<br />
mi tío debía la fama al Efecto Schlemmelmayer. Bien, todo depende de cómo se<br />
mire.<br />
Descubrió el Efecto allá por el 1952, y es muy probable que usted esté tan bien<br />
enterado como yo mismo. En pocas palabras, ideó un relé de germanio de tal<br />
naturaleza que reaccionaba ante las ondas del pensamiento, o en todo caso ante<br />
los campos electromagnéticos de las células cerebrales. Y trabajó años y años<br />
para convertir dicho relé en una flauta, de modo que no tocara música bajo<br />
ninguna presión que no fuera la del pensamiento. Aquello era su amor, su vida;<br />
aquello iba a revolucionar la música. Todo el mundo sabría tocar aquella flauta;<br />
no se necesitaría habilidad alguna&#8230;, sólo el pensamiento.</p>
<p>Luego, hace unos cinco años, un sujeto joven de Consolidated Arms, un tal<br />
Stephen Wheland, modificó el Efecto Schlemmelmayer y lo invirtió. Ideó un<br />
campo de ondas supersónicas capaces de activar el cerebro por medio de un relé<br />
de germanio, freírlo, y matar una rata a seis metros de distancia. Según<br />
descubrieron más tarde, también podía matar hombres.<br />
Visto lo cual, Wheland obtuvo una gratificación de diez mil dólares y un ascenso,<br />
mientras que los mayores accionistas de Consolidated Arms se pusieron a ganar<br />
millones, cuando el gubierno compró las patentes y cursó pedidos.<br />
¿Y tío Otto? Salió en la cubierta del Time.<br />
Después de lo cual, todo el que se hallara cerca de su persona, digamos a un<br />
radio de unos cuantos kilómetros, comprendía que tenía una queja. Unos<br />
pensaban que se debía al hecho de no haber recibido dinero alguno; otros a que<br />
su gran descubrimiento se hubiera convertido en un instrumento de guerra y<br />
matanza.<br />
¡Tonterías! ¡Era por la flauta! He ahí la auténtica tachuela en el sillón de su vida.<br />
¡Pobre tío Otto! Estaba enamorado de su flauta. La llevaba siempre consigo,<br />
dispuesto a mostrar sus virtudes. El instrumento reposaba dentro de un estuche<br />
especial, en el respaldo de la silla, cuando comía, y en la cabecera de la cama<br />
cuando dormía. Las mañanas de los domingos, los laboratorios de física de la<br />
Universidad resultaban odiosos por culpa de la flauta de tío Otto, cuyos sonidos,<br />
bajo un control mental imperfecto, se abrían un desafinado paso por alguna<br />
llorosa canción popular alemana.<br />
El problema estaba en que ningún fabricante quería aventurarse con ella. Apenas<br />
se revelaba la existencia de dicho instrumento, el Sindicato de Músicos<br />
amenazaba con silenciar hasta la última semicorchea del país; las diversas<br />
industrias de objetos de entretenimiento ponían firmes a sus cabilderos y los<br />
sacaban formados en escuadras de asalto para entrar en acción inmediatamente;<br />
y hasta el anciano Pietro Faraníni se puso la batuta detrás de la oreja e hizo<br />
apasionadas declaraciones a los periódicos sobre la inminente defunción del arte.<br />
Tío Otto no se sobrepuso jamás.<br />
– Ayer tuve las últimas esperanzas -me estaba diciendo. La Consolidated informa<br />
a mi que un banquete en honor mío querrán dar. ¿Quién sabe?, me digo. Acaso<br />
querrán mi flauta comprar.<br />
Cuando está nervioso, tío Otto suele desviarse de la ordenación de las palabras<br />
según el estilo inglés para volver al alemán.<br />
El cuadro me intrigó.<br />
– ¡Qué idea! -grité-. Un millar de flautas gigantes escondidas en puntos clave de<br />
los territorios enemigos bramando canciones de propaganda comercial bastante<br />
desafinadas como para&#8230;<br />
– ¡Silencio! ¡Silencio! -Tío Otto abatió la palma de la mano contra mi mesa<br />
escritorio como un tiro de pistola, y el calendario de plástico, asustado, dio un<br />
salto y cayó muerto.- ¿También de ti guasitas? ¿Dónde está tu respeto?<br />
– Lo siento, tío Otto.<br />
– Entonces, escucha. Yo asistí al banquete y pronunciaron discursos sobre el<br />
Efecto Schlemmelmayer y sobre cómo reforzaba la energía mental. Luego,<br />
cuando yo pensaba que anunciarían que mi flauta comprarían, ¡ellos me dan esto!<br />
Tío Otto sacó una moneda que lucía como oro y que parecía ser de dos mil<br />
dólares y la tiró contra mí. Yo me agaché.<br />
Si la moneda hubiera dado contra la ventana, habría caído fuera y acaso hubiese<br />
perforado el cráneo de un transeúnte; pero dio contra la pared. La recogí. Por el<br />
peso, se adivinaba en seguida que no era de oro, sino solamente dorada. En una<br />
cara decía: «Premio Elias Bancroft Sudford», en letras grandes, y «al doctor Otto<br />
Schlemmelmayer por sus contribuciones a la ciencia», en letras pequeñas. En la<br />
otra cara había un perfil, que, evidentemente, no era el de mi tío Otto. En<br />
realidad no se parecía a ninguna variedad canina, sino más bien a un cerdo.<br />
– ¡Ese -dijo tío Otto- es Elias Bancroft Sudford, presidente de Consolidated Arms!<br />
-Y continuó-: De modo que cuando vi que eso era todo, me levanté muy cortés y</p>
<p>les dije: «¡Caballeros, ojalá revienten!» Y me marché.<br />
– Luego ha andado por las calles toda la noche -completé yo por su cuenta-, y ha<br />
venido aquí sin cambiarse de ropa siquiera. Todavía luce el smoking.<br />
Tío Otto estiró un brazo y fijó la mirada en las prendas que le cubrían.<br />
– ¿Un smoking? -repitió.<br />
– ¡Un smoking! -insistí.<br />
Sus largas, carrilludas mejillas se cubrieron de manchas encarnadas, y rugió:<br />
– ¡Yo he venido aquí por un asunto de importancia trascendentalísima, y tú te<br />
empeñas en nada más que de los smoking hablar! ¡Mi propio sobrino!<br />
Dejé que la llama se apagara por sí misma. Tío Otto es el miembro brillante de la<br />
familia; de modo que, aparte de procurar evitar que se caiga a una cloaca o que<br />
salga de paseo por las ventanas, los otros, pobres imbéciles, procuramos no<br />
molestarle.<br />
– ¿Y en qué puedo servirle, tío? -pregunté, tratando de dar un tono profesional a<br />
mis palabras, de introducir en ellas la relación abogado-cliente.<br />
El aguardó, en una pausa impresionante, y dijo:<br />
– Necesito dinero.<br />
Inevitable, había de equivocarse de casa. Respondí:<br />
– Tío, en estos momentos no tengo&#8230;<br />
– No el tuyo -puntualizó.<br />
Me sentí mejor.<br />
– Tengo un Efecto Schlemmelmayer nuevo, y mucho mejor. Este yo no en<br />
científicos periódicos lo publico. La mi bocaza grande cerrada mantengo. Ello<br />
enteramente mío propio es. -Mientras hablaba, con el huesudo índice, iba<br />
dirigiendo una orquesta fantasma.<br />
– Con este nuevo Efecto -prosiguió-, dinero ganaré y mi propia fábrica de flautas<br />
abriré.<br />
– Muy bien -dije yo, pensando en la fábrica de flautas y mintiendo.<br />
– Lo malo es que poseo una mente brillante. Sé elaborar conceptos que superan<br />
a las personas corrientes. Solamente, Harry, que maneras de ganar dinero<br />
elaborar no sé. Ese es un talento que no poseo.<br />
– Mal -dije yo, sin mentir nada en absoluto.<br />
– Por eso acudo a ti como abogado.<br />
Yo me reí un poco, con una risita deprecatoria.<br />
– Acudo a ti -continuó él-, para hacer que me ayudes con tu taimado, embustero,<br />
escurridizo, deshonesto cerebro de abogado.<br />
Mentalmente, archivé el comentario en la carpeta de cumplidos inesperados, y<br />
dije:<br />
– Yo también le aprecio a usted, tío Otto.<br />
Debió de notar el tono de sarcasmo, porque se puso morado de rabia y chilló:<br />
– No te pongas quisquilloso. Sé como yo, paciente, comprensivo y llano, cabeza<br />
de leño. ¿Quién de ti como hombre habla? Como hombre, eres un badulaque<br />
honrado, pero como abogado has de ser un granuja. Todo el mundo lo sabe.<br />
Suspiré. El Colegio de Abogados me había advertido que viviría días como éste.<br />
– ¿Cuál es su nuevo efecto, tío Otto? -pregunté.<br />
– Puedo retroceder en el tiempo y traer al presente cosas del pasado.<br />
Actué con presteza. Con la mano izquierda saqué el reloj del bolsillo inferior<br />
izquierdo del chaleco y lo consulté con toda la ansiedad que supe acumular. Con<br />
la mano derecha cogí el teléfono.<br />
– Bien, tío -dije con calor-, acabo de recordar una cita tremendamente<br />
importante a la que llegaré ya con horas de retraso. Siempre me alegra verle.<br />
Pero ahora me temo que debo decirle adiós. Sí, señor, verle ha sido un placer, un<br />
verdadero placer. Bueno, adiós, señor. Sí, señor&#8230;<br />
No llegué a levantar el auricular del soporte. Iba a levantar la mano, en efecto,<br />
pero la de mi tío se había posado sobre la mía y empujaba hacia abajo. Imposible<br />
competir con él. ¿He dicho antes que tío Otto perteneció en 1932 al equipo de<br />
lucha grecorromana de Heidelberg?</p>
<p>Me cogió suavemente -para él- por el codo; yo me puse en pie. Fue un tremendo<br />
ahorro -para mí- de esfuerzo muscular.<br />
– Permitasenos -dijo-, a mi laboratorio ir.<br />
Y al laboratorio se fue. En cuanto a mi, como no tenía cuchillo, ni ganas de<br />
cortarme el bruzo izquierdo, separándolo del hombro correspondiente, a su<br />
laboratorio me fui también&#8230;<br />
El laboratorio de tío Otto se encuentra al final de un pasillo, después de doblar<br />
una esquina, en un edificio de la Universidad. Desde que se vio la gran<br />
importancia del Efecto Schlemmelmayer, le dispensaron de todo trabajo rutinario<br />
y dejaron que hiciera lo que le pareciese bien. Lo cual se reflejaba en su<br />
laboratorio.<br />
– ¿Ya no cierra nunca la puerta? -pregunté.<br />
Me miró con aire taimado, arrugando la enorme nariz como si olisquease algo.<br />
– Lo está; está cerrada. Con un relé Schlemmelmayer, está cerrada. Yo pienso<br />
una palabra&#8230; y la puerta se abre. De otro modo no puede nadie entrar. Ni<br />
siquiera el Rector de la Universidad. ¡Ni siquiera el portero!<br />
– ¡Vaya, tío Otto! Una cerradura mental podría reportarle&#8230;<br />
– ¡Ah! ¿Debería vender la patente para que algún rico se lo apropiase? Jamás.<br />
Dentro de un tiempo yo mismo rico seré.<br />
Una cosa hay que decir de tío Otto. No es uno de esos sujetos con los que tienes<br />
que discutir y volver a discutir para lograr que vean la luz. Sabes de antemano<br />
que nunca la verá. Por ello cambié de tema.<br />
Y dije:<br />
– ¿Y la máquina del tiempo?<br />
Tío Otto me aventaja unos treinta centimetros en estatura, pesa cerca de catorce<br />
kilos más y es fuerte como un buey. Cuando me rodea el cuello con las manos y<br />
me sacude, tengo que limitar mi papel en el conflicto a ponerme de color morado.<br />
Y morado me volví, como era de rigor. El dijo:<br />
– ¡Sssiiittt!<br />
Y yo entendí la idea.<br />
Entonces me soltó y dijo:<br />
– Nadie sabe nada del Proyecto X. -Y repitió ponderosamente-: El Proyecto X.<br />
¿Comprendes?<br />
Hice un signo afirmativo. De ningún modo habría podido hablar con una laringe<br />
que iba reponiéndose muy lentamente.<br />
– No quiero que me creas sobre mi palabra -dijo-. Para ti voy una demostración a<br />
hacer.<br />
Procuré quedarme cerca de la puerta.<br />
– ¿Traes un pedazo de papel con letra tuya escrito? -preguntó.<br />
Rebusqué por el bolsillo interior del chaleco. Guardaba unas notas para una<br />
posible defensa de un posible cliente en un posible día futuro.<br />
Tío Otto dijo:<br />
– No me lo enseñes. Desgárralo, nada más. A pequeños pedazos desgárralo y en<br />
este vaso de análisis los trozos pon.<br />
Rompí el papel en ciento veintiocho pedazos.<br />
El los examinó pensativamente y se puso a ordenar botones de una&#8230; humm&#8230;<br />
una máquina. La tal máquina llevaba adosada una pequeña repisa de vidrio<br />
opalino que parecía la batea de un dentista.<br />
Hubo una pausa. El seguía ordenando. Luego exclamó:<br />
– ¡Ajá! -Y yo emití un sonido raro, que no traduzco en letras.<br />
Unos cinco centímetros más arriba de la batea había una cosa que parecía un<br />
trozo de papel peludo. Mientras yo miraba, quedó enfocado y&#8230; oh, vaya, ¿por<br />
qué darle demasiada importancia? Eran mis notas. Mi letra. Perfectamente<br />
legible. Perfectamente legítima.<br />
– ¿Hay inconveniente en que lo toque? -Yo estaba un poco ronco, en parte por la<br />
sorpresa, y en parte por la dulce manera que tenía tío Otto de imponer el secreto.<br />
– No se puede -contestó, pasando la mano al través. El papel continuaba allí</p>
<p>detrás, intacto-. Es sólo una imagen en un foco de un paraboloide<br />
tetradimensional. El otro foco se halla en un punto del tiempo anterior al<br />
momento en que lo has desgarrado.<br />
Yo también lo atravesé con la mano. Yo no sentí nada.<br />
– Ahora mira -dijo. Hizo girar un botón de la máquina y la imagen del papel se<br />
desvaneció. Entonces sacó unos cuantos trozos de papel del montón, los arrojó al<br />
cenicero y les acercó una cerilla. Luego echó las cenizas al fregadero y las hizo<br />
desaparecer por el tubo. Hizo girar nuevamente el botón y otra vez apareció el<br />
papel; aunque con una diferencia. Faltaban unos trozos irregulares.<br />
– ¿Los pedazos quemados? -pregunté.<br />
– Exactamente. La máquina debe recorrer el tiempo a lo largo de los<br />
hipervectores de las moléculas sobre las cuales se enfoca. Si ciertas moléculas<br />
están dispersas por el aire&#8230; ¡pff-f-ft!<br />
Tuve una idea.<br />
– Supongamos que dispusiera solamente de las cenizas de un documento.<br />
– Entonces sólo podríamos seguir la pista de esas moléculas.<br />
– Pero quedarían tan bien distribuidas -señalé-, que obtendría una imagen,<br />
aunque borrosa, del documento.<br />
– Hummm. Ouizás.<br />
La idea me entusiasmaba cada vez más.<br />
– Bueno, pues, oiga, tío Otto. ¿Sabe cuánto pagarían por una máquina como ésa<br />
muchos departamentos de policía? Sería un don del cielo para los agentes&#8230;<br />
Me interrumpí. No me gustaban los bufidos que tío Otto soltaba. Y pregunté, muy<br />
cortés:<br />
– ¿Decía usted algo, tío?<br />
El conservaba una calma notable. Al hablar, su voz apenas pasaba de un berrido.<br />
