Viajando con Isaac

27 de Abril de 2007

Mi nombre se escribe con S

Archivado en: Relatos breves, PDF, Completos en la Web — Hari Seldon @ 6:10 pm

Año: 19??
Formatos: Web y PDF
Páginas: 17
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Marshall Zebantinsky se daba cuenta de que estaba haciendo el ridículo.
Le parecía que lo miraban desde el otro lado del tétrico cristal de la vidriera
a través del deteriorado tabique de madera; le parecía notar unos ojos posados
en él. Ni el traje viejo que había desenterrado, ni el ala doblaba de un
sombrero, que por lo de
más nunca llevaba, ni los lentes que había dejado en su
estuche le inspiraban menor confianza.
Sentía que hacía el ridículo, y eso profundizaba aun más las arrugas de su
frente y volvía más pálida su cara de joven prematuramente envejecido.
Nunca podría explicar a nadie por qué un físico nuclear como él se había
decidido a visitar a un númerologo. (No, nunca podría explicárselo a nadie, se
dijo. No podía explicárselo ni siquiera a sí mismo. La única explicación era que
se había dejado conven
cer por su mujer.
El númerologo estaba sentado ante una vieja mesa que ya debía de ser de segunda
mano cuando la compró. Ninguna mesa podría llegar a estar tan deteriorada en
manos de un solo dueño.
Casi lo mismo podía decirse de sus ropas. Era un hombrecito moreno que miraba a
Zebatinsky con sus ojitos negros, perspicaces y vivarachos.
Es la primera vez que un físico viene a visitarme, doctor Zebantinsky - le dijo.
Zebantinsky enrojeció.
- Supongo que esto es confidencial - dijo.
El númerologo sonrió, con lo que se le formaron arrugas junto a las comisuras de
la boca y la piel de su barbilla se distendió.
- Todo lo que aquí se dice queda entre estas cuatro paredes.
- Me creo en el deber de decirle una cosa -prosiguió Zebatinsky-. Yo no creo
en la numerología y dudo que empiece a hacerlo ahora. Si eso supone un
impedimento, me ruego que me lo diga.
- Entonces por que ha venido?
- Mi esposa cree hasta cierto punto en usted. Me hizo prometerle que lo
visitaría , y aquí me tiene.

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20 de Abril de 2007

Button Button

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Año: 1952
Formatos: Web y PDF
Páginas: 11
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Fue el smoking lo que me engañó, y durante un par de segundos no le reconocí.
Para mí era tan sólo un posible cliente, el primero al que hubiera olido el rastro
en una semana… y estaba precioso.
Hasta vistiendo un smoking a las nueve cuarenta y cinco de la mañana estaba
hermoso. Quince centímetros de huesuda muñeca y veinticinco de nudosa mano
continuaban el camino allí donde la manga ya no seguía; el final de los calcetines
y la botamanga de los pantalones no se unían del todo; y sin embargo, estaba
hermoso.
Luego le miré a la cara, y dejó de ser un posible cliente. Era mi tío Otto. Se acabó
la hermosura. Como de costumbre, el semblante de tío Otto tenía la expresión de
un sabueso que acabara de recibir un puntapié en el trasero de parte de su mejor
amigo.
No reaccioné de una manera excesivamente oríginal.
– ¡Tío Otto! -exclamé.
También usted le reconocería, si hubiese visto aquella cara. Cuando apareció en
la cubierta del Time, hace unos cinco años -fue por el 1957 o el l958, doscientos
cuatro lectores, exactamente, escribieron diciendo que jamás olvidarían aquel
semblante. La mayoría añadía comentarios relativos a pesadillas. Si quieren saber
el nombre completo de tío Otto, es el de Otto Schlemmelmayer. Pero no saquen
conclusiones precipitadas. Es hermano de mi madre. Yo me llamo Smith.
– Harry, hijo mío -exclamó él. Y soltó un gemido.
Muy interesante, pero nada ilustrativo. Yo pregunté:
– ¿Y por qué el smoking?
– Es de alquiler -respondió.
– De acuerdo. Pero ¿por qué lo lleva por la mañana?
– ¿Es ya la mañana? -miró vagamente a su alrededor; luego fue hasta la ventana
y miró fuera.
Mi tío Otto Schlemmelmayer es así.
Le aseguré que sí, que había llegado ya la mañana y él, haciendo un esfuerzo,
dedujo que se había pasado la noche entera andando por las calles de la ciudad.
Luego apartó un puñado de dedos de la frente para decir:
– Pero es que estaba tan transtornado, Harry. En el banquete…