– De una vez para siempre, sobrino. Mis inventos yo, de ahora en adelante, por<br />
mi cuenta explotaré. Primero debo algún capital inicial obtener. Capital de otra<br />
fuente que la de mis ideas vender. Después de lo cual, una fábrica para mis<br />
flautas manufacturar abriré. Eso en primer lugar. Después, después, con las<br />
ganancias puedo maquinaria vector-tiempo manufacturar. Pero primero mis<br />
flautas. Antes que nada, mls flautas. Anoche, así lo juré.<br />
»Por el egoísmo de unos cuantos el mundo de gran música se está privando.<br />
¿Debe mi nombre a la historia como un asesino pasar? ¿Debe el Efecto<br />
Schlemmelmayer una manera de freír cerebros humanos ser? ¿O debe hermosa<br />
música a la mente traer? Grande, maravillosa, perdurable música.<br />
Tenía una mano levantada en actitud oratoria&#8230; la otra se la había llevado a la<br />
espalda. Las ventanas producían un zumbido agudo al vibrar bajo el impacto de<br />
sus palabras.<br />
– Tío Otto, que le oirán -advertí precipitadamente.<br />
– Entonces, deja de gritar -replicó.<br />
– Pero, oiga -protesté-, ¿cómo piensa obtener el capital inicial, si no quiere<br />
explotar esa maquinaria?<br />
– No te lo he contado. Puede hacer una imagen real. Y si resulta una imagen<br />
valiosa, ¿qué me dices?<br />
Esto parecía excelente.<br />
– ¿Quiere decir algo así como un documento perdido, un manuscrito, una primera<br />
edición&#8230; cosas de ese calibre?<br />
– Pues no. Hay una pega. Dos pegas. Tres pegas.<br />
Yo aguardé a que parase de contar; pero parecía ser que el limite era tres.<br />
– ¿Qué pegas? -inquirí.<br />
– Primera -respondió-, que debo tener el objeto en el presente para enfocarlo; de<br />
lo contrario no puedo localizarlo en el pasado.<br />
– ¿Quiere decir que no puede encontrar nada que no exista actualmente, en un<br />
lugar donde usted pueda verlo?<br />
– En ese caso, las pegas números dos y tres son puramente académicas. Pero, de<br />
todos modos, ¿en qué consisten?</p>
<p>– Sólo puedo traer del pasado un gramo de materia, aproximadamente.<br />
¡Un gramo! ¡La milésima parte de un kilogramo!<br />
– ¿Qué pasa? ¿No dispone de bastante energía?<br />
Tío Otto contestó con acento irritado:<br />
– Se trata de una relación exponencial inversa. Ni toda la energía del universo<br />
más que acaso dos gramos traer no podría.<br />
Eso ponía la situación más bien nublada.<br />
– ¿Y la tercera pega? -pregunté.<br />
– Pues&#8230; -E1 hombre titubeaba-. Cuanto más separados los focos, tanto más<br />
elástico el lazo. Cierta distancia ha de existir antes de que al presente se pueda<br />
traer. En otras palabras, hacia el pasado al menos ciento cincuenta años hay que<br />
retroceder.<br />
– Comprendo -dije- aunque en realidad no lo comprendía.<br />
Yo procuraba expresarme como un abogado.<br />
– Resumiendo: usted quiere traer del pasado algo que le permita reunir un<br />
capitalito. Ha de ser algo que exista y que usted pueda ver; de manera que no<br />
puede ser un objeto perdido, de valor histórico O arqueológico. Ha de pesar<br />
menos de un gramo, de modo que no puede ser el diamante Kullinan ni cosa<br />
parecida. Ha de tener ciento cincuenta años de antigüedad al menos, de modo<br />
que no puede ser un sello raro.<br />
– Exacto -dijo tío Otto-. Lo has captado perfectamente.<br />
– ¿Qué he captado? -Medité un par de segundos. Luego dije-: No se me ocurre<br />
nada. Bueno, adiós, tío Otto.<br />
No creía que me saliera bien; pero intenté marcharme.<br />
No salió bien. Las manos de tío Otto descendieron sobre mis hombros y me<br />
quedé de puntillas sobre un par de centímetros de aire.<br />
– Me arrugará la chaqueta, tío Otto.<br />
– Harold -dijo él-, como abogado a su cliente, me debes algo más que un adiós<br />
precipitado.<br />
– No he cobrado anticipo alguno, comprometiéndome -logré gargarizar.<br />
El cuello de la camisa empezaba a oprimir en exceso el mío propio. Probé de<br />
deglutir, y el primer botón salió disparado.<br />
– Entre parientes, el dar un anticipo es una formalidad baladí -razonaba mi tío-.<br />
Por mi condición de cliente y de tío tuyo me debes una fidelidad absoluta.<br />
Además, si no me ayudas a salir de este apuro, te ataré las piernas detrás del<br />
cuello y te bloquearé como si fueses una pelota de baloncesto.<br />
Como abogado que soy, la lógica me infunde mucho respeto.<br />
– Me entrego -dije-. Me rindo. Usted gana.<br />
El me dejó caer.<br />
Y entonces&#8230; (ésta es la parte que me parece más increíble cuando vuelvo la<br />
vista hacia la aventura en conjunto)&#8230; tuve una idea.<br />
Fue la ballena de las ideas. Un monstruo. Esa idea en toda una vida que todo el<br />
mundo tiene sólo una vez.<br />
Por el momento, no le expliqué toda la cuestión a tío Otto. Quería pasar unos días<br />
meditándolo. En cambio, si le dije lo que había que hacer. La dije que tendría que<br />
irse a Washington. No fue fácil convencerle a fuerza de discursos; aunque, por<br />
otra parte, si ustedes conocieran a tío Otto, hay ciertos medios&#8230;<br />
Encontré dos billetes de diez dólares asomando lamentablemente en mi cartera y<br />
se los di.<br />
– Comprobaré cuánto vale el billete del tren, y usted podrá quedarse con los<br />
veinte dólares, si resulta que no me porto honradamente.<br />
El reflexionó.<br />
– Tonto para arriesgar veinte dólares por nada tampoco lo eres -admitió.<br />
Tenía razón, además&#8230;<br />
Volvió a los dos días y me comunicó qué objeto había enfocado. Al fin y al cabo,<br />
estaba en una caja llena de nitrógeno y herméticamente cerrada; pero tío Otto<br />
dijo que no importaba. De regreso al laboratorio, unos seiscientos kilómetros más</p>
<p>allá, el enfoque continuaba perfecto. También fue tío Otto quien me lo aseguró.<br />
Yo dije:<br />
– Dos cosas, tío Otto, antes de hacer nada.<br />
– ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? -Y siguió mucho más rato-: ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?<br />
Colegí que le dominaba la ansiedad. Y dije:<br />
– ¿Está seguro de que si traemos al presente un fragmento de un objeto<br />
perteneciente al pasado, ese fragmento no desaparecerá del objeto tal como<br />
ahora exista?<br />
Tío Otto hizo sonar los largos nudillos y dijo:<br />
– Creamos materia nueva, no robamos la vieja. ¿Para qué otro fin enormes<br />
cantidades de energía necesitaríamos?<br />
Yo pasé al segundo punto.<br />
– Y mis honorarios, ¿qué?<br />
Acaso ustedes no lo crean, pero hasta entonces no había mencionado el dinero<br />
para nada. Tampoco lo habia mencionado tío Otto. En su caso, era muy lógico.<br />
Los labios se le estiraron en una mala imitación de una sonrisa afectuosa.<br />
– ¿Honorarios?<br />
– El diez por ciento de lo que usted cobre -le dije.<br />
El hombre abrió la boca de sorpresa.<br />
– Pero ¿a cuánto ascenderá lo que cobre?<br />
– Quizá ascienda a cien mil dólares. A usted le corresponderian noventa mil.<br />
– ¡Noventa mil&#8230;! ¡Himmel! Entonces, ¿a qué esperamos?<br />
Saltó hacia la máquina y al medio minuto el espacio de encima de la bandeja del<br />
dentista brillaba con la imagen de un pergamino.<br />
Aquello aparecía cubierto de una letra pulcra, juntita, como si fuese una<br />
anotación para un premio de caligrafía antigua. Al final de la hoja había unos<br />
nombres: uno grande y cincuenta y cinco pequeños.<br />
¡Cosa curiosa! Me quedé sin aliento. Yo había visto muchas reproducciones, pero<br />
aquello era el documento original. ¡Era la auténtica Declaración de<br />
Independencia!<br />
– ¡Que me cuelguen! -exclamé-. Lo ha conseguido.<br />
– ¿Y los cien mil? -inquirió tío Otto, pasando al punto concreto.<br />
Había llegado el momento de darle una explicación.<br />
– Mire, tío, al final del documento hay firmas. Son los nombres de americanos<br />
eminentes, padres de su patria, a quienes todos reverenciamos. Cualquier cosa<br />
relativa a ellos interesa a todos los americanos.<br />
– De acuerdo refunfuñó tío Otto-, te acompañaré tocando el Stars and Stripes<br />
Forever con la flauta.<br />
Solté prestamente la carcajada para demostrar que tomaba a broma el<br />
comentario.<br />
Porque si no era una broma, no había quien lo resistiera. ¿Han oído alguna vez<br />
a mi tío tocando el Stars and Stripes Forever con la flauta?<br />
– Uno de los firmantes -expliqué-, procedente del Estado de Georgia, murió en<br />
1777, al año siguiente de haber firmado la Declaración. No dejó muchos<br />
recuerdos, de modo que las firmas auténticas suyas figuran entre las más<br />
valiosas del mundo. Se llamaba Button Gwinnett.<br />
– Pero ¿de qué nos sirve eso para ganar dinero? -preguntó tío Otto, siempre con<br />
la mente ceñudamente fija en las verdades eternas del universo.<br />
– Aquí -respondí sencillamente- tenemos una firma auténtica, verdadera, de<br />
Button Gwinnett, en la mismísima Declaración de Independencia.<br />
Tío Otto había quedado tan pasmado que guardaba un silencio absoluto, ¡y<br />
conste que para imponer un silencio absoluto a tío Otto hay que dejarlo<br />
realmente pasmado!<br />
– Pues ahora -dije yo-, ahí la tiene, exactamente en el extremo izquierdo del<br />
espacio reservado para las firmas, junto con los otros dos firmantes de Georgia:<br />
Lyman Hall y George Walton. Advertirá usted que amontonaron las firmas a pesar<br />
de haber espacio abundante encima y debajo. La verdad es que la G mayascula</p>
<p>de Gwinnett desciende hasta entrar en contacto prácticamente con el apellido de<br />
Hall. Por consiguiente, no trataremos de separarlos. Los grabaremos todos.<br />
¿Puede encargarse de ello?<br />
¿Han visto jamás un perro sabueso que pusiera semblante de estar contento?<br />
Pues mi tío Otto consiguió ponerlo.<br />
Una mancha de luz más intensa se posó sobre los nombres de los tres firmantes<br />
de Georgia.<br />
Tío Otto dijo, un poquitín cortado el aliento:<br />
– Hasta hoy, jamás había hecho este experimento.<br />
– ¿Qué? -grité yo. Ahora me lo decía.<br />
– Habría demasiada energía requerida. No deseaba que la universidad indagara<br />
qué estaba ocurriendo aquí. ¡Pero no te apures! Mis matemáticas no pueden estar<br />
equivocadas.<br />
Yo recé en silencio para que sus matemáticas no estuviesen equivocadas.<br />
La luz se hizo aún más brillante y se levantó un zumbido que fue llenando el<br />
laboratorio de un ruido áspero. Tío Otto hizo girar un botón, luego otro, y luego<br />
un tercero.<br />
¿Se acuerdan ustedes de aquella vez, hace sólo unas semanas, que todo el<br />
Manhattan alto y el Bronx se quedaron doce horas sin electricidad a causa del<br />
más condenado corte por exceso de carga en la central generadora principal? No<br />
diré que fuese culpa nuestra, porque no tengo ganas de que me procesen por<br />
daños y perjuicios; pero sí diré lo que sigue: la corriente cesó cuando tío Otto<br />
hizo girar el tercer botón.<br />
Fuera del laboratorio, todas las luces se apagaron y me encontré en el suelo con<br />
unos zumbidos terribles en los oídos. Tío Otto estaba tendido sobre mí.<br />
Nos ayudamos recíprocamente a ponernos en pie, y tío Otto encontró una<br />
lámpara eléctrica. Un momento después aullaba de angustia:<br />
– Fundida. Fundida. Mi máquina en ruinas está. A la destrucción entregada ha<br />
sido.<br />
– Pero ¿y las firmas? -le grité-. ¿Las tiene?<br />
El se interrumpió a mitad de un grito.<br />
– No lo he mirado.<br />
Mientras lo miraba, cerré los ojos. La desaparición de cien mil dólares no es cosa<br />
para mirarla tan tranquilamente.<br />
– ¡Ah! ¡Ah! -gritó él. Y yo abrí los ojos al momento. Tenía en la mano un trozo<br />
cuadrado de pergamino de unos cinco centímetros de lado. Había en él tres<br />
firmas, y la de arriba de todas era la de Button Gwinnett.<br />
Bueno, fíjense bien, la firma era absolutamente auténtica. No era una<br />
falsificación. No había ni un átomo de fraude en el negocio aquél. Quiero que se<br />
comprenda bien esto. En la ancha mano de mi tío reposaba una firma trazada por<br />
la georgiana mano del mismísimo Button Gwinnett en el pergamino auténtico,<br />
real y verdadero de la fidedigna, realisima y autentiquisima Declaración de<br />
Independencia.<br />
Decidimos que tío Otto se trasladarla a Washington con el pedazo de pergamino<br />
Yo no servía para el caso. Yo era abogado. Se supondría que estaba demasiado<br />
enterado. En cambio, él era meramente un genio científico; de él no se supondría<br />
que supiera nada. Además, ¿quién podría sopechar que el doctor<br />
Schlemmelmayer fuese capaz de nada más que de la honradez más pristina?<br />
Nos pasamos una semana retocando nuestra versión. Yo compré un libro para el<br />
caso (una vieja historia de la Georgia colonial) en una librería de ocasión. Mi tío<br />
Otto se lo llevaría consigo y afirmaría haber encontrado un documento entre sus<br />
páginas; una carta al Congreso Continental en nombre del Estado de Georgia.<br />
Pero al verlo levantó los hombros con indiferencia y sostuvo el pergamino sobre<br />
un mechero «Bunsen». ¿Qué interés había de sentir un físico por una carta?</p>
<p>Luego se dio cuenta del olor peculiar que despedía al arder y de la lentitud con<br />
que se consumía. Apagó las llamas, pero sólo pudo salvar el trozo con las firmas.<br />
Al mirarlas, el nombre de Button Gwinnett hizo vibrar una delgada fibra de su<br />
memoria.<br />
El se aprendió la versión al pie de la letra. Yo quemé los bordes del pergamino de<br />
forma que el nombre del fondo, el de George Walton, se chamuscara un poco.<br />
– Así parecerá más real -expliqué-. Por supuesto, una firma sin una carta encima<br />
pierde valor; pero aquí tenemos tres firmas; las de los tres representantes.<br />
Tío Otto estaba pensativo.<br />
– ¿Y si comparan las firmas con las de la Declaración y se dan cuenta de que<br />
hasta miradas al microscopio son idénticas, ¿no de fraude sospecharán?<br />
– Ciertamente. Pero ¿qué pueden hacer? El pergamino es auténtico. La tinta es<br />