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13 de Abril de 2007

Polvo Mortal

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Una nueva historia completa en la web…

Año: desconocido
Formato: Web/Completo
Páginas: 10
Enlace: Polvo Mortal

PROLOGO

En un principio había planeado hacer que esta fuera otra historia de Wendell Urth, pero estaba a punto de publicarse una nueva revista y quería estar representado en ella con algo que no pareciera un resto de otra publicación. Hice las variaciones oportunas. Ahora estoy un poco arrepentido; le he estado dando vueltas a la idea de escribir de nuevo el relato para este volumen y volver a incluir al doctor Urth, pero la desidia es la que ha triunfado al final.

Comienzo:

Como todos los hombres que trabajaban para el gran Llewes, Edmund Farley llegó al punto en que pensaba con vehemencia en el placer que le daría matar al tal gran Llewes.

Ningún hombre que no haya trabajado para Llewes Podría entender completamente ese sentimiento. Llewes (los hombres se olvidaban de su nombre de pila, o llegaban a pensar casi inconscientemente que era Grande; así, con G mayúscula) era el prototipo que todo el mundo imaginaba de gran investigador de lo desconocido: a la vez implacable y brillante, no se rendía ante el fracaso ni dejaban de ocurrírsele jamás nuevos y más ingeniosos modos de abordar el problema.

Llewes era un especialista en química orgánica que había puesto el Sistema Solar al servicio de su ciencia. El fue el primero en utilizar la Luna para llevar a cabo reacciones a gran escala que debían realizarse en el vacío, a temperaturas de ebullición o de licuación del aire, según la época del mes. La fotoquímica se convirtió en algo nuevo y maravilloso cuando se enviaron aparatos cuidadosamente diseñados para que flotaran libremente en órbita alrededor de las estaciones espaciales.

Pero, a decir verdad, Llewes era un ladrón de méritos, pecado casi imposible de perdonar. Cuando a un estudiante desconocido se le ocurrió por primera vez montar un aparato en la superficie lunar, o un técnico diseñó el primer reactor espacial autónomo, no se sabe cómo, ambos logros acabaron asociándose al nombre de Llewes.

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6 de Abril de 2007

En Puerto Marte y Sin Hilda

Archivado en: Sin clasificar — Hari Seldon @ 6:00 pm

A continuación puedes leer el primer párrafo del texto… para seguir leyéndolo debes descargar el PDF que hay a continuación.

Año: 1957
Formato: PDF
Páginas: 10
Descarga: En Puerto Marte y Sin Hilda

Comienzo:

Todo empezó como un sueño. No tuve que preparar nada, ni disponer las cosas de antemano. Me limité a observar cómo todo salía por sí solo… Tal vez eso debería haberme puesto sobre aviso, y hacerme presentir la catástrofe.
Todo empezó con mi acostumbrado mes de descanso entre dos misiones. Un mes de trabajo y un mes de permiso constituye la norma del Servicio Galáctico. Llegué a Puerto Marte para la espera acostumbrada de tres días antes de emprender el breve viaje a la Tierra.
En circunstancias ordinarias, Hilda, que Dios la bendiga, la esposa más cariñosa que pueda tener un hombre, hubiera estado allí esperándome, y ambos hubiéramos pasado tres días muy agradables y tranquilos…, un pequeño y dichoso compás de espera para los dos. La única dificultad para que esto fuera posible consistía en que Puerto Marte era el lugar más turbulento y ruidoso de todo el Sistema, y un pequeño compás de espera no es exactamente lo que mejor encaja allí. Pero…, ¿cómo podía
explicarle eso a Hilda?
Pues bien, esta vez, mi querida mamá política, que Dios la bendiga también (para variar), se puso enferma precisamente dos días antes que yo arribase a Puerto Marte, y la noche antes de desembarcar recibí un espaciograma de Hilda comunicándome que tenía que quedarse en la Tierra con mamá y que, sintiéndolo mucho, no podía acudir allí a recibirme.
Le envié otro espaciograma diciéndole que yo también lo sentía mucho y que lamentaba enormemente lo de su madre, cuyo estado me inspiraba una gran ansiedad (así se lo dije). Y cuando desembarqué…
¡Me encontré en Puerto Marte y sin Hilda!


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