auténtica. Las firmas son auténticas. Tendrán que reconocerlo. Por más que<br />
sospechen algo raro, no podrán probar nada. ¿Se les puede ocurrir la idea de<br />
retroceder en el tiempo para saber la verdad? Ojalá armaran mucho revuelo<br />
sobre el caso. La publicidad haría subir el precio.<br />
Esta última frase arrancó una carcajada a tío Otto.<br />
Al día siguiente, el inventor subió al tren para Washington contemplando<br />
mentalmente constelaciones de flautas. Flautas largas, flautas cortas, flautas<br />
bajas, flautas trémolo, flautas macizas, micro-flautas, flautas para solo y flautas<br />
para orquesta. Un mundo de flautas para música modulada con la mente.<br />
– Recuerda -fueron sus últimas palabras-, la máquina dinero no tengo para<br />
reconstruir. Esto debe salir bien.<br />
– No puede fallar, tío Otto -dije yo, ¡Ahí<br />
Al cabo de una semana estaba de vuelta. Yo había hablado con él, por teléfono,<br />
todos los días, y todos los días me había contestado que estaban investigando.<br />
Investigando.<br />
Claro, ¿no investigarían ustedes? Mas ¿de qué había de servirles?<br />
Yo estaba en la estación esperándole. Su cara permanecía inexpresiva. No me<br />
atrevía a preguntarle nada en público. Tenía muchas ganas de inquirir:<br />
«Bueno, ¿qué? ¿Sí o no?», pero pensé: «Dejemos que hable él»<br />
Lo llevé a mi oficina. Le ofrecí un cigarro y un trago. Escondí las manos bajo la<br />
mesa, con lo cual sólo logré que la mesa bailotease también; de modo que me las<br />
puse en los bolsillos y temblé todo yo entero.<br />
– Investigaron -dijo él.<br />
– ¡Claro! Ya le dije que investigarían. ¡Ja, ja, ja! ¿Ja, ja?<br />
Tío Otto dio una larga chupada al cigarro. Dijo:<br />
– El encargado de la Oficina de Documentos se acercó a mí y me dijo: «Profesor<br />
Schlemmelmayer, usted es víctima de un fraude inteligente.» Yo respondi: «¿Sí?<br />
¿Y cómo puede ser un fraude? ¿Acaso la firma una falsificación es?» Y él<br />
respondió: «En verdad que no parece una falsificación, ¡pero ha de serlo!» «¿Y<br />
por qué ha de serlo?», repliqué yo.<br />
Tío Otto dejó el puro, dejó el vaso y se inclinó hacia mí por encima de la mesa.<br />
Me tenía tan intrigado que yo me incliné hacia él, así que, en cierto modo, me<br />
hice acreedor a lo que me sucedió.<br />
– Eso es, precisamente -balbuceé-, ¿por qué ha de serlo? No pueden probar<br />
ninguna anormalidad en ella, porque es auténtica. ¿Por qué ha de ser un fraude,<br />
eh? ¿Por qué?<br />
La voz de tío Otto tenía un acento dulzón.<br />
– ¿Sacamos el pergamino del pasado? -preguntó.<br />
– Sí. Sí. Usted sabe que lo sacamos.<br />
– Muy pasado.<br />
– Más de ciento cincuenta años atrás. Usted dijo&#8230;<br />
– Y ciento cincuenta años atrás el pergamino en el que escribieron la Declaración<br />
de Independencia bonitamente nuevo estaba, ¿no?<br />
Yo empezaba a entender el problema, aunque no con bastante rapidez.<br />
La voz de tío Otto cambió de marcha y se convirtió en rugido opaco, retumbante:<br />
– Y si Button Gwinnett en 1777 murió, ¡so cabeza de leño abandonada de Dios!,<br />
¿cómo se puede encontrar una firma suya auténtica en un pedazo nuevo de<br />
pergamino?<br />
Después de lo cual todo se redujo a que el mundo se precipitaba adelante y atrás<br />
a mi alrededor.<br />
Espero que pronto podré volver a tenerme en pie. Todavía me duele todo el<br />
cuerpo; pero los médicos me dicen que no se me rompió ningún hueso.<br />
Con todo, tío Otto no me tuvo que obligar a tragarme el maldito pergamino.</p>
<p>
<em>Si confié en que a resultas de estos cuentos se me reconociera como a un maestro del humor, creo<br />
que fracasé.<br />
L. Sprague de Camp, uno de los escritores de ciencia ficción y fantasía que cosechaba mayores éxitos,<br />
se refería a mí en los siguientes términos, en su Science Fíction Handbook (Hermitage House, 1953),<br />
que, como ustedes ven, apareció poco después de aquellas, en mi opinión, afortunadas incursiones<br />
mías por el campo del humor:<br />
«Asimov es un individuo vigoroso, de aspecto joven, con el cabello castaño y ondulado, ojos azules y<br />
unas maneras exuberantes, joviales, efervescentes,<br />
a quien sus amigos aprecian mucho por su carácter generoso y afectivo. Extremadamente sociable,<br />
lógico y ocurrente, le gusta libar en diversos cálices. Esta vena de humor oral contrasta con la<br />
sobriedad de sus narraciones.»<br />
¡Sobriedad!<br />
Por otra parte, doce años después, Groff Conklin incluía Button, Button en su antología 13 Above the<br />
Níght (Dell, 1965) y decía, en parte: «Cuando el Buen Doctor&#8230; decide tomarse un día de vacaciones<br />
y hacerse el gracioso, es indudable, sabe ser gracioso de veras&#8230;»<br />
Bien, aunque tanto Groff como Sprague eran buenos amigos míos (Groff ha fallecido ya, por<br />
desgracia), no cabe duda de que en este caso concreto yo opino que Groff manifiesta buen gusto,<br />
mientras que Sprague no da una.<br />
De paso, y antes de seguir adelante, convendrá que explique la ocurrencia ésa del «carácter generoso<br />
y afectivo» que me atribuye Sprague y que quizá desconcierte a los que me tienen por un bruto<br />
perverso y corrompido.<br />
Creo que el prejuicio de Sprague en mi favor se funda en un solo incidente.<br />
Ocurrió en 1942, cuando Sprague y yo trabajábamos en los Astilleros Navales de Filadelfia. Estábamos<br />
en guerra, y necesitábamos placas para entrar. Cualquiera que olvidara la suya tenía que vérselas una<br />
hora entera con la burocracia para conseguir una temporal, le penalizaban con el sueldo de una hora,<br />
y anotaban la odiosa falta en su historial.<br />
Al encaminarnos hacia la puerta de entrada, aquel día, el semblante de Sprague adquirió un color<br />
verde pastel, y dijo:<br />
– ¡He olvidado mi placa!<br />
Estaba en camino de que le concedieran el grado de teniente de la Armada y temía que hasta una<br />
ligera mancha en su historial civil pudiera obrar un efecto pernicioso para el ascenso.<br />
Yo, en cambio, no iba camino de nada, y estaba tan acostumbrado, desde mis días de colegial, a que<br />
me enviaran al despacho del director, que los gritos que pudieran dirigirme las autoridades<br />
constituidas no me atemorizaban en absoluto. De modo que le entregué mi placa y le dije:<br />
– Entra, Sprague, y ponte ésta en la solapa.<br />
Entró y, en efecto, no le miraron la placa. Yo declaré haber perdido la mía y sufrí las penalizaclones.<br />
Sprague no olvidó jamás aquel incidente. Todavía hoy anda por ahí contándole a la gente lo buen<br />
muchacho que soy, a pesar de que todo el mundo le mira con ojo incrédulo. Aquel solo e impulsivo<br />
gesto ha dado origen a toda una vida de ferviente propaganda pro-Asimov. Haz bien y no mires a<br />
quién&#8230;<br />
Pero sigamos adelante.</em></p>
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		<title>Polvo Mortal</title>
		<link>http://asimov.blogomundo.com/2007/04/13/polvo-mortal/</link>
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		<pubDate>Fri, 13 Apr 2007 16:00:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hari Seldon</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Completos en la Web]]></category>

		<category><![CDATA[Relatos breves]]></category>

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		<description><![CDATA[Una nueva historia completa en la web&#8230;
Año: desconocido
Formato: Web/Completo
Páginas: 10
Enlace:  &#8220;Polvo Mortal&#8221;
PROLOGO
En un principio había planeado hacer que esta fuera otra historia de Wendell Urth, pero estaba a punto de publicarse una nueva revista y quería estar representado en ella con algo que no pareciera un resto de otra publicación. Hice las variaciones oportunas. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una nueva historia completa en la web&#8230;</p>
<p><strong>Año:</strong> desconocido<br />
<strong>Formato:</strong> Web/Completo<br />
<strong>Páginas:</strong> 10<br />
<strong>Enlace: </strong> &#8220;<a href="http://asimov.blogomundo.com/relatos/ISAAC ASIMOV - Polvo mortal.zip">Polvo Mortal</a>&#8221;</p>
<p><strong>PROLOGO</strong></p>
<p><em>En un principio había planeado hacer que esta fuera otra historia de Wendell Urth, pero estaba a punto de publicarse una nueva revista y quería estar representado en ella con algo que no pareciera un resto de otra publicación. Hice las variaciones oportunas. Ahora estoy un poco arrepentido; le he estado dando vueltas a la idea de escribir de nuevo el relato para este volumen y volver a incluir al doctor Urth, pero la desidia es la que ha triunfado al final.</em></p>
<p><strong>Comienzo:</strong> </p>
<p>Como todos los hombres que trabajaban para el gran Llewes, Edmund Farley llegó al punto en que pensaba con vehemencia en el placer que le daría matar al tal gran Llewes.</p>
<p>Ningún hombre que no haya trabajado para Llewes Podría entender completamente ese sentimiento. Llewes (los hombres se olvidaban de su nombre de pila, o llegaban a pensar casi inconscientemente que era Grande; así, con G mayúscula) era el prototipo que todo el mundo imaginaba de gran investigador de lo desconocido: a la vez implacable y brillante, no se rendía ante el fracaso ni dejaban de ocurrírsele jamás nuevos y más ingeniosos modos de abordar el problema.</p>
<p>Llewes era un especialista en química orgánica que había puesto el Sistema Solar al servicio de su ciencia. El fue el primero en utilizar la Luna para llevar a cabo reacciones a gran escala que debían realizarse en el vacío, a temperaturas de ebullición o de licuación del aire, según la época del mes. La fotoquímica se convirtió en algo nuevo y maravilloso cuando se enviaron aparatos cuidadosamente diseñados para que flotaran libremente en órbita alrededor de las estaciones espaciales.</p>
<p>Pero, a decir verdad, Llewes era un ladrón de méritos, pecado casi imposible de perdonar. Cuando a un estudiante desconocido se le ocurrió por primera vez montar un aparato en la superficie lunar, o un técnico diseñó el primer reactor espacial autónomo, no se sabe cómo, ambos logros acabaron asociándose al nombre de Llewes.</p>
<p><span id="more-14"></span></p>
<p>Y no se podía hacer nada. Si un empleado, en su indignación, llegaba a renunciar a su empleo, perdía su recomendación y se encontraba en dificultades para conseguir otro trabajo. Sin pruebas, su palabra no tenía ningún valor frente a la de Llewes. Por otra parte, aquellos que seguían con él, los que aguantaban y se marchaban finalmente con su favor y su recomendación, tenían asegurado su éxito futuro.</p>
<p>Pero mientras permanecían allí, disfrutaban al menos del dudoso placer de contarse entre sí el odio que le tenían.</p>
<p>Y Edmund Farley tenía sobrados motivos para unirse a este coro. Había vuelto de Titán, el mayor satélite de Saturno, donde había instalado él solo -ayudado únicamente por robots- un equipo para utilizar con pleno rendimiento la reducida atmósfera de dicho satélite. Los planetas mayores tienen sus atmósferas compuestas de hidrógeno y metano en su mayor parte; pero Júpíter y Saturno eran demasiado grandes para habérselas con ellos, y Urano y Neptuno resultaban muy caros todavía por alejados que estaban. Titán, sin embargo, era del tamaño de Marte; es decir, era lo bastante pequeño como para poder trabajar en él y lo bastante grande y frío como para conservar una atmósfera entre media y enrarecida de hidrógeno y metano.</p>
<p>Las reacciones a gran escala podían llevarse a cabo fácilmente en esa atmósfera de hidrógeno, mientras que en la Tierra, esas mismas reacciones ofrecían dificultades cinéticas. Durante medio año había estado Farley trazando una y otra vez los planos de Titán y soportando sus condiciones, y había regresado a la Tierra con una serie de datos sorprendentes. Sin embargo, sin saber cómo, casi inmediatamente después, Farley tuvo ocasión de ver cómo sus datos se fragmentaban y empezaban a adquirir nueva forma, como si fueran un logro de Llewes.</p>
<p>Los demás le compadecieron, se encogieron de hombros y le brindaron su amistad. A Farley se le puso tenso su rostro marcado por el acné, apretó sus finos labios y escuchó cómo tramaban los demás acciones violentas.</p>
<p>Jim Gorham era el más hablador. Farley sentía cierto desprecio por él porque era un «hombre del vacío», que jamás había salido de la Tierra.</p>
<p>-Llewes es un hombre fácil de matar por lo metódico de sus costumbres -dijo Gorham-. Podéis contar con eso. Por ejemplo, fijáos en ese empeño que tiene de comer a solas. Cierra su despacho a las doce exactamente Y lo abre a la una en punto. ¿No es así? Nadie entra en su despacho durante ese intervalo, de modo que el veneno tiene tiempo de sobra para hacer su efecto.</p>
<p>-¿Veneno? -preguntó Belinsky dubitativo.</p>
<p>-Es fácil. Aquí hay venenos de todas clases. Pide el que quieras; verás como lo tenemos. Bien. Llewes toma un queso suizo untado en pan de centeno, con una clase especial de condimento que tiene un fuerte sabor a cebolla. Todos lo sabemos, ¿no? Estamos cansados de notarle el olor durante toda la tarde, y recordamos también el grito de desencanto que lanzó cuando se agotó el condimento en el comedor una vez, la primavera pasada. Nadie se atreve ya a tocar el condimento ese, así que el veneno que se le echara mataría a Llewes y a nadie más&#8230;</p>
<p>Todo eso no era más que una especie de fantasía durante el almuerzo, pero no para Farley.</p>
<p>Siniestramente, y en serio, decidió asesinar a Llewes.</p>
<p>Se convirtió para él en una obsesión.- La sangre le producía cosquilleos cuando imaginaba a Llewes muerto, y se veía a sí mismo adjudicándose los honores a los que tenía derecho por todos aquellos meses que había vivido en una pequeña burbuja de oxígeno y había tenido que andar por regiones de amoníaco helado, apartando productos y montando nuevas reacciones en los vientos tenues y fríos de hidrógeno y metano.</p>
<p>Pero tenía que ser algo que no pudiera hacerle daño a nadie más que a Llewes. Esto dificultaba la cuestión y enfocaba las cosas hacia la sala de las atmósferas de Llewes. Se trataba de una habitación larga y baja, aislada del resto de los laboratorios por bloques de cemento y puertas a prueba de fuego. Nunca entraba nadie en ella excepto Llewes, a no ser en presencia de éste y con permiso suyo. No es que la habitación estuviera realmente cerrada con llave. La férrea tiranía que Llewes había establecido hacía que el descolorido pedazo de papel en el que se leía «Prohibida la Entrada», firmado con sus iniciales, resultara una barrera más grande que cualquier cerradura&#8230; menos cuando el deseo de matar fuera superior a todo lo demás.</p>
<p>Entonces, ¿qué posibilidades ofrecía la sala de las atmósferas? Las comprobaciones habituales de Llewes, sus precauciones casi infinitas, no dejaban nada al azar. Cualquier manipulación que se hiciera en el equipo, a menos, que fuera excepcionalmente sutil, sería descubierta con toda seguridad.</p>
<p>¿Un incendio entonces? En la sala de las atmósfera, había cantidades de material inflamable, pero Llewes no fumaba y estaba perfectamente preparado para un caso de peligro de incendio. Nadie estaba tan apercibido como él para esa eventualidad.</p>
<p>Farley pensó con impaciencia en el hombre de quien tan difícil parecía tomarse justa venganza, en ese ladrón que jugaba con sus pequeños tanques de metano e hidrógeno, cuando Farley los había usado por millas cúbicas. Llewes, con sus pequeños tanques, había alcanzado la fama; Farley, manejando millas cúbicas, había quedado en el olvido.</p>
<p>Todos esos pequeños depósitos de gas, cada uno de un color, constituían cada uno una atmósfera sintética. El gas de hidrógeno estaba en los depósitos marrones, y el dióxido de carbono que contenían los plateados formaba la atmósfera de Venus. Los depósitos amarillos de aire comprimido y los verdes de oxígeno estaban para cuando necesitaba operar con la química terrestre. Era un desfile de colores como el arco iris, y cada color se había convenido siglos atrás.</p>
<p>Entonces le vino la idea. No llegó a ella penosamente, sino que se le ocurrió de repente. En un instante había cristalizado todo en el espíritu de Farley y se dio cuenta de lo que tenía que hacer.</p>
<p>Farley esperó un penoso mes hasta el 18 de septiembre, que era el Día del Espacio. Era el aniversario del primer vuelo espacial tripulado, y nadie trabajaría esa noche. El Día del Espacio era, de todas las fiestas, la más significativa para los científicos, y hasta el laborioso Llewes iría a divertirse.</p>
<p>Farley entró esa noche en los laboratorios Orgánicos Centrales -por llamarlos por su nombre oficial- seguro de pasar inadvertido. Los laboratorios no eran bancos o museos. No había peligro de robo, y los vigilantes nocturnos se tomaban su cometido con mucha filosofía.</p>
<p>Farley cerró la puerta principal cuidadosamente tras de sí y avanzó con cautela por los pasillos oscuros hacia la sala de las atmósferas. Iba provisto de una linterna, un frasquito de polvo negro y un pincel que había comprado en una tienda de artículos de pintura al otro lado de la ciudad, tres semanas antes. Llevaba puestos unos guantes.</p>
<p>Lo más difícil de todo fue entrar realmente en la sala de las atmósferas. La prohibición de la puerta le coartaba más que la prohibición general de asesinar. Sin embargo, una vez que hubo entrado, una vez pasado el riesgo mental, el resto fue fácil.</p>
<p>Cubrió la linterna y encontró el depósito sin un titubeo. El corazón le latía tan fuerte que casi le ensordecía, mientras su respiración se hacía más agitada y las manos le temblaban.</p>
<p>Se puso la linterna debajo del brazo y metió la punta del pincel en el polvo negro. Una vez impregnado, Farley apuntó con él al interior de la boquilla del manómetro sujeto al depósito. Tardó unos segundos, largos como milenios, en meter la temblorosa punta del pincel en la boquilla.</p>
<p>Farley lo movió con cuidado, lo mojó de nuevo en el polvo negro y lo introdujo una vez más en la boquilla. Repitió la operación una y otra vez, casi hipnotizado por la intensidad de su propia concentración. Finalmente, haciendo uso de un trocito de pañuelo de papel mojado con saliva, empezó a limpiar el anillo exterior de la boquilla, enormemente aliviado de ver que había terminado el trabajo y que no tardaría en salir de allí.</p>
<p>Fue entonces cuando se le quedó paralizada la mano y le invadió la angustiosa incertidumbre del miedo. Lo linterna se le cayó estrepitosamente al suelo.</p>
<p>¡Idiota! ¡Perfecto y desdichado idiota! ¡No lo había pensado bien!</p>
<p>¡Bajo la violencia de su emoción y ansiedad, había elegido el depósito que no era!</p>
<p>Agarró la linterna, la apagó y con el corazón latiéndole violentamente, prestó atención por si sonaba algún ruido</p>
<p>En el prolongado silencio de muerte, fue recobrando parcialmente el dominio de sí y se esforzó por considerar que lo que había podido hacer una vez podía repetirlo de nuevo. Puesto que había estado manipulando el&#8217; el depósito que no era, hacerlo en el que era sólo le llevaría un par de minutos más.</p>
<p>Otra vez entraron en acción el pincel y el polvo negro.</p>
<p>Al menos no se le había caído el frasco de polvo; el polvo mortal y abrasador. Esta vez no se había equivocado de depósito.</p>
<p>Terminó y limpió de nuevo la boquilla con mano terriblemente temblorosa. Paseó entonces la luz de la linterna a su alrededor y la detuvo sobre una botella reactiva de tolueno. Eso le serviría. Desenroscó el tapón de plástico, derramó un poco de tolueno por el suelo, y dejó la botella abierta.</p>
<p>A continuación salió a trompicones del edificio como en un sueño, echó a correr hacia la residencia y se refugió en su propia habitación. A lo que a él se le alcanzaba, nadie había reparado en él durante todo este tiempo.</p>
<p>Se deshizo del pañuelo que había empleado para limpiar las boquillas de los depósitos de gas metiéndolo en el desintegrador de basuras, donde no tardó en sufrir una descomposición molecular. Lo mismo ocurrió con el pincel que arrojó a continuación.</p>
<p>No podía desembarazarse del frasco de polvo de igual manera, a no ser que hiciera algunos ajustes en el desintegrador de basuras, cosa que le parecía muy arriesgada. Iría andando al trabajo, como hacía a menudo, y lo tiraría desde el puente de la Calle Central&#8230;</p>
<p>A la mañana siguiente, Farley se contempló en el espejo y se preguntó si se atrevería a ir a trabajar. La idea era una estupidez; a lo que no se atrevería era a no ir a trabajar. No debía hacer nada que pudiera atraer la atención hacia sí en este día tan especial.</p>
<p>Con sorda desesperación, puso todo su empeño en reproducir sus actos normales insignificantes que ocupaban la mayor parte del día. Era una mañana cálida y agradable, y fue andando al trabajo. No necesitó más que un simple movimiento de muñeca para deshacerse del frasco. Provocó una pequeña salpicadura en el río, se llenó de agua y se hundió.</p>
<p>Poco más tarde, se hallaba sentado en su mesa de despacho contemplando fijamente su computador manual. Mora que ya estaba hecho, ¿daría resultado? Puede que a Llewes le pasara inadvertido el olor a tolueno. ¿Por qué no? El olor no era agradable, pero tampoco repugnante. Los químicos orgánicos estaban acostumbrados a él.</p>
<p>Luego, si Llewes seguía interesado en los procedimientos de hidrogenación que Farley había traído de Titán, no tardaría en poner en funcionamiento el depósito de gas. No tenía más remedio. Después de un día de fiesta, Llewes estaría más ansioso que de costumbre por volver al trabajo.</p>
<p>Entonces, tan pronto como hiciera girar la llave del manómetro, se escaparía un poco de gas y se convertiría en una lengua de fuego. Si había la cantidad apropiada de tolueno en el aire, se transformaría inmediatamente en una explosión&#8230;</p>
<p>Tan sumido estaba Farley en sus meditaciones que aceptó el sordo estampido a distancia como un producto de su propia imaginación, un contrapunto de sus pensamientos, hasta que oyó ruido de pasos.</p>
<p>Farley levantó la vista, y con la garganta seca, gritó:</p>
<p>-Qué&#8230; qué&#8230;</p>
<p>-No sé -le contestó a voces el otro-. Algo ha ocurrido en la sala de las atmósferas. Una explosión. Hay un lío de mil diablos.</p>
<p>Habían puesto en marcha los extintores; apagaron las llamas y sacaron de entre las ruinas a un Llewes destrozado y lleno de horribles quemaduras. No le quedaba más que un soplo de vida, y murió antes de que el doctor tuviera tiempo de predecirlo.</p>
<p>Edrnund Farley se mantuvo apartado del grupo que rondaba en torno al lugar del suceso con insaciable y tremenda curiosidad. Su palidez y el brillo del sudor de su rostro no le distinguieron, en ese momento, de entre los demás. Volvió temblando a su despacho. Ahora se podía permitir el caer enfermo. A nadie le chocaría.</p>
<p>Pero, no se sabe por qué, no ocurrió así. Terminó el día, y por la noche empezó a quitársele el peso de encima. accidentes son los accidentes, ¿no? Había riesgos  de tipo profesional que todos los químicos corrían, especialmente aquellos que manejaban compuestos inflamables. Nadie sospecharía lo que había pasado.</p>
<p>Y si alguien llegaba a sospecharlo, ¿qué posibilidades tenía de llegar hasta Edmund. Farley? El no tenía más que seguir como si nada hubiera ocurrido.</p>
<p>¿Nada? Dios mío, el mérito por lo de Titán sería ahora suyo. Sería un hombre famoso.</p>
<p>Efectivamente, se le quitó el peso de encima, y esa noche durmió.</p>
<p>Jim Gorham había desmejorado un poco en veinticuatro horas. Se le habían quedado tiesos los rubios pelos de la cabeza, y sólo el color claro de su barba disimulaba la necesidad que tenía de un buen afeitado.</p>
<p>-Todos hablábamos de asesinarle -dijo.</p>
<p>H. Seton Davenport, de la Oficina Terrestre de Investigación, daba metódicos golpecitos sobre el tablero de la mesa, tan quedos que no se podían oír. Era un hombre fornido, de rostro firme y pelo negro; su nariz afilada y prominente estaba hecha más para utilizarla que para adornar; y tenía una cicatriz en la mejilla en forma de estrella.</p>
<p>-¿En serio? -preguntó.</p>
<p>-No &#8211;dijo Gorham, negando violentamente con la cabeza . Al menos, a mí no me lo parecía. Los planes que trazábamos eran disparatados: untarle los bocadillos de veneno y ponerle ácido en el helicóptero. Sin embargo, alguien ha debido tomarse en serio la cuestión&#8230; i Qué loco! ¡Por qué lo habrá hecho!</p>
<p>-Según lo que usted ha dicho &#8211;dijo Davenport-, creo que porque el muerto se apropiaba del trabajo de Otras personas.</p>
<p>-¿Y qué? -exclamó Groham-. Era el precio que cobraba por lo que hacía. El mantenía unido a todo el equipo. Era los músculos y las tripas del grupo. Llewes era el que se enfrentaba con el Congreso y conseguía la subvención. El era el que obtenía permiso para llevar a cabo los proyectos del espacio y enviar hombres a la Luna o adonde fuera. Convencía a las Compañías de Líneas espaciales e industriales para que emprendieran trabajos de millones de dólares para nosotros. El dirigía el Organo Central.</p>
<p>-¿Se ha dado cuenta de todo eso de la noche a la mañana?</p>
<p>-Realmente, no. Siempre lo he sabido; pero ¿qué podía hacer? He renunciado por miedo a los viajes espaciales; encontré excusas para evitarlos. Yo era un hombre del vacío, y ni siquiera he llegado a visitar jamás la Luna. La verdad es que tenía miedo, pero lo que más miedo me daba era que los demás me lo notaran &#8211;dijo como escupiendo desprecio por sí mismo.</p>
<p>-¿Y quiere encontrar ahora a alguien a quien castigar? &#8211;dijo Davenport-. ¿Quiere compensar al Llewes muerto de ese crimen que usted cometió contra el Llewes vivo?</p>
<p>-¡No! No mezcle usted en esto a la psiquiatría. Le aseguro que es un asesinato. Tiene que serlo. Usted no conocía a Llewes. Era un monomaníaco de la seguridad. No había posibilidad de que ocurriera ninguna explosión cerca de él, a menos que la hubieran preparado cuidadosamente.</p>
<p>-¿Qué es lo que estalló, doctor Gorham? -preguntó Davenport encogiéndose de hombros.</p>
<p>-Pudo ser cualquier cosa. El manejaba sustancias orgánicas de todas clases: benceno, éter, piridina&#8230; y todos ellos inflamables.</p>
<p>-Yo estudié química hace tiempo, doctor Gorham, Y ninguno de esos líquidos puede explotar a la temperatura ambiente, según recuerdo. Tiene que haber alguna clase de calor, una chispa, una llama.</p>
<p>-Desde luego, hubo fuego.</p>
<p>-¿Cómo se produjo?</p>
<p>-No tengo ni idea. No había mecheros ni cerillas en la sala. Los equipos eléctricos estaban todos fuertemente protegidos. Incluso las cosas más corrientes, corno las pinzas, estaban fabricadas especialmente de bírilío y cobre, u otras aleaciones que no producen chispas. Llewes no fumaba, y habría despedido inmediatamente a cualquiera que se acercara a cien metros de la sala con un cigarrillo encendido.</p>
<p>-¿Qué fue, entonces, lo último que manejó él?</p>
<p>-Es difícil decirlo. La sala parecía una auténtica leonera.</p>
<p>-Pero ya la habrán ordenado, supongo.</p>
<p>-No &#8212;contestó el químico con repentina ansiedad-. Me cuidé de que no lo hicieran. Dije que teníamos que investigar las causas del accidente para comprobar que no fue una negligencia. Ya sabe, para evitar la mala publicidad. Así que está intacta.</p>
<p>-Muy bien -asintió Davenport-. Vamos a echarle una mirada.</p>
<p>Ya en la sala ennegrecida y destrozada, dijo Davenport:</p>
<p>-¿Qué es lo más peligroso del equipo que hay aquí?</p>
<p>Gorham miró a su alrededor.</p>
<p>-Los tanques de oxígeno comprimido &#8212;dijo señalándolos.</p>
<p>Davenport miró los depósitos de diversos colores pegados a la pared y sujetos con una cadena. Algunos descansaban pesadamente contra la cadena, torcidos por la fuerza de la explosión.</p>
<p>-¿Qué me dice de éste? &#8212; dijo Davenport. Dio una</p>
<p>Patada a un depósito rojo que estaba volcado en el suelo<br />
en medio de la habitación. Era pesado y no se movió.</p>
<p>-Ese es de hidrógeno &#8211;dijo Gorham.</p>
<p>-El hidrógeno es explosivo, ¿no?</p>
<p>-Es cierto&#8230; cuando se le enciende.</p>
<p>-Entonces, ¿por qué dice que el oxígeno comprimido es el más peligroso? El oxígeno no explota, ¿no es cierto?</p>
<p>-No. Ni arde tampoco, pero favorece la combustión. Las cosas se queman en él.</p>
<p>-¿Y?&#8230;</p>
<p>-Bueno mire -la voz de Gorham pareció animarse ligeramente ahora era el científico explicando algo sencillo a un profano inteligente-. Se puede dar el caso de que alguien engrase la válvula antes de enroscarla en el depósito, para que cierre más herméticamente. 0 untarla de algo inflamable por equivocación. Entonces, al abrir la válvula, estallaría y la haría saltar. Entonces el oxígeno del depósito saldría a chorro con la fuerza de un reactor en miniatura y derribaría la pared; el calor de la exploxión podría hacer arder los líquidos inflamables de alrededor,</p>
<p>-¿Están intactos los tanques de oxígeno en este lugar?</p>
<p>-Sí, lo están.</p>
<p>Davenport le dio una patada al depósito de hidrógeno que tenía a sus pies.</p>
<p>-El manómetro de este depósito marca cero. Supongo que eso significa que se estaba utilizando en el momento de la explosión y que se ha ido vaciando después.</p>
<p>-Supongo que sí -asintió Gorham.</p>
<p>-¿Se podría hacer estallar el hidrógeno untando aceite en el manómetro?</p>
<p>-Desde luego que no.</p>
<p>Davenport se frotó la barbilla.</p>
<p>-¿Hay algo que pueda hacer arder el hidrógeno, aparte de cualquier chispa?</p>
<p>-Un catalizador -murmuró Gorharn&#8212;. El polvo negro de platino es el mejor. Se trata de platino en polvo.</p>
<p>Davenport pareció sorprenderse.</p>
<p>-Jienen ustedes polvo de ese?</p>
<p>-Por supuesto. Es caro, pero no hay nada mejor para catalizar hidrogenaciones -se quedó en silencio y contempló el depósito de hidrógeno durante largo rato- Polvo negro de platino -murmuró finalmente- Me pregunto&#8230; </p>
<p>-Entonces, el polvo negro de platino podría hacer arder el hidrógeno, ¿no?</p>
<p>-Sí, claro. Da lugar a que se combinen el hidrógeno Y el oxígeno a temperatura ambiente. No es necesario el calor. La explosión ocurriría igual que si hubiera sido causada por el calor, exactamente igual&#8230;</p>
<p>La excitación fue subiendo de tono en la voz de Gorham, y cayó de rodillas junto al depósito de hidrógeno. Pasó el dedo por el extremo ennegrecido. Puede que no fuera más que hollín, pero también podía ser&#8230;</p>
<p>Se puso en pie.</p>
<p>- Señor, así es como han debido hacerlo. Voy a sacar las partículas que pueda de esa sustancia extraña que tiene la boquilla y hacerle un análisis espectrográfico.</p>
<p>-¿Cuánto tardará?</p>
<p>-Deme unos quince minutos de tiempo.</p>
<p>Gorham volvió a los veinte minutos. Davenport había hecho una meticulosa inspección por el laboratorio incendiado. Levantó la vista.</p>
<p>-¿Y bien?</p>
<p>-Lo hay &#8211;dijo Gorham triunfante&#8212;. No mucho, pero lo hay.</p>
<p>Mostró un trozo de negativo en el que se veía a contraluz una serie de pequeñas líneas blancas y paralelas, irregularmente espaciadas y con distintos grados de brillantez.</p>
<p>-La mayor parte es materia extraña, pero ¿ve usted estas líneas?&#8230;</p>
<p>Davenport lo observó de cerca.</p>
<p>-Son muy débiles. ¿Podría jurar usted ante un tribunal que se trata de platino?</p>
<p>-Sí &#8211;contestó Gorham inmediatamente.</p>
<p>-¿Lo juraría otro químico? Si se le mostrara esta foto a un químico contratado por la defensa, ¿podría alegar éste que las líneas son demasiado débiles para que pueda constituir una prueba evidente?</p>
<p>Gorham guardó silencio.</p>
<p>Davenport se encogió de hombros.</p>
<p>-Pero si está aquí &#8211;exclamó el químico-. El chorro de gas y la explosión han debido hacerlo desaparecer casi todo. No se puede esperar que quede mucho. Lo comprende, ¿no?</p>
<p>Davenport miró pensativo a su alrededor.</p>
<p>-Sí. Admito que existe una posibilidad bastante razonable de que sea un asesinato. Así que busquemos ahora nuevas y mejores pruebas. ¿Es este, a su juicio, el único depósito que han manipulado?</p>
<p>- No lo sé.</p>
<p>-Entonces, lo primero que vamos a hacer es comprobar los demás depósitos de la sala. Y lo demás, también Si hay un asesino, es posible que haya preparado otras trampas en la sala. Hay que comprobarlo.</p>
<p>- Empezaré&#8230; &#8212;comenzó a decir Gorham ansioso.</p>
<p>-No&#8230; usted, no -dijo Davenport-. Mandaré a un hombre de nuestros laboratorios para que lo haga.</p>
<p>A la mañana siguiente, Gorham estaba de nuevo en el despacho de Davenport. Esta vez le habían llamado.</p>
<p>-Tenía usted razón, se trata de un asesinato -dijo Davenport- Había otro depósito en las mismas condiciones.</p>
<p>-¡Lo ve!</p>
<p>- Un depósito de oxígeno. Encontramos polvo negro de platino en el extremo interior de la boquilla. Había bastante.</p>
<p>- ¿Polvo de platino? ¿En el depósito de oxígeno?</p>
<p>-Eso es -asintió Davenport-. ¿Por qué supone usted que harían tal cosa?</p>
<p>Gorham hizo un gesto negativo con la cabeza.</p>
<p>-El oxígeno no habría ardido, nada lo habría hecho arder. Ni siquiera el polvo negro de platino.</p>
<p>-Por tanto, el asesino debió de ponerlo en el depósito de oxígeno por equivocación, con el nerviosismo del momento. Seguramente se dio cuenta después y lo puso en el depósito que había pensado, pero con eso nos ha dejado la prueba definitiva de que es un asesinato y no un accidente.</p>
<p>-Sí. Ahora solamente es cuestión de encontrar al autor.</p>
<p>-¿Solamente, doctor Gorham? ¿Y cómo lo haremos? Nuestra pieza no nos ha dejado su tarjeta de visita. Hay un montón de personas en los laboratorios con motivos para hacerlo, y un número mayor aún con los necesarios conocimientos químicos para cometer el crimen y la oportunidad de llevarlo a cabo. ¿Hay alguna posibilidad de seguirle la pista al polvo de platino?</p>
<p>-No &#8211;dijo Gorham inseguro-. Hay una veintena de personas que pueden haber entrado sin dificultad en el almacén especial. ¿Hay coartadas?</p>
<p>- ¿Para qué momento?</p>
<p>- Para la noche anterior.</p>
<p>Davenport se inclinó sobre su mesa.</p>
<p>-¿Cuándo fue la última vez, antes del momento fatal, que el doctor Llewes utilizó el depósito de hidrógeno?</p>
<p>-Pues&#8230; no lo sé. Trabajaba solo. Muy en secreto. Era parte de su modo de adjudicarse el mérito él solo.</p>
<p>-Sí, lo sé. Hemos hecho nuestras propias indagaciones. Así que el polvo negro de platino pudieron haberlo colocado en el depósito una semana antes, por lo que nosotros sabemos.</p>
<p>-Entonces, ¿qué hacemos? -murmuró Gorham con desaliento.</p>
<p>-El único punto que se puede abordar &#8212;dijo Davenport&#8211;, a mi juicio, es el del polvo negro de platino en el depósito de oxígeno. Es un hecho irracional y en su explicación podemos encontrar la solución. Pero yo no soy químico y usted sí; así que, si la respuesta ha de venir de alguna parte, tiene que ser de usted. ¿Pudo haber sido un error?&#8230; ¿Pudo el asesino haber confundido el oxígeno con el hidrógeno?</p>
<p>Gorham negó inmediatamente con la cabeza.</p>
<p>-No. Ya sabe usted lo de los colores. Un tanque pintado de verde es de oxígeno, un tanque pintado de rojo es, de hidrógeno.</p>
<p>-¿Y si fuera daltónico? -preguntó Davenport</p>
<p>Esta vez Gorham se tomó más tiempo.</p>
<p>-No &#8212;contestó finalmente&#8212;. Los que padecen daltonismo no se dedican a la química, por lo general. El distinguir los colores en las reacciones químicas es demasiado importante. Y sí alguien de esta organización fuera daltónico, tendría bastantes problemas entre unas cosas otras, de modo que los demás lo sabríamos.</p>
<p>Davenport asintió. Se tocó la cicatriz de la mejilla con aire distraído.</p>
<p>-Muy bien. Si no untaron el depósito de oxígeno por ignorancia y por accidente, ¿pudieron hacerlo a propósito? ¿De una manera deliberada?</p>
<p>-No lo comprendo.</p>
<p>-Quizá el asesino tenía un plan lógico en su mente cuando untó el depósito de oxígeno y luego cambió de plan. ¿Existe alguna circunstancia bajo la cual el polvo negro de platino pueda ser peligroso en presencia del oxígeno? ¿Alguna circunstancia? Usted es químico, doctor Gorham.</p>
<p>El semblante del químico adoptó una expresión de desconcierto. Negó con la cabeza.</p>
<p>-No, ninguna. Imposible. A menos&#8230;</p>
<p>-¿A menos?</p>
<p>-Bueno, ese es ridículo, pero si se produce el chorro de oxígeno en un tanque de gas de hidrógeno, el polvo negro de platino del depósito puede resultar peligroso. Naturalmente, se necesitaría un tanque de grandes dimensiones para lograr una explosión satisfactoria.</p>
<p>-Supongamos &#8211;,dijo Davenport- que nuestro asesino hubiera planeado llenar la habitación de hidrógeno y abrir luego el tanque de oxígeno.</p>
<p>Gorham, con media sonrisa en la boca, dijo:</p>
<p>-Pero, ¿para qué molestarse con la atmósfera de hidrógeno cuando&#8230;? -la media sonrisa se le borró por completo, viniendo a sustituirla una intensa palidez. Y exclamó-: ¡Farley! ¡Edrnund Farley!</p>
<p>-¿Qué ocurre?</p>
<p>-Farley acaba de regresar después de una estancia de seis meses en Titán&#8212;dijoGorham con una creciente excitación-. Titán tiene una atmósfera de hidrógenometano. Es el único hombre de aquí que ha realizado experiencias en una atmósfera de este tipo, y todo tiene sentido ahora. En Titán, un chorro de oxígeno se combinaría con el hidrógeno que le rodea si se calentara, o se tratara con polvo negro de platino. Un chorro de hídrógeno no se quemaría. La situación sería exactamente la opuesta a la existente en la Tierra. Tiene que haber sido Farley. Cuando entró en el laboratorio de Llewes para preparar la explosión, puso el polvo negro de platino en el oxígeno debido a su reciente costumbre. Cuando se dio cuenta de que la situación en la Tierra era al revés, ya no tenía remedio.</p>
<p>Davenport asintió con severa satisfacción.</p>
<p>- Sí, eso parece que encaja.</p>
<p>Alargó la mano a un intercomunicador y dijo a un invisible escucha del otro extremo:</p>
<p>- Envíe a un hombre a buscar al doctor Edmund Farley, de la Central Orgánica. </p>
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		<title>En Puerto Marte y Sin Hilda</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Apr 2007 16:00:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hari Seldon</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Sin clasificar]]></category>

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		<description><![CDATA[A continuación puedes leer el primer párrafo del texto&#8230; para seguir leyéndolo debes descargar el PDF que hay a continuación.
Año: 1957
Formato: PDF
Páginas: 10
Descarga:  &#8220;En Puerto Marte y Sin Hilda&#8221;
Comienzo:
Todo empezó como un sueño. No tuve que preparar nada, ni disponer las cosas de antemano. Me limité a observar cómo todo salía por sí solo&#8230; [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A continuación puedes leer el primer párrafo del texto&#8230; para seguir leyéndolo debes descargar el PDF que hay a continuación.</p>
<p><strong>Año:</strong> 1957<br />
<strong>Formato:</strong> PDF<br />
<strong>Páginas:</strong> 10<br />
<strong>Descarga: </strong> &#8220;<a href="http://asimov.blogomundo.com/relatos/ISAAC%20ASIMOV%20-%20En%20Puerto%20Marte%20y%20sin%20Hilda.pdf">En Puerto Marte y Sin Hilda</a>&#8221;</p>
<p><strong>Comienzo:</strong></p>
<p>Todo empezó como un sueño. No tuve que preparar nada, ni disponer las cosas de antemano. Me limité a observar cómo todo salía por sí solo&#8230; Tal vez eso debería haberme puesto sobre aviso, y hacerme presentir la catástrofe.<br />
Todo empezó con mi acostumbrado mes de descanso entre dos misiones. Un mes de trabajo y un mes de permiso constituye la norma del Servicio Galáctico. Llegué a Puerto Marte para la espera acostumbrada de tres días antes de emprender el breve viaje a la Tierra.<br />
En circunstancias ordinarias, Hilda, que Dios la bendiga, la esposa más cariñosa que pueda tener un hombre, hubiera estado allí esperándome, y ambos hubiéramos pasado tres días muy agradables y tranquilos&#8230;, un pequeño y dichoso compás de espera para los dos. La única dificultad para que esto fuera posible consistía en que Puerto Marte era el lugar más turbulento y ruidoso de todo el Sistema, y un pequeño compás de espera no es exactamente lo que mejor encaja allí. Pero&#8230;, ¿cómo podía<br />
explicarle eso a Hilda?<br />
Pues bien, esta vez, mi querida mamá política, que Dios la bendiga también (para variar), se puso enferma precisamente dos días antes que yo arribase a Puerto Marte, y la noche antes de desembarcar recibí un espaciograma de Hilda comunicándome que tenía que quedarse en la Tierra con mamá y que, sintiéndolo mucho, no podía acudir allí a recibirme.<br />
Le envié otro espaciograma diciéndole que yo también lo sentía mucho y que lamentaba enormemente lo de su madre, cuyo estado me inspiraba una gran ansiedad (así se lo dije). Y cuando desembarqué&#8230;<br />
¡Me encontré en Puerto Marte y sin Hilda!</p>
<p><center><img src="/images/hrline.jpg"/></center><br />
<a href="http://www.adobe.es/products/acrobat/readstep2.html" target="_blank"><img src="/images/get_adobe_reader.gif" title="Descargate el Adobe Reader..." align="left" border="0" hspace="4" vspace="3" /></a>Recuerda que si no puedes ver los <a href="http://www.adobe.es/products/acrobat/adobepdf.html" title="¿Qué es un PDF?">ficheros PDF</a>,<br />
necesitas descargarte el visor gratuito &#8220;<a href="http://www.adobe.es/products/acrobat/readstep2.html" target="_blank">Reader</a>&#8221; de <a href="http://www.adobe.es" target="_blank">Adobe</a>.</p>
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		<title>Imagen en un Espejo</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Mar 2007 16:00:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hari Seldon</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Completos en la Web]]></category>

		<category><![CDATA[Relatos breves]]></category>

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		<description><![CDATA[Este relato está completo en esta web, tan solo debes pulsar en &#8220;seguir leyendo&#8221; para leerlo en su totalidad.
Año: 19??
Formato: Doc/Zip
Páginas: 16
Descarga:  &#8220;Imagen en un espejo&#8221;
Comienzo:
Lije Baley acababa de decidir volver a encender su pipa cuando la puerta de su despacho se abrió sin una llamada preliminar o un aviso de cualquier otra clase. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este relato está <strong>completo en esta web</strong>, tan solo debes pulsar en &#8220;<em>seguir leyendo</em>&#8221; para leerlo en su totalidad.</p>
<p><strong>Año:</strong> 19??<br />
<strong>Formato:</strong> Doc/Zip<br />
<strong>Páginas:</strong> 16<br />
<strong>Descarga: </strong> &#8220;<a href="http://asimov.blogomundo.com/relatos/ISAAC%20ASIMOV%20-%20Imagen%20en%20un%20espejo.zip">Imagen en un espejo</a>&#8221;</p>
<p><strong>Comienzo:</strong></p>
<p>Lije Baley acababa de decidir volver a encender su pipa cuando la puerta de su despacho se abrió sin una llamada preliminar o un aviso de cualquier otra clase. Baley alzó la mirada haciendo una mueca de irritación&#8230;, y dejó caer su pipa. El hecho de que no intentara recogerla decía mucho sobre su estado mental.</p>
<p>-R. Daneel Olivaw&#8230; -dijo con una mezcla de excitación y desconcierto-. ¡Por todos los cielos! Eres tú, ¿verdad? </p>
<p>-En efecto -dijo el alto y bronceado recién llegado, y su rostro impasible no perdió ni por un momento su expresión de calma habitual-. Lamento sorprenderle entrando sin avisar, pero la situación es delicada y hay que implicar al mínimo número de robots y seres humanos posible&#8230;, incluso en este lugar. Me complace mucho volver a verle, compañero Elijah. </p>
<p>El robot alargó la mano derecha en un gesto tan completamente humano como su apariencia. Baley seguía estando tan desconcertado que se quedó inmóvil durante unos momentos contemplando aquella mano como si no entendiera qué se esperaba de él. Pero después la estrechó entre las suyas sintiendo su cálida firmeza. </p>
<p>-¿Pero por qué, Daneel? Eres bienvenido aquí en cualquier momento, pero&#8230; ¿ Cuál es esa situación tan delicada de la que has hablado ? ¿ Volvemos a tener problemas ? ¿ Es que la Tierra&#8230; ? </p>
<p>-No, compañero Elijah, no es algo que afecte a la Tierra. A primera vista la situación que he calificado de delicada es algo insignificante, y se limita a una disputa entre matemáticos; pero dio la casualidad de que nos encontrábamos a un paso de la Tierra, por decirlo así, y&#8230; </p>
<p><span id="more-11"></span></p>
<p>-Entonces esa disputa tuvo lugar en una nave espacial. </p>
<p>-Sí, por supuesto. Fue una disputa sin importancia, aunque los humanos implicados en ella parecieron considerarla sorprendentemente grave. </p>
<p>Baley no pudo evitar una sonrisa. </p>
<p>-No me extraña que los seres humanos te resulten sorprendentes. No estamos sometidos a las Tres Leyes, recuérdalo. </p>
<p>-Eso es una deficiencia, por supuesto -observó gravemente R. Daneel-, y creo que en ocasiones los seres humanos son capaces de sorprender incluso a los mismos seres humanos. Puede que usted se sorprenda menos que los espaciales debido a que en la Tierra hay muchos más seres humanos que en los Mundos Exteriores. Si es así, y creo que estoy en lo cierto, podrá ayudarnos. -R. Daneel hizo una pausa, y cuando siguió hablando Baley tuvo la impresión de que lo hacía más deprisa que de costumbre-. A pesar de todo he aprendido algunas de las reglas que rigen el comportamiento humano. Por ejemplo, según los patrones de conducta humanos creo que acabo de comportarme de una forma descortés ya que no le he preguntado por su mujer y su hijo. </p>
<p>-Están bien. El chico está en la escuela, y Jessie se ha metido en la política local. Bueno, ya hemos cumplido con los requisitos de la cortesía&#8230; Ahora cuéntame cómo has llegado hasta aquí. </p>
<p>-Como ya le he explicado podría decirse que estábamos a un paso de la Tierra -dijo R. Daneel-, y sugerí al capitán de la nave que consultáramos con usted. </p>
<p>-¿ y el capitán aceptó? Baley tuvo una súbita visión del altivo capitán de una nave espacial de los Mundos Exteriores dando su permiso para posarse nada menos que en la Tierra&#8230;, jpara consultar con un terrestre! </p>
<p>-Creo que se hallaba en una situación tan complicada que habría aceptado cualquier sugerencia -dijo R. Daneel-. Además yo le hablé de usted y le alabé considerablemente, aunque estoy seguro de haber dicho sólo la verdad. Acabé aceptando encargarme de las negociaciones para que ningún pasajero o miembro de la tripulación se viera obligado a tener el más mínimo contacto con ninguna de las ciudades terrestres. </p>
<p>-Y para que no tuviera que hablar con ningún terrestre, naturalmente&#8230; ¿Pero qué ocurrió exactamente? </p>
<p>-Entre el pasaje de la nave espacial Eta Carina había dos matemáticos que iban a Aurora para asistir a una conferencia interestelar de neurobiofísica. La disputa tuvo lugar entre esos dos matemáticos&#8230;, Alfred Barr Humboldt y Gennao Sabbat. ¿Ha oído hablar de uno de ellos o de los dos, compañero Elijah? </p>
<p>-No, no he oído hablar de ninguno de los dos -replicó Baley-. No sé nada de matemáticas. Daneel, supongo que no le habrás dicho a nadie que soy un entusiasta de las matemáticas o&#8230; </p>
<p>-Desde luego que no, compañero Elijah. Ya sé que nunca le han interesado, pero eso no importa porque la naturaleza exacta de las matemáticas implicadas no tiene ninguna relevancia para el asunto. </p>
<p>-Bueno, entonces adelante. </p>
<p>-Dado que no conoce a ninguno de los dos matemáticos, compañero Elijah, permítame decirle que el doctor Humboldt ya ha entrado en su década número veintisiete de existencia&#8230; Disculpe, ¿decía algo? </p>
<p>-Nada, nada -murmuró Baley con irritación. Se había limitado a lanzar una exclamación ahogada en una reacción natural a ese nuevo recordatorio de la vida prolongadísima que era habitual entre los habitantes de los Mundos Exteriores-. ¿ y todavía sigue ac- tivo a pesar de su edad ? En la Tierra un matemático de más de treinta años ya no suele&#8230; </p>
<p>-La opinión unánime es que el doctor Humboldt es uno de los tres matemáticos más eminentes de la Galaxia -dijo Daneel con su voz impasible de costumbre-, y sigue en activo, naturalmente. En cuanto al doctor Sabbat es muy joven y aún no ha cumplido cincuenta años, pero ya ha conseguido una gran reputación como el talento más notable de las más oscuras ramas de las matemáticas. </p>
<p>-Así que los dos son grandes matemáticos, ¿eh? -dijo Baley. Se acordó de su pipa y la recogió, pero decidió que ya no valía la pena volver a encenderla y vació la cazoleta-. ¿Qué ocurrió? ¿Se ha cometido un asesinato? ¿ Uno de ellos ha matado al otro o qué? </p>
<p>-Uno de esos dos hombres de gran reputación está intentando destruir la del otro. Según los valores humanos, creo que puede considerarse que eso es algo peor que el asesinato físico. </p>
<p>-Sí, supongo que a veces puede considerarse que lo es&#8230; Así que uno de ellos está intentando destruir la reputación del otro, ¿ eh ? ¿ Por qué ? </p>
<p>-El porqué&#8230; Ése es el punto crucial, compañero Elijah: el porqué. </p>
<p>-Continúa. </p>
<p>-El doctor Humboldt ha expuesto su versión de los hechos con mucha claridad. Dice que antes de subir a bordo tuvo un destello de inspiración e imaginó un nuevo método de analizar los canales neurales a través de los cambios producidos en los esquemas de absorción de las microondas en las zonas corticales locales. Su inspiración acabó dando como resultado una técnica puramente matemática de extraordinaria sutileza, pero naturalmente no puedo comprender los detalles y me resulta imposible transmitirlos de forma comprensible; y de todas formas los detalles no son importantes. El doctor Humboldt siguió pensando en su idea, ya cada hora que pasaba estaba más convencido de tener entre manos algo realmente revolucionario que convertiría en insignificantes sus logros anteriores en el terreno de las matemáticas&#8230;, y entonces se enteró de que el doctor Sabbat también estaba a bordo. </p>
<p>-Ah&#8230; ¿ y trató de ponerse en contacto con él? </p>
<p>-Exactamente. Los dos habían coincidido en reuniones de carácter profesional con anterioridad, y cada uno de ellos conocía la gran reputación del otro. Humboldt fue a ver a Sabbat y le expuso su idea con gran detalle. Sabbat estudió el análisis de Humboldt, y se mostró muy generoso en sus alabanzas sobre la importancia del descubrimiento y su ingeniosa elaboración matemática. Sus palabras alentaron y tranquilizaron a Humboldt, y éste preparó un informe en el que describía de forma resumida las líneas generales de su trabajo, y dos días más tarde hizo que fuera enviado por onda subetérica a Aurora y al presidente adjunto de la conferencia para que éste pudiera dejar establecida de forma oficial su prioridad y hacer los arreglos necesarios a fin de que pudiera ser discutido antes de que terminaran las sesiones&#8230; y para sorpresa suya se enteró de que Sabbat había redactado un informe prácticamente idéntico al de Humboldt que había presentado como suyo, y que se preparaba para enviarlo a Aurora mediante la onda subetérica. </p>
<p>-Supongo que Humboldt se pondría furioso. </p>
<p>-jMuchísimo! </p>
<p>-¿ Y Sabbat? ¿Cuál es su historia? </p>
<p>-Exactamente la misma que la del doctor Humboldt palabra por palabra. </p>
<p>-Bien, entonces&#8230; ¿Cuál es el problema?</p>
<p>-Que los dos informes son tan idénticos como un objeto y su imagen en un espejo salvo por el cambio de nombres. Según Sabbat fue él quien tuvo la idea y quien consultó a Humboldt; según Humboldt fue Sabbat quien estuvo de acuerdo con su análisis y lo alabó. </p>
<p>-Así que cada uno afirma que la idea es suya y que el otro se la robó, ¿eh? Bueno, no me parece que haya ningún problema&#8230; En asuntos de la erudición siempre he creído que basta con exhibir las grabaciones del proceso de investigación debidamente fechadas y autentificadas. El juicio de prioridad puede establecerse a partir de esos datos. Aunque uno de los dos presentara una falsificación podría averiguarse mediante las contradicciones internas. </p>
<p>-En circunstancias normales tendría razón al afirmar que no habría ningún problema, compañero Elijah, pero hablamos de matemáticas y no de una ciencia experimental. El doctor Humboldt afirma haber elaborado mentalmente los puntos esenciales, y dice que no puso nada por escrito hasta que inició la redacción del informe&#8230;, y el doctor Sabbat dice exactamente lo mismo, por supuesto. </p>
<p>-Bien, entonces hay que ser un poco más drástico y usar otro método de comprobación. Somételes a un sondeo psíquico y averiguarás cuál de los dos está mintiendo. </p>
<p>R. Daneel negó lentamente con la cabeza. </p>
<p>-No comprende cómo son esos hombres, compañero Elijah. Pertenecen a la intelectualidad, y son miembros de la Academia de Ciencias. Eso impide que puedan ser juzgados por su conducta profesional salvo por un jurado de sus colegas profesionales&#8230;, a menos que decidan renunciar a ese derecho, naturalmente. </p>
<p>-Lo que dicho en otras palabras significa que e] culpable no renunciará a ese derecho porque no puede permitirse el lujo de enfrentarse a un sondeo psíquico, y que e] inocente renunciará enseguida. Ni siquiera tendrías que llevar a cabo e] sondeo, Daneel. </p>
<p>-Las cosas no funcionan de esa manera, compañero Elijah. Renunciar a ese derecho en este caso equivale a aceptar una investigación llevada a cabo por profanos en la materia, y eso supondría aceptar un golpe muy serio a su prestigio profesional y correr el riesgo de que éste no se recuperara nunca. Los dos se niegan a renunciar a su derecho a un juicio especial. Es un asunto de orgullo profesional, y el problema de la culpabilidad o la inocencia se ha vuelto completamente secundario para ellos. </p>
<p>-En ese caso olvídalo todo hasta que lleguéis a Aurora. En la conferencia de neurobiofísica habrá un gran número de colegas profesionales suyos, y entonces&#8230; </p>
<p>-Eso significaría asestar un tremendo golpe a la ciencia, compañero Elijah. Ambos sufrirían las consecuencias de haber sido los instrumentos de un gran escándalo, e incluso el inocente sería culpado por haberse visto involucrado en tan desagradable situación. El problema debería ser resuelto de la forma más discreta posible. </p>
<p>-De acuerdo. No he nacido en los Mundos Exteriores, pero intentaré imaginar que esa actitud tiene sentido. ¿ Qué es lo que dicen los dos matemáticos en cuestión?<br />
-Humboldt está totalmente de acuerdo. Dice que si Sabbat admite haberle robado la idea y permite que él transmita el informe o deja que lo presente en la conferencia no presentará ninguna acusación. El delito de Sabbat será un secreto sólo conocido por él&#8230;, y naturalmente por el capitán, que es el único ser humano implicado en la disputa aparte de los dos matemáticos. </p>
<p>-Pero supongo que el joven Sabbat no acepta esa solución, ¿verdad? </p>
<p>-Al contrario, está de acuerdo con el doctor Humboldt hasta en el último detalle&#8230;, sólo que invirtiendo los nombres. De nuevo la imagen en el espejo, compañero Elijah. </p>
<p>-Así que la cosa está en tablas y cada uno sigue sentado esperando que el otro dé su brazo a torcer, ¿no? </p>
<p>-Creo que cada uno de ellos está esperando a que el otro haga un movimiento y admita su culpabilidad, compañero Elijah. </p>
<p>-Bueno, entonces esperemos. </p>
<p>-El capitán ha decidido que eso es imposible. Existen otras dos alternativas al esperar. La primera es que los dos sigan firmes en su actitud hasta que la nave espacial se pose en Aurora y se produzca el escándalo intelectual. El capitán es responsable de la administraciÓn de justicia a bordo de la nave y caerá en desgracia por no haber sido capaz de arreglar discretamente el asunto, y la alternativa le parece evidentemente inadmisible. </p>
<p>-¿ y la segunda alternativa? </p>
<p>-Es que uno de los dos matemáticos acabe admitiendo que ha obrado mal. Pero el que por fin confiese, ¿lo hará realmente abrumado por su culpabilidad o sólo por el noble deseo de evitar el escándalo? ¿Es correcto privar de la fama a una persona lo suficientemente ética para preferir perder esa fama antes que ver perjudicada a toda la disciplina científica a la que ha consagrado sus esfuerzos ? O, por el contrario, ¿confesará la parte culpable en el último momento, de modo que haga parecer que actúa de esa forma por el bien de la ciencia escapando así al deshonor y arrojando la sombra de la duda sobre el otro? El capitán será la única persona que llegue a saberlo, pero no desea pasar el resto de su existencia preguntándose qué papel jugó en un terrible fracaso de la justicia. </p>
<p>-Un jueguecito intelectual, ¿eh? ¿Quién se desmoronará primero mientras Aurora se va acercando un poco más a cada momento que pasa? ¿Es ésa toda la historia, Daneel? </p>
<p>-Todavía no. Existen testigos. </p>
<p>-jCielo santo! ¿Por qué no lo dijiste enseguida? ¿Qué testigos? </p>
<p>-El sirviente personal del doctor Humboldt&#8230; </p>
<p>-Un robot, supongo. </p>
<p>-Sí, por supuesto. Se llama R. Preston. El sirviente estuvo presente durante la primera entrevista, y ha confirmado lo dicho por el doctor Humboldt hasta el último detalle. </p>
<p>-Lo cual quiere decir que la idea se le ocurrió al doctor Humboldt; que el doctor Humboldt se la explicó al doctor Sabbat; que el doctor Sabbat alabó la idea y todo lo demás, ¿no? </p>
<p>-Sí, en todos sus detalles. </p>
<p>-Entiendo. ¿ y resuelve eso el problema o no? Es de suponer que no, ¿verdad? </p>
<p>-Tiene toda la razón, compañero Elijah. No resuelve el problema porque existe un segundo testigo. El doctor Sabbat también tiene un sirviente personal, R. Idda, otro robot del mismo modelo que R. Preston que creo fue construido el mismo año en la misma fábrica; y ambos han permanecido en servicio el mismo período de tiempo. </p>
<p>-Una coincidencia curiosa&#8230;, muy curiosa. </p>
<p>-Un hecho que me temo hace muy difícil llegar a ningún juicio basado en obvias diferencias entre ambos sirvientes. </p>
<p>-Así que R. Preston cuenta la misma historia que R. Idda, ¿eh? </p>
<p>-Exactamente la misma, salvo por el detalle de la imagen en el espejo de los nombres. </p>
<p>-Así pues R. Idda afirma que el joven Sabbat, que aún no tiene cincuenta años&#8230; -Lije Baley no pudo evitar del todo que en su voz hubiera un matiz sardónico, ya que él aún no había cumplido los cincuenta años y no se sentía precisamente joven-, tuvo la idea primero; que se la expuso al doctor Humboldt el cual la alabó entusiásticamente y todo lo demás, ¿no? </p>
<p>-Sí, compañero Elijah. </p>
<p>-Entonces uno de los dos robots está mintiendo. </p>
<p>-Así parece. </p>
<p>-Debería resultar sencillo averiguar cuál. Supongo que incluso un examen superficial llevado a cabo por un buen roboticista&#8230; </p>
<p>-En este caso no basta con un roboticista, compañero Elijah. Sólo un robopsicólogo cualificado posee la experiencia y la autoridad suficientes para tomar una decisión en un caso de tanta importancia, y no hay ninguno lo bastante cualificado a bordo de la nave. Un examen de tales características sólo podrá realizarse cuando hayamos llegado a Aurora&#8230; </p>
<p>-Y por aquel entonces ya será demasiado tarde. Bien, ahora estás en la Tierra, ¿ no ? Estoy seguro de que podremos encontrar algún robopsicólogo lo suficientemente cualificado, y también estoy casi seguro de que nada de cuanto ocurra en la Tierra llegará a saberse en Aurora y de que no habrá ningún escándalo. </p>
<p>-El problema estriba en que ni el doctor Humboldt ni el doctor Sabbat están dispuestos a permitir que sus sirvientes sean examinados por un robopsicólogo de la Tierra. El terrestre tendría que&#8230; </p>
<p>Hizo una pausa. </p>
<p>-Tendría que tocar al robot -dijo Baley con voz impasible. </p>
<p>-Son robots que llevan mucho tiempo a su servicio, y&#8230; </p>
<p>-No pueden ser contaminados por el roce de un terrestre, ¿no? ¿Entonces qué es lo que quieres que haga, maldita sea? -Baley guardó silencio durante unos momentos y torció el gesto-. Lo siento, Daneel, pero no veo razón alguna por la que puedas querer implicarme en este asunto. </p>
<p>-Yo me encontraba a bordo de la nave por una misión que no tiene nada que ver con el problema que nos ocupa ahora -dijo el robot-. El capitán se dirigió a mí porque necesitaba dirigirse a alguien. Debí de parecerle lo suficientemente humano como para poderme hablar de ello, y lo suficientemente robótico como para ser un receptor seguro de sus confidencias. Me contó toda la historia y me preguntó qué haría si estuviese en su lugar. Comprendí que nos encontrábamos lo bastante cerca de la Tierra para poder hacer una breve escala en ella, y le dije al capitán que aunque el problema de la imagen en un espejo me tenía tan confuso como a él había alguien en la Tierra que podía ayudarle a resolverlo. </p>
<p>-jCielo santo! -murmuró Baley. </p>
<p>-Compañero Elijah, piense que si consiguiera resolver este problema tanto su carrera como la Tierra saldrían considerablemente beneficiadas. El asunto no podría ser divulgado, por supuesto, pero el capitán es un hombre con ciertas influencias en su mundo natal y sabría mostrarse agradecido.</p>
<p>-Estás depositando un gran peso sobre mis hombros, Daneel. </p>
<p>-Estoy totalmente seguro de que ya tiene alguna idea respecto a lo que hay que hacer -dijo R. Daneel con voz impasible. </p>
<p>-¿De veras? Supongo que el paso más obvio es interrogar a los matemáticos&#8230;, uno de los cuales parece que es también un ladrón. </p>
<p>-Me temo que ninguno de los dos querrá venir a la Ciudad, compañero Elijah&#8230;, y tampoco querrán que vaya a verles. </p>
<p>-Y no hay forma de obligar a un espacial a que se ponga en contacto con ningún terrestre sea cual sea la emergencia. Sí, Daneel, lo comprendo&#8230;, pero yo estaba pensando en una entrevista mediante un circuito cerrado de televisión. </p>
<p>-Tampoco es posible. No se dejarán interrogar por un terrestre. </p>
<p>-¿Entonces qué es lo que quieren de mí? ¿Puedo hablar con los robots? </p>
<p>-No permitirán que los robots vengan aquí. </p>
<p>-Cielo santo, Danee1&#8230; jTú has venido! </p>
<p>-Fue decisión mía. Mientras me encuentre a bordo de una nave espacial me está permitido tomar decisiones de esa índole sin que ningún ser humano aparte del capitán pueda ponerme impedimento alguno&#8230;, y el capitán se mostró muy deseoso de que estableciera contacto con usted. Le conozco lo suficientemente bien como para decidir que el contacto por televisión era insuficiente, compañero Elijah, y además deseaba estrechar su mano. </p>
<p>Lije Baley se ablandó un poco. </p>
<p>-Aprecio lo que acabas de decir, Daneel, pero si quieres que te sea sincero sigo deseando que no hubieras pensado en mí para resolver este caso. ¿ Puedo hablar con esos robots mediante el circuito cerrado de televisión ? </p>
<p>-Supongo que sería factible. </p>
<p>-Bueno, algo es algo. Significa que tendré que hacer el trabajo de un robopsicólogo&#8230;, de la peor manera posible. </p>
<p>-Pero usted es detective, no robopsicólogo. </p>
<p>-Dejemos eso a un lado de momento y pensemos un poco antes de interrogar a los robots. ¿Es posible que ambos robots estén di ciendo la verdad, Daneel? Puede que la conversación que mantuvieron los dos matemáticos fuese un tanto equívoca. Quizá se desarrolló de forma que cada robot está sinceramente convencido de que su dueño es el propietario original de la idea&#8230;, o quizá un robot sólo oyó una parte de la conversación y el otro otra parte, y cada uno pudo suponer que la idea había surgido de su dueño.</p>
<p>-Eso es completamente imposible, compañero Elijah. Ambos robots repiten la conversación de forma idéntica, y las dos repeticiones son básicamente completas. </p>
<p>-¿ Entonces no cabe ninguna duda de que uno de los dos robots está mintiendo ? </p>
<p>-Ninguna. -¿ Podré ver la transcripción de todas las evidencias obtenidas hasta el momento&#8230;, en presencia del capitán si llegara a resultar necesario? </p>
<p>-Pensé que podría pedírmelo, y he traído copias conmigo. </p>
<p>-Estupendo. ¿ Sabes si se confrontó a un robot con el otro, y en caso de que se hiciera si existe una transcripción del resultado ? </p>
<p>-Los robots se limitaron a repetir sus declaraciones iniciales. La confrontación habría tenido que ser supervisada por un robopsicólogo. </p>
<p>-¿O por mí? </p>
<p>-Usted es detective, compañero Elijah, no&#8230; </p>
<p>-De acuerdo, Daneel, de acuerdo&#8230; Intentaré guiarme por la psicología de los espaciales. Un detective puede hacerlo precisamente porque no es un robopsicólogo, ¿entiendes? Bien, sigamos pensando&#8230; En circunstancias normales un robot no mentirá, pero lo hará si es necesario para no infringir las Tres Leyes. Puede mentir para proteger su propia existencia de acuerdo con la Tercera Ley, y su capacidad para mentir aumenta considerablemente cuando lo hace siguiendo una orden dada por un ser humano en concordancia con la Segunda Ley; y esa capacidad de mentir aumenta todavía más si el objetivo de la mentira es salvar una vida humana o impedir que un ser humano sufra daños porque en ese caso está obedeciendo la Primera Ley. </p>
<p>-Cierto. </p>
<p>-Y en este caso cada robot podría estar defendiendo la reputación profesional de su dueño, y podría llegar a mentir si lo considerase necesario. Bajo estas circunstancias la reputación profesional puede ser algo equivalente a la vida, lo que equivaldría a una compulsión a mentir originada en la Primera Ley. </p>
<p>-Pero con esa mentira cada sirviente estaría dañando la reputación profesional del otro matemático, compañero Elijah. </p>
<p>-Así es, pero cada robot puede tener una concepción muy clara de lo que vale la reputación de su dueño y juzgar honestamente que es superior a la del otro matemático; y en tal caso supondría que su mentira produciría un daño menor que decir la verdad. </p>
<p>Lije Baley permaneció inmóvil y en silencio durante unos momentos después de haber pronunciado aquellas palabras. </p>
<p>-Bien -dijo por fin-, ¿podrías arreglar que pueda hablar un rato con cada robot? Creo que empezaré por R. Idda. </p>
<p>-¿El robot del doctor Sabbat? </p>
<p>-Sí -dijo secamente Baley-, el robot del jovencito. </p>
<p>-Necesitaré unos minutos -dijo R. Daneel-. He traído conmigo un micro-receptor conectado a un proyector. Sólo preciso una pared lisa, y creo que ésa servirá si me permite retirar el montón de cintas que hay delante de ella. </p>
<p>-Por supuesto. ¿ He de hablar por un micrófono o algo parecido? </p>
<p>-No, nada de eso. y ahora le ruego que me disculpe, compañero Elijah, pero he de ponerme en contacto con la nave y concertar la entrevista con R. Idda. </p>
<p>-Si vas a tardar un rato en conseguirlo, ¿por qué no me das la transcripción para que le vaya echando una ojeada mientras ?<br />
Lije Baley encendió su pipa mientras R. Daneel preparaba el equipo, y hojeó el fajo de papeles que le había entregado el robot.<br />
Pasaron diez minutos. </p>
<p>-Compañero Elijah, si está preparado R. Idda también lo está -dijo R. Daneel-. ¿O quizá prefiere dedicar unos minutos más al examen de la transcripción? </p>
<p>-No -dijo Baley, y suspiró-. No he averiguado nada nuevo aparte de lo que ya me has contado. Establece la conexión, y asegúrate de que la entrevista quede grabada y sea transcrita. </p>
<p>La proyección bidimensional que apareció sobre la pared hacía que R. Idda cobrara un aspecto un poco irreal. El robot era básicamente metálico, y tenía muy poco que ver con la criatura humanoide que era R. Daneel. Su cuerpo era alto pero robusto, y salvo algunos pequeños detalles estructurales había muy poco que lo distinguiera de los muchos robots que Baley había visto antes. </p>
<p>-Buenos días, R. Idda -dijo Baley. </p>
<p>-Buenos días, amo -replicó R. Idda con una voz grave que so-naba sorprendentemente humana. </p>
<p>-Eres el sirviente personal de Gennao Sabbat, ¿verdad? </p>
<p>-Así es, amo. </p>
<p>-¿Desde hace cuánto tiempo, muchacho? </p>
<p>-Desde hace veintidós años, amo. </p>
<p>-¿ y la reputación de tu dueño es muy valiosa para ti? </p>
<p>-Sí, amo. </p>
<p>-¿Considerarías muy importante proteger esa reputación? </p>
<p>-Sí, amo. </p>
<p>-¿Crees que proteger su reputación es tan importante como proteger su vida? </p>
<p>-No, amo. </p>
<p>-¿Crees que proteger su reputación es tan importante como proteger la reputación de otro ser humano ? </p>
<p>R. Idda vaciló unos momentos antes de responder. </p>
<p>-En situaciones semejantes hay que tomar una decisión basándose en el mérito de cada individuo, amo -dijo por fin-. No hay ninguna forma de establecer una regla general. </p>
<p>Baley sufrió un momento de duda. Aquellos robots espaciales hablaban de forma mucho más educada e inteligente que los modelos terrestres y Baley no estaba totalmente seguro de poder ser más listo que ellos. </p>
<p>-Si decidieras que la reputación de tu dueño es más importante que la de otro ser humano&#8230;, digamos que la de Alfred Barr Humboldt&#8230; ¿Mentirías para proteger la reputación de tu dueño? -preguntó por fin. </p>
<p>-Sí, amo, lo haría. </p>
<p>-¿Mentiste cuando prestaste testimonio relativo a la conducta de tu dueño en su controversia con el doctor Humboldt? </p>
<p>-No, amo. </p>
<p>-Pero si lo hiciste negarías que habías mentido a fin de que la mentira anterior no fuese descubierta, ¿verdad? </p>
<p>-Sí, amo. </p>
<p>-Bien -dijo Baley-, pasemos a otro asunto&#8230; Tu dueño es un joven matemático de gran reputación, pero es joven. Si hubiera sucumbido a la tentación y hubiera faltado a la ética en su controversia con el doctor Humboldt su reputación sufriría un cierto eclipse, desde luego, pero es joven y tendría mucho tiempo para recuperarse del golpe. Aún le quedarían muchos triunfos intelectuales por delante, y su intento de cometer un plagio acabaría siendo considerado como el típico error de un joven impulsivo y atolondrado. Sería algo que no afectaría demasiado a su futuro. En cambio si fuese el doctor Humboldt quien había sucumbido a la tentación el asunto resultaría mucho más serio. El doctor Humboldt es un anciano cuyo historial de grandes logros intelectuales abarca siglos, y hasta ahora su reputación había sido total- mente intachable&#8230;, pero todo eso quedaría olvidado a causa de este único crimen cometido en los últimos años de su existencia, y no tendría ni la más mínima oportunidad de recuperarse en el relativamente poco tiempo de vida que le queda. Habría muy pocas cosas que pudiera hacer. En el caso del doctor Humboldt eso representaría mucho más trabajo arruinado que en el de tu amo y, por lo tanto, muchas menos oportunidades de recobrar su posición anterior. Supongo que comprendes que de los dos es el doctor Humboldt quien se enfrenta a la peor situación, y que por lo tanto merece ser tratado con mayor consideración. </p>
<p>Hubo un silencio bastante prolongado. </p>
<p>-Mentí al prestar testimonio -dijo por fin R. Idda-. El trabajo pertenecía al doctor Humboldt, y mi dueño obró mal al intentar atribuirse el mérito que le correspondía a éste. </p>
<p>-Muy bien, muchacho -dijo Baley-. Te ordeno que no digas nada de todo esto a nadie hasta haber recibido permiso del capitán de la nave para hacerlo. Puedes irte. </p>
<p>La pantalla quedó vacía, y Baley dio una chupada a su pipa. </p>
<p>-¿ Crees que el capitán habrá oído eso, Daneel ? </p>
<p>-Estoy seguro de ello. Aparte de nosotros es el único que tiene acceso a la conexión. </p>
<p>-Bien&#8230; y ahora ocupémonos del otro. </p>
<p>-Pero ya no es necesario, compañero Elijah. Dado lo que R. Idda acaba de confesar&#8230; </p>
<p>-Por supuesto que es necesario. La confesión de R. Idda no aclara nada. </p>
<p>-¿Nada? </p>
<p>-Nada en absoluto. Yo le hice ver que el doctor Humboldt se encontraba en una situación peor que la de su dueño. Naturalmente si mentía para proteger a Sabbat eso le impulsaría a decir la verdad, como de hecho afirmó estar haciendo, pero si estaba diciendo la verdad antes también le impulsaría a mentir para proteger al doctor Humboldt. Volvemos a estar ante la imagen en el espejo, y no hemos conseguido nada. </p>
<p>-Pero&#8230; ¿Qué vamos a conseguir interrogando a R. Preston? </p>
<p>-Si la imagen en el espejo fuera perfecta nada&#8230;, pero no lo es. Después de todo uno de los robots dice la verdad y otro está mintiendo, y eso crea un punto de asimetría. Veamos a R. Preston. Ah, si está lista dame la transcripción del examen de R. Idda.<br />
El proyector volvió a entrar en funcionamiento. R. Preston le devolvió la mirada a Baley desde la pantalla. Era idéntico a R. Idda en todos los detalles salvo por algunos adornos en el pecho. </p>
<p>-Buenos días, R. Preston -dijo Baley manteniendo la transcripción del examen de R. Idda delante de él mientras hablaba. </p>
<p>-Buenos días, amo -dijo R. Preston. Su voz era idéntica a la de R. Idda. </p>
<p>-Eres el sirviente personal de Alfred Barr Humboldt, ¿verdad? </p>
<p>-Lo soy, amo. </p>
<p>-¿Desde hace cuánto tiempo, muchacho? </p>
<p>-Desde hace veintidós años, amo. </p>
<p>-¿ y la reputación de tu dueño es valiosa para ti? </p>
<p>-Sí, amo. </p>
<p>-¿Consideras importante el proteger esa reputación? </p>
<p>-Sí, amo. </p>
<p>-¿ Crees que proteger su reputación es tan importante como proteger su vida? </p>
<p>-No, amo. </p>
<p>-¿Crees que proteger su reputación es tan importante como proteger la reputación de otro ser humano ? </p>
<p>R. Preston vaciló. </p>
<p>-En situaciones semejantes hay que tomar una decisión basándose en el mérito de cada individuo, amo -dijo por fin-. No hay ninguna forma de establecer una regla general. </p>
<p>-Si decidieras que la reputación de tu dueño es más importante qpe la de otro ser humano&#8230;, digamos que la de Gennao Sabbat&#8230; ¿Mentirías para proteger la reputación de tu dueño? -preguntó Baley. </p>
<p>-Sí, amo, lo haría. </p>
<p>-¿Mentiste cuando prestaste testimonio relativo a la conducta de tu dueño en su controversia con el doctor Sabbat? </p>
<p>-No, amo. </p>
<p>-Pero si lo hiciste negarías que habías mentido a fin de que la mentira anterior no fuese descubierta, ¿verdad? </p>
<p>-Sí, amo. </p>
<p>-Bien -dijo Baley-, entonces consideremos esto&#8230; Tu dueño, Alfred Barr Humboldt, es un anciano que goza de una gran reputación como matemático pero ya es muy viejo. Si hubiera sucumbido a la tentación y hubiera faltado a la ética en su controversia con el doctor Sabbat sufriría un cierto eclipse en su reputación, pero su gran edad y los siglos de grandes logros estarían a su favor y lo superaría. Su intento de cometer un plagio acabaría siendo considerado como el error de un hombre viejo y quizá enfermo que no había sabido obrar juiciosamente.<br />
En cambio, si fuera el doctor Sabbat quien hubiera sucumbido a la tentación el asunto sería mucho más serio. El doctor Sabbat es un hombre joven cuya reputación está mucho menos afianzada. En circunstancias normales tendría ante él varios siglos en los que podría acumular conocimientos y hacer grandes cosas, pero todo eso le resultaría imposible a causa de ese error de juventud. El futuro que puede perder es mucho más largo que el de tu dueño. Supongo que comprendes que de los dos es Sabbat quien se encuentra en peor situación, y que por lo tanto merece una consideración más grande. </p>
<p>Hubo un silencio muy prolongado. </p>
<p>-Mentí al prestar tes&#8230; -empezó a decir R. Preston con voz átona. </p>
<p>El robot no completó la frase y no dijo nada más. </p>
<p>-Sigue hablando, R. Preston -dijo Baley. </p>
<p>No obtuvo respuesta. </p>
<p>-Me temo que el cerebro positrónico de R. Preston ha quedado en extasis, compañero Elijah -dijo Daneel-. Está inutilizado. </p>
<p>-Bien, en tal caso por fin hemos conseguido producir una asimetría -dijo Baley-. Partiendo de ahí podremos averiguar quién es el culpable. </p>
<p>-¿Cómo, compañero Elijah? </p>
<p>-Piensa en ello. Supón que eres la persona que no ha cometido el crimen y que tu robot puede atestiguarlo. En tal caso no necesitarás hacer nada, ¿verdad? Tu robot dirá la verdad y tú quedarás al margen, pero si eres la persona que ha cometido el crimen tendrás que depender de tu robot para que te salve con una mentira. Tu situación puede llegar a ser bastante peligrosa porque aunque el robot es capaz de mentir si es necesario siempre estará más inclinado a decir la verdad que a mentir, y la mentira será menos firme e inatacable que la verdad. Para evitar tal eventualidad lo más probable es que quien haya cometido el crimen tenga que ordenar a su robot que mienta de forma que la Primera Ley quede reforzada por la Segunda Ley &#8230;, quizá muy considerablemente. </p>
<p>-Eso parece razonable -dijo R. Daneel. -Supón que tenemos dos robots, uno en cada situación. Un robot cambiaría de la verdad no reforzada a la mentira y podría hacerlo después de una cierta vacilación sin sufrir ninguna avería grave. El otro robot debería cambiar de la mentira fuertemente reforzada a la verdad, pero correría el riesgo de quemar varios canales positrónicos de su cerebro y acabar en extasis. </p>
<p>-Y puesto que eso es lo que le acaba de suceder a R. Preston&#8230; -El doctor Humboldt es el culpable de plagio. Si transmites esto<br />
al capitán de la nave y le dices que hable con el doctor Humboldt confrontándole con esta nueva situación quizá consiga obligarle a confesar. Si es así espero que me lo digas inmediatamente. </p>
<p>-Lo haré, desde luego. ¿Me disculpa, compañero Elijah? Debo hablar con el capitán en privado. </p>
<p>-Por supuesto. Utiliza la sala de conferencias, está protegida contra interferencias.<br />
Baley descubrió que no podía trabajar en nada durante la ausencia de R. Daneel, y permaneció sentado en un inquieto silencio. Muchas cosas dependían de que su análisis fuera correcto, y Baley era agudamente consciente de su falta de experiencia en robótica.<br />
R. Daneel regresó al cabo de media hora&#8230;, que fue con mucho la media hora más larga de toda la vida de Baley. </p>
<p>Intentar averiguar lo que había ocurrido por la expresión del impasible rostro del robot humanoide era imposible, naturalmente. Baley intentó que su rostro permaneciera igualmente impasible.<br />
-¿y bien, R. Daneel? -preguntó. -Todo ha ocurrido tal y como usted dijo que ocurriría, com- pañero Elijah. El doctor Humboldt ha confesado. Dijo que con- taba con que el doctor Sabbat cedería y permitiría que el doctor Humboldt se anotara su último gran triunfo científico. La crisis ha quedado resuelta, y estoy seguro de que el capitán sabrá expresarle adecuadamente su gratitud. Me ha dado permiso para decirle que admira enormemente la sutil agudeza de sus razonamientos, y creo que yo mismo estaré mejor considerado a partir de ahora por ha- berle sugerido que consultara con usted.<br />
-Bien -dijo Baley. Descubrir que había acertado hizo que Baley fuera repentinamente consciente de que le temblaban las rodillas y de que tenía la frente cubierta de sudor-. Pero Daneel, por todos los cielos&#8230; No vuelvas a ponerme nunca en un compromiso se- mejante, ¿de acuerdo?<br />
-Intentaré no hacerlo, compañero Elijah. Todo dependerá de la importancia de la crisis o de lo cerca que esté usted, o de cierto número de factores. Pero tengo una pregunta que hacerle&#8230;<br />
-¿Sí?<br />
-¿Acaso no era posible suponer que el paso de una mentira a la verdad podía resultar fácil mientras que el paso de la verdad a una mentira podía resultar difícil ? y en ese caso, ¿ no era posible que el robot hubiera quedado afectado por el paso de la verdad a una mentira, y puesto que R. Preston estaba claramente afectado no se podía haber llegado a la conclusión de que el doctor Humboldt era inocente y el doctor Sabbat culpable?<br />
-Sí, Daneel. Ese argumento era posible, pero fue el otro argu- mento el que resultó ser cierto. Humboldt confesó, ¿verdad?<br />
-Sí, lo hizo. Pero dado que se trataba de una argumentación posible en ambas direcciones, compañero Elijah&#8230; ¿Cómo consi- guió captar con tanta rapidez cuál era la correcta?<br />
Baley frunció los labios durante un momento, y acabó relaján- dolos y dejando que se curvaran en una sonrisa.<br />
-Porque tuve en cuenta las reacciones humanas y no las robó- ticas, Daneel. Sé bastante más sobre los seres humanos que sobre los robots, no lo olvides&#8230; En otras palabras, tenía cierta idea SO- </p>
<p>-Porque tuve en cuenta las reacciones humanas y no las robóticas, Daneel. Sé bastante más sobre los seres humanos que sobre los robots, no lo olvides&#8230; En otras palabras, tenía cierta idea sobre cuál de los matemáticos era culpable incluso antes de interrogar a los robots. En cuanto hube provocado una respuesta asimétrica en ellos me bastó con interpretarla de forma que la culpabilidad recayera sobre quien yo creía que era el culpable. La respuesta robótica fue lo suficientemente espectacular para hacer que el culpable se desmoronase, pero es probable que mi análisis del comportamiento humano no hubiese bastado para provocar esa reacción. </p>
<p>-Siento curiosidad por saber cuál fue su análisis del comportamiento humano. </p>
<p>-¡Cielo santo, Daneel! Piensa un poco y no tendrás que hacer tantas preguntas&#8230; Aparte del asunto del verdadero y falso existe otro punto de asimetría en toda esta historia de la imagen en un espejo. Es la edad de los dos matemáticos: uno es muy viejo, y el otro es muy joven. </p>
<p>-Sí, naturalmente. ¿ Pero qué significa eso ? </p>
<p>-Examinemos el asunto. Puedo imaginarme a un hombre joven que se siente arrebatado por una idea repentina, sorprendente y revolucionaria y que decide exponérsela a un anciano al que ha considerado como un semidiós desde sus días de estudiante. No consigo imaginarme a un anciano cargado de honores y acostumbrado a los triunfos que se siente arrebatado por una idea repentina, sorprendente y revolucionaria consultando a un hombre siglos más joven que él a quien seguramente considerará como un mequetrefe&#8230;, o el término que utilicéis los espaciales. Aparte de eso si un joven tuviera la oportunidad de hacerlo, ¿ crees que intentaría robar la idea a un semidiós al que reverencia? No, me parece impensable. Por otra parte un anciano consciente de que sus dotes intelectuales han empezado a declinar bien podría aferrarse a una última oportunidad de obtener la fama y considerar que un bebé recién llegado a esa ciencia no tiene los mismos derechos que él. En pocas palabras, que Sabbat le robara la idea al doctor Humboldt no era concebible y el doctor Humboldt era culpable desde ambos ángulos. </p>
<p>R. Daneel pensó en lo que acababa de oír durante unos momentos y acabó ofreciendo su mano a Baley.</p>
<p>-Debo marcharme, compañero Elijah -dijo-. Me ha alegrado mucho verle. Espero que volvamos a encontrarnos pronto. </p>
<p>Baley estrechó con fuerza la mano del robot. </p>
<p>-Si no te importa, Daneel, espero que ese encuentro tarde un poco en llegar&#8230; </p>
